VIERNES

Dicen los partidarios de la Superliga que la generación Z, ahíta de estímulos y a la vez necesitada de más, ha abandonado el fútbol como entretenimiento de masas. De modo que la supervivencia del mismo correspondería a otras generaciones; singularmente la millennial, considerada como el último grupo mayoritariamente vinculado con este deporte. De alguna manera, los millennials constituiríamos ese abigarrado pelotón de soldados que afirmaba Spengler que en última instancia siempre termina salvando la civilización. No puedo sino frotarme las manos: no hay nada más apropiado para los tiempos actuales que una misión heroica que no requiera levantarse del sofá. En la ceremonia inaugural canta Andrea Bocelli, pero quizá hubiera sido más oportuno que sonase David Bowie. We can be heroes, just for one day.

Algún crítico señala que el porcentaje de audiencia del Italia-Turquía se quedó en un 14%, mientras que programas más o menos simultáneos como Pasapalabra rozaron el 23%. Hombre, hombre. El espectador promedio del histórico concurso se halla muy alejado de los adolescentes adictos a Twitch; más bien se corresponde con esa mayoría silenciosa de maduras y maduros talluditos que los expertos aseguran suele decantar las elecciones generales —de hecho, no resulta descartable que si Iván Redondo se entera, dentro de poco veamos a Pedro Sánchez enfrentarse al rosco—. Además, si de edades hablamos, cuando uno le ha dado ya la vuelta al jamón de la vida hay hábitos tan asentados que ni el más precioso de los himnos es capaz de alterar.

SÁBADO

La intención eminentemente lúdica de este dietario se ve truncada por el terrible susto del desvanecimiento de Eriksen en el Dinamarca-Finlandia. Tras unos eternos minutos de agonía, las noticias alentadoras desde el hospital permiten diluir la tensión comentando los detalles del episodio. Como resulta habitual, la gente prefiere poner el foco en lo criticable antes que en lo elogioso. Así, en lugar de piropear la competente actuación médica se opta por subrayar la maldad periodística, cuyo sensacionalismo habría obligado a los daneses a formar una barrera vikinga de escudos para proteger el cuerpo de su compañero de la rapiña audiovisual.

Desde Janet Malcolm y su obra maestra sabemos que todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. Más allá de debates deontológicos entre partidarios de la crudeza y de la amortiguación, parece evidente que colocar en primer plano a los familiares de un probable recién fallecido traspasa cualquier límite de decoro. Sin embargo, la misma masa que engola la voz al preguntar hasta dónde vamos a llegar casi pierde los pulgares al compartir en WhatsApp cualquier imagen disponible del incidente, verificada o no. Es innegable que el periodismo presenta graves problemas, pero su supuesto sustituto renovador, ese engendro al que quieren llamar periodismo ciudadano —ejemplo perfecto de cómo un adjetivo puede invalidar a un sustantivo, como en el caso de “democracia orgánica” o “familia política”—, demuestra que el primero sigue siendo imprescindible.

Por otro lado, resulta ingenuo pensar, como se suele, que por defecto un médico va a ser excelente y un periodista un sinvergüenza. En realidad, quizá la clave resida en combinar lo mejor de ambas visiones. Aunque solo conozco un caso cercano.

DOMINGO

Viaje en tren por la meseta castellana, pegado a la radio para seguir el Inglaterra-Croacia. El AVE constituye casi un anacronismo en medio de una infinita sucesión de paisajes idénticos, oscilantes entre la aridez y el sosiego, da la sensación que agotados por la abrumadora belleza de un cielo azul fulgurante. Chasqueo de disgusto cuando el narrador canta el gol británico. No hay en mi manía a la selección inglesa nada de patriotero, simplemente me hastía esa horda de hinchas intensitos de los Pross —y en general, de la Premier League— que constantemente te cantan las alabanzas de sus jugadores en cada campeonato e insisten en explicarte por qué sus equipos son mejores que tú y se hallan a un nivel inalcanzable para el continente.

Hace ya más de un siglo Unamuno escribió En torno al casticismo, ensayo en el que propuso el concepto de “intrahistoria” para aludir a ese entorno rural que permanece, como un ruido blanco de fondo, al margen de las grandes alharacas y acontecimientos. Observo por la ventanilla y no cuesta nada reconocer «la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la Historia». Me río solo de imaginar a un hipster gafapasta fan de la Premier mirar por encima del hombro a los parroquianos por no saber apreciar las selectas virtudes de Foden y Mount.

Qué puedo decir, yo también soy un urbanita alejado de lo rural, pero acepto de buen grado una alianza con el campo y su literatura contra la legión de anglófilos enteraíllos de moda. Se trata de combatir un mal superior. Al fin y al cabo, ya dijo un sabio que en esta vida se podía ser de todo menos coñazo.

LUNES

Debuta con decepción España, y perdón por la redundancia. Acudo un instante al desahogo de las redes sociales para echarme unas risas, y casi vuelvo haciéndome cruces. A uno se le quitan las ganas hasta de meterse con Morata; incluso quiero acunarlo después de que “cojo Mantecas” sea el apelativo menos hiriente entre todo el tumulto. Compruebo una vez más que muchas personas solo ven a la Selección desde la distancia irónica, perdida toda inocencia. Se trata de un fenómeno que ya describió Foster Wallace en relación a la cultura pop norteamericana y la publicidad.

Los anuncios de televisión clásicos hacían referencia al grupo, vinculando la compra de cierto producto con la inclusión del receptor en alguna comunidad atractiva. Sin embargo, los anuncios televisivos más efectivos ahora constituyen instrumentos para que el espectador “se exprese”, afirme su individualidad, “se destaque entre la multitud”. Así, la perspectiva más aterradora para el espectador condicionado sería la de exponerse al ridículo ajeno, demostrando emoción y vulnerabilidad. «Los demás se convierten en jueces; el crimen es la ingenuidad». Con la Selección española sucede igual. El cinismo, el sarcasmo y las bromas privadas supondrían las coartadas para contemplar el mismo programa que ve la masa, pero trascendiéndola y situándose por encima. Estaría permitido ver a España a cambio de burlarse de los jugadores y de los forofos genuinos, armándose bien con la cruel acidez de los memes. Se trata de una trampa, puesto que se pretende huir de la multitud “ingenua” y se termina construyendo otra multitud no menos idiota, pero que además se las da de selecta.

En medio de estas reflexiones, a punto ya de comprarme la bufanda de La Roja, enfocan a Luis Enrique balbuceando con ínfulas de Dr. House no sé qué del césped del estadio en mal estado. De inmediato se aplaca mi patriotismo y me pongo a preparar un meme de los Fruittis, aprovechando que nadie conoce al 30% de la convocatoria del asturiano. Lo siento mucho, mas hay cosas superiores a mis fuerzas. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

MARTES

El Francia-Alemania es el primer partido de auténtica calidad de esta Eurocopa. Tras el excelso pase al espacio de rabona que Benzema regala a Mbappé para dejarlo casi delante del portero, salivo con la posibilidad de que ambos compartan vestuario en el Bernabéu el año que viene.

MIÉRCOLES

Con las dos asistencias de Bale en el Gales-Turquía, mis esperanzas de ayer desaparecen por el sumidero. Conociendo el paño y las dificultades económicas, muy mal se tiene que dar la cosa para que nuestros diarios deportivos no titulen a 15 de agosto “EL FICHAJE ES BALE”, con una entradilla que destaque más abajo que “el galés está como un toro”. Posiblemente acompañada de una entrevista a Asensio en la que afirme que este año las sensaciones sí que son buenas. En fin. De ilusión también se vive. O se sobrevive.  

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