Empiezo por donde acabé otro día: no entiendo a Luis Enrique. Pero realmente después de la bendita locura vivida en Copenhague, es irrelevante. España lo dio todo, rabiosa, metida, concentrada, cayó en un absurdo autogol y se levantó, le empataron en el descuento y se rebeló en la prórroga, nada fue explicable más que desde la bravura y la épica. El 3-5 final habla de la igualdad de fuerzas, de aciertos y errores en los dos banquillos, de genialidades de algunos futbolistas y también de pifias, de un partido que pasará a la historia y que lanza a La Roja a cuartos con una sensación de poderío granítico.

Podríamos preguntarnos por qué no jugó Marcos Llorente en un partido físico, o cuál fue la razón para dejar a Gerard Moreno en el banquillo o… No sigamos por aquí. Hay que hablar de guerreros en el campo, comandados por un Morata sublime en la pelea, grande en la participación y letal metiéndose en el área. Esta vez sí, MORATA con mayúsculas espantó todos los fantasmas y no habrá quien le replique. Pero no nos olvidemos del liderazgo de Koke o de Busquets otra vez en maestro, y en general del grupo entero que se dejó la piel, la imaginación y consiguió emocionarnos con esa Furia de otros tiempos, nuestro histórico sello de identidad.

No es día para ponernos puristas, aunque daremos dos pinceladas. Croacia se equivocó, a dios gracias, en el planteamiento. Se arrugó, esperó atrás, se vio desbordada por una España agresiva como hienas en manada. En pleno festín Unai Simón la pegó al aire y el balón se fue a la red. Un petardazo inexplicable que sirvió para poner a La Roja en modo bomba. Y explotó antes del descanso, y volvió a explotar y una tercera vez… Pero Croacia rectificó a tiempo mientras Luis Enrique hizo lo inverso queriendo guardar la ropa. El empate que llevó a la prórroga fue un golpe bajo. Tanto que hubo de ser Unai, rabioso por su cantada, quien hizo tres paradones de partido que impulsaron a España hacia morir o ganar. Y ganó a partir de un zapatazo para la historia de Morata que erizó la piel porque era el martillazo que precedió a la sentencia de Oyarzabal en una noche de locos en Copenhague. Bendito fútbol imprevisible, vamos a cuartos.

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