Bananakiki o el verano en su esplendor

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Como ustedes conocen a la perfección, mis estimados, a mí se me revuelve el cuerpo con los calorcillos estivales como el cabello de mi presidenta Ayuso en un mitin en Colón. Notar la llegada del verano y alborozárseme este cuerpo serrano es todo uno. Y más este año, que al fin va a haber canción del verano. Uno, que tiene ya una edad aunque sé que no lo aparento, comenzaba a extrañar las canciones de verano, aquellas hermosas tonadas que acompañaban las canículas de antaño y que, insistentemente, se nos iban repitiendo allá donde fuésemos. En las fiestas patronales y verbenas sonaban como mínimo siete veces cada noche, y también en las emisoras de radio y en los guateques en general. Incluso en otras ocasiones he relatado cómo nos solazábamos jovialmente mi María Simoneta y servidor de ustedes con estos animados ritmos.

Y hete aquí, que este año la alegría de la Canción del verano ha vuelto, espero que para quedarse y nunca más faltar en nuestro solar patrio, de la mano de Doña Leticia Sabater, esa eterna adolescente de sonrisa pícara porque, ¿quién si no?, ¿quién con mayor experiencia en asuntos sociales sino ella?

Este año me gusta aun más es porque intuyo que lo que nos propone no es únicamente una mera canción pasajera, como podría parecer a simple vista, sino ser una ayuda a la población en general en estos aciagos momentos, un luminoso faro que nos ha de guiar por las procelosas turbulencias de la pandemia. Porque lo importante es colaborar socialmente, ser solidario, que cada uno aportemos nuestro granito de arena (vea, Señor Iglesias, que la gente de bien también es solidaria).

Para ello, cada uno de nosotros debe hacer una introspección y decidir dónde puede ayudar más. Y ella, alma cándida donde las haya, una vez más, ha decidido poner todo su talento, que es mucho, en intentar ayudar contra esos asociales insurrectos y a no dudar comunistas, que nos ponen a todos en peligro, como son los antivacunas. ¿Qué mejor manera de hacerlo que con música?

Aunque, tratándose de luchar contra ese grupo de gente, a todas luces cortos de luces, en un más que seguro esfuerzo, ha decidido hacer la letra sencilla y comprensible, a la par que instructiva, muy en contra de sus últimos temas con letras, aunque instructivas, un tanto abigarradas y barrocas como «Pepi pepi pepinazo» o «La salchipapa».

En «Pepi pepi pepinazo», recordarán ustedes, contaba con su habitual gracejo y su preocupación por la salud pública, las bondades del pepino, en cuanto a vitaminas y aporte proteínico, que hace que las mujeres los adoren, significando que a mayor tamaño suelen ser mucho más apreciados y, poniéndose ella la primera, diciendo cómo le encanta comérselos, en especial, los más grandes. Nada como predicar con el ejemplo.

«La salchipapa», ustedes recordarán, era una suerte de tanto monta monta tanto, un sentido homenaje a la modernidad, a la compartición de las tareas domésticas y a cocinar juntos: tú pones la salchicha y yo la papa, cantaba alegremente Doña Sabater mientras intercalaba sonoras onomatopeyas que nos permitían escuchar inequívocamente como se troceaba la verdura sobre la madera de cortar, tikitikitiki, tikitikitaka.

Y es por ello que únicamente tan docta señora nos podía regalar este verano «Bananakiki», un tema que podría firmar, cantar y aún bailar, sin ningún temor a equivocarnos, el mismísimo Fernando Simón, tal es su argumento.

El nombre, sin duda, debe ser un homenaje a nuestra Selección, ya que el plátano es la fruta patrocinadora de nuestros chicos, aunque el significado de «kiki» debo decir que me despista un tanto.

Su cuidada letra, es un alegato a la socialización y a la solidaridad, un canto a la vuelta a la normalidad, un estar en primera línea del problema, sin importarle el riesgo a esta ímproba y abnegada española de pro. Ya en la primera estrofa, deja clara su intención: «Este verano te voy a vacunar, papasito, yo soy la doctora amor». Ante esa admonición con ese seseo…¿Que antivacuna podría resistirse? Pero, eso sí, situándose ella siempre en primera línea, voluntaria valiente de la vacunación, cual Isabel Zendal de la Astra Zeneca, sin miedo ninguno a los efectos secundarios, como cuando dice: «Prefiero con la aguja larga y gorda que con la bananakiki entra mejor». Esto no nos permite distraernos de sus intenciones, que no son otras que ser vacunada. Luego va reincidiendo en el tema posteriormente, aunque expresándolo con un sucinto: «Méteme la inyección», una y otra vez, una y otra vez y una y otra vez, para que quede claro, pero seseando dulcemente cual caribeña, intentando hacerlo sin duda más agradable al oído y que se nos clave bien en el sentido, cosa que creo, consigue.

En el video que lo acompaña y mientras baila gráciles y sutiles coreografías, vacuna a políticos de todo signo con su enorme jeringuilla mientras sonríen, aunque a mi presidenta es a la que con más saña se la clava mientras ella, toda pizpireta y jacarandosa canta «Menea el pechito y bate la cadera».

Y convendrán ustedes conmigo en que ha surtido su efecto, porque a ella ha de deberse, sin lugar a dudas, este alto ritmo de vacunación. Que no se lo apunte ningún político.

Y si me permiten, ahora les tengo que ir dejando que Clotilde me está haciendo el equipaje para unos días de asueto en Marbella… «Métemela cucu, métemela ay, métemela cucu, métemela, ay»… ¡Cuanto talento y abnegación…!

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