Propongo olvidar lo sucedido. Aquí no ha pasado nada. Arranquemos desde cero el baremo de la confianza en este decisivo partido con Eslovaquia. España no puede pinchar ni queremos que lo haga por más que en la sede de Las Rozas vean cuchillos volando. Hacer las maletas sería malo para todos. Vamos a imaginar que Luis Enrique abandona su nevera y su esnobismo táctico para apostar por cosas sencillas. Soñemos que España nos enamora. Que el míster transmite felicidad, que los chicos de La Roja se fusionan con la afición, que fluye el fútbol en botas de Pedri y Thiago Alcántara y hasta que Morata le clava dos o más goles a Martin Dubravka. Aceptemos la obligación moral de apoyar a esta Selección aunque nos fustigue su incompetencia. Voy a afinar la vuvuzela y a soplar hasta caer de espaldas.

Llámenme ingenuo, pero lo mío es un gesto por el fútbol. Quiero a España en la Euro aunque sea arrastrando las uñas. No entiendo a Luis Enrique, ya lo dije, pero juro no tener predisposición alguna ante el angustioso trago eslovaco. No montaré en cólera si mantiene a Marcos Llorente de lateral, si no cuenta con Thiago, si deshace la pareja Morata-Gerard o si se le ocurre alguna genialidad naïf en la pizarra. Amamos el fútbol sobre todas las cosas y siguiendo este sagrado mandamiento lo que corresponde es no prejuzgar antes de jugar ante Eslovaquia. Borrón y cuenta nueva de noventa minutos para LE y su tropa, incluido Rubiales, que anda muy tapado.

Me siento muy tentado, pero no voy a ejercer de ventajista. No pido la cabeza de Luis Enrique ni adelanto que le van a echar si no pasa la primera fase. Simplemente estaremos atentos al trabajo de España sin torcer el morro, con moderada ilusión por ver todo lo que no hemos visto en dos partidos: estructura, liderazgo, ritmo de juego, fantasía y goles. Lo mismo estoy pidiendo demasiado. Tengamos fe y ya hablaremos del gobierno el miércoles por la noche.

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