El 27 de junio de 2019 el presidente de Colombia, Iván Duque, se presenta en rueda de prensa seguro, orgulloso frente a la marea habitual de periodistas. Además de someterse a las habituales preguntas, tiene un anuncio que hacer. El presidente de la Conmebol (Confederación sudamericana de fútbol), Alejandro Domínguez, acaba de confirmarle que la final de la Copa América 2020 se va a disputar en Colombia, un objetivo marcado en rojo desde que se supo que el torneo de selecciones más importante del continente lo organizaría su país junto con Argentina. Mauricio Macri también ha peleado por llevarse el partido definitivo a Buenos Aires, pero Duque ha hecho mejor los deberes y ya tiene la confirmación por parte de la Conmebol.

En ese momento se cumple un año desde que el presidente se impusiera en las elecciones presidenciales, tras una cerrada pelea con el candidato de izquierda, Gustavo Petro, y haciendo de la oposición al proceso de paz su principal caballo de batalla. Apenas un año después, gobierna en un clima de creciente descontento entre la población, harta de asumir el peso de revertir la enésima crisis económica del país. Duque confía en la celebración de la Copa América para ilusionar a la población y, con un poco de suerte, aumentar su popularidad. No puede evitar emocionarse imaginando a Radamel Falcao alzando el trofeo en el estadio Metropolitano de Barranquilla, igual que ocurrió la única vez que Colombia organizó el torneo.

Un año más tarde, marzo de 2020, con el coronavirus en plena expansión por el mundo, la Conmebol anuncia oficialmente la postergación de la Copa América a junio de 2021. Su presidente, Alejandro Domínguez, ha tratado de evitar esa decisión, temeroso del golpe económico que supondría para la entidad que preside, pero la gravedad de la situación y la presión del calendario futbolístico internacional han terminado por precipitar el acuerdo con el presidente de la UEFA y retrasar un año, tanto la Eurocopa, como la Copa América.

En los meses siguientes, las protestas por toda Colombia se van multiplicado, denunciando las reformas emprendidas por el gobierno, la mala gestión de los acuerdos de paz o los abusos policiales, incluyendo el asesinato de líderes indígenas y antiguos guerrilleros. Duque se muestra inflexible ante las críticas y no duda en reprimir las protestas. Cuenta con el apoyo de la patronal y de Uribe, siempre Uribe. Sabe que dicen que él no es más que un títere del antiguo presidente, pero también es consciente del valor de su apoyo y no está dispuesto a perderlo.

Para la primavera de 2021, el desencuentro entre la población colombiana y el gobierno no ha hecho más que crecer y la presentación de una reforma tributaria termina por colmar el vaso. Las manifestaciones se extienden y aumenta la represión policial. Duque insiste en la teoría de las influencias exteriores tratando de perjudicar al país, mientras la opinión pública se muestra cada vez más alejada de las posturas del gobierno. La escalada de violencia deja el país en una situación incontrolable y el riesgo de la pandemia tampoco parece detener a los manifestantes. El 2 de mayo Duque anuncia la retirada de la reforma tributaria, pero ya es demasiado tarde. El pueblo colombiano ha estallado en cólera y está dispuesto a hacer frente a la creciente violencia policial.

En medio del caos llega una nueva fecha de la Copa Libertadores. Junior va a recibir en Barranquilla a River Plate, mientras que América recibirá a Atlético Mineiro en Cali. Los equipos argentino y brasileño piden garantías a la Conmebol, que se resiste a cancelar los partidos. Su presidente, Álvaro Domínguez, es consciente de que el calendario está muy apretado; la Copa América está a la vuelta de la esquina y no pueden encadenar atrasos. Iván Duque tampoco quiere suspender los partidos y confía en que el fútbol ayude a transmitir una imagen de normalidad.

En poco tiempo la situación en Cali se descontrola y el 10 de mayo la Conmebol decide trasladar el partido entre América y Atlético Mineiro a Barranquilla. Dos días más tarde se juega allí el Junior-River Plate, pero para entonces la situación se ha descontrolado también en la ciudad caribeña. Durante el minuto de silencio por las víctimas del covid se pueden escuchar los disparos de la policía, a dos manzanas del estadio. A los veinte minutos de juego, el gas lacrimógeno procedente de los disturbios en la calle impide a los futbolistas seguir jugando. Por televisión se habla de lo que está ocurriendo fuera del estadio más que de lo que sucede en el propio terreno de juego. Al terminar el partido, Marcelo Gallardo, entrenador de River, denuncia la situación: “No podemos mirar para otro lado. No es normal venir a jugar un partido de fútbol en una situación tan inestable”. Aumenta la presión sobre el gobierno y la Conmebol, pero Iván Duque y Álvaro Domínguez insisten en que se dan las condiciones para continuar con la competición. Un día más tarde América de Cali recibe a Atlético Mineiro en el mismo estadio. Esta vez el partido debe interrumpirse varias veces por el efecto de los gases lacrimógenos lanzados por la policía.

Duque confiaba en transmitir una imagen de normalidad y Domínguez quería que ese negocio llamado Copa Libertadores siguiera adelante, sin embargo, su obstinación no ha hecho más que poner en evidencia que el estallido en el país es incontrolable. Ante el aumento de las críticas y con el inicio de la Copa América a la vuelta de la esquina, Duque reafirma que Colombia será la sede del torneo. Confía en hacerse con el control de la situación para entonces y que la ilusión por la selección nacional ayude a rebajar la tensión de las calles.

El 14 de mayo la Asociación Colombiana de Futbolistas emite un comunicado solicitando la suspensión de la liga nacional. “Como ciudadanos, antes que futbolistas, queremos manifestar nuestro total apoyo al clamor expresado por el pueblo colombiano en su propuesta y nos unimos a esas voces que piden un país más justo, equitativo e inclusivo, en el que se nos garanticen a todos, sin distinción, las condiciones mínimas para vivir con dignidad”, dice el comunicado. La Dimayor, entidad organizadora de la liga, decide suspender la competición.

El 20 de mayo, el ministro de deporte, Ernesto Lucena, anuncia que ha solicitado a la Conmebol el atraso de la Copa América. Duque quiere ganar tiempo, pero, a esas alturas, la Conmebol ya está barajando otras opciones. El propio presidente, Álvaro Domínguez, había comentado anteriormente que esperan ingresar 200 millones con la celebración del torneo y cualquier nuevo retraso en las fechas supondría unas pérdidas que no pueden asumir. En ese punto los intereses del gobierno y de la Conmebol se separan. Álvaro Domínguez hace oficial el rechazo a la solicitud del gobierno colombiano y anuncia que la Copa América se disputará únicamente en Argentina.

La noticia sorprende, sobre todo, en el propio país implicado, muy afectado por la pandemia. El presidente, Alberto Fernández, asegura que el país está capacitado para organizar el evento y Álvaro Domínguez confirma que la Conmebol cuenta con 50.000 vacunas donadas por el laboratorio chino Sinovac. Sin embargo, la segunda ola del covid está golpeando fuertemente y el caso reciente ocurrido en River Plate no contribuye a la tranquilidad. El club ha cumplido todos los protocolos establecidos contra el covid, pero no han evitado que 22 jugadores y varios miembros cercanos al plantel se contagien, entre ellos el conductor del autobús, Gustavo Insúa, que terminará falleciendo como consecuencia de la enfermedad. Sin jugadores disponibles para disputar un nuevo partido de la Libertadores, la Conmebol se niega a retrasar el partido y River se ve obligado a alinear a varios juveniles y poner al centrocampista Enzo Pérez en la portería para completar un once titular.

Con el país en plena escalada de contagios y la ocupación de las plazas UCI al borde del colapso, Alberto Fernández anuncia el confinamiento total de la población por nueve días. Crecen las voces contrarias a la organización de la Copa América y, finalmente, el gobierno argentino opta por la vía de la prudencia. El 30 de mayo el ministro del Interior, Wado De Pedro, declara que “siendo coherentes con el cuidado de la salud, vemos muy difícil que se juegue la Copa América en nuestro país”. Minutos más tarde la Conmebol anuncia la suspensión del torneo en Argentina, aunque asegura estar analizando ofertas de otros países interesados en albergarlo.

Se habla de Chile, también de Estados Unidos, que permitirían la asistencia de público a los estadios, pero el 31 de mayo la Conmebol anuncia que Brasil será el organizador de la Copa América 2021, al tiempo que agradece la colaboración de su presidente, Jair Bolsonaro. Sorprende que se haya optado por este país dos días después de que las calles de sus principales ciudades se llenaran de manifestantes denunciando la gestión de la pandemia llevada por el gobierno y reclamando una aceleración en el proceso de vacunación. Sorprende más cuando Argentina ha renunciado a la organización del torneo por el estado de la pandemia y Brasil se encuentra en peor situación. La realidad es que la Conmebol no está tan preocupada por la pandemia, al fin y al cabo confían en que las vacunas donadas por el laboratorio chino sean suficientes para minimizar el riesgo. Lo que necesitan es un gobierno que apueste decididamente por la Copa América y la apoye frente al riesgo de la pandemia. Ahí es donde Bolsonaro se convierte en el mejor aliado de Álvaro Domínguez.

Horas más tarde del anuncio de Conmebol, el ministro de la Casa Civil, Luiz Eduardo Ramos, declara que “no hay nada asegurado”. Los gobernadores de varios estados brasileños rechazan acoger el evento. Bolsonaro, por su parte, insiste en que “si depende de él, la Copa se organizará en Brasil”. En los días siguientes, futbolistas como los uruguayos Suárez o Cavani critican la decisión de Conmebol y exigen garantías para los jugadores. El argentino Agüero se suma a las críticas. Casemiro confirma el rechazo de la selección brasileña al evento y reclama que se escuche la voz de los futbolistas. Pero Bolsonaro no da su brazo a torcer y contesta a todas las veces críticas de dentro y fuera del país. Exactamente la garantía que necesitaba Álvaro Domínguez para sacar adelante un torneo que parecía tocado de muerte.

El 10 de junio el Tribunal Supremo de Brasil da el definitivo visto bueno a la celebración de la Copa América en el país. Bolsonaro y Domínguez han logrado sacar adelante su proyecto. Por más voces críticas que haya, con más de 470.000 muertes por covid acumuladas y con cifras diarias que superan los 1.500 fallecidos, el 13 de junio, en el estadio Mané Garrincha de Brasil, dio comienzo la Copa América 2021. Igual que hizo Iván Duque, Bolsonaro se ilusiona con la posibilidad de que su selección se alce con el título. No puede evitar recordar la foto en plena celebración junto a los jugadores, hace apenas dos años. Aquel momento le ayudó a aumentar su popularidad y espera que vuelva a ocurrir. Las cifras oficiales de contagios y fallecidos por el covid delatarán el precio de esa ilusión.

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