Si se trataba de presentar candidatura, Francia puede ganar a estas horas de la noche hasta Eurovisión si se lo propone. Vistas todas las selecciones, ninguna asusta más que los galos. Nadie tiene tanta artillería como la amasada por Deschamps. Y hoy lo dejó claro en el Allianz Arena, donde exhibió gran parte del abanico de recursos que la hicieron campeona del mundo. Eficiencia defensiva, intensidad en el centro del campo y pegada arriba. Demasiado para una Alemania en reconstrucción, con menos colmillo que generaciones anteriores y con Flick tomando apuntes desde la grada. Solo dos ajustados fueras de juego evitaron un marcador más sonrojante para los germanos. Pero el ogro asusta igual. Francia resulta hoy más inabarcable que ayer.

El aroma de final no se esfumó con el pitido inicial. Todo alrededor de la pelota rezumaba excelencia. El peinado de Kroos, los controles de Benzema, la sonrisa de Kanté, las arrancadas de Mbappé, la máscara de Rudiger… La historia y la rivalidad estaban allí como si las batallas pretéritas también se hubieran dado cita en el Allianz. Se peleaba por cada palmo a una velocidad endiablada, con una presión dos contra uno que se repetía en banda y en los carriles interiores, y donde la calidad campaba a sus anchas a medida que se ganaba metros.

Quizá por ello, el fallo llegó al recular. Lo cometió Hummels, falto de cintura. Tanto le sorprendió el pase con el exterior de Pogba que le pilló desorientado. No fue el único, por allí andaba también Kimmich, otro mediocentro de lateral, maldita costumbre, que no atendió a la subida de Lucas Hernández. El centro del ex colchonero buscaba a Mbappé, pero por medio apareció Matt Hummels para marcar por la escuadra. Él no quería. Los campeones, ya saben, además de guapos, tienen la fortuna de su lado.

La Mannschaft, sobrada de orgullo, se levantó con ímpetu pero sin acierto. Fueron dos faltas botadas por ese francotirador con esmoquin que es Kroos, quien primero buscó la reacción de los suyos. Kimmich enseñaba la patita cuando aparecía por por carriles interiores o cuando ganaba la línea de fondo para acercar a su selección al gol. La música les sonará. Pues imaginen ahora que Kimmich es un barítono aún más refinado que nuestro Llorente. Los entrenadores, en fin, esos grandes incomprendidos.

El caso es que todo en el ataque bleu pasaba por la izquierda, por los terrenos que pisaba Mbappé que en una arrancada de las suyas justificó el pago de la entrada. Kimmich viajaba en un utilitario cualquiera mientras Mbappé no respetaba los límites de velocidad. Solo la ayuda de Ginter en la cobertura evitó el reestreno de Benzema. Alemania intentó poner criterio y pausa, para evitar pérdidas que dieran alas a los galos. Kroos y Gundogan amasaron más la pelota y distribuyeron ante ese muro infranqueable que ha construído Deschamps, hasta Mbappé echa una mano en defensa. No obstante Ilkay en una de esas incorporaciones al área que tanto ha lucido este año a punto estuvo de poner el empate. Las musas seguían dando la espalda a los teutones.

Aunque nada más comenzar el segundo tiempo les guiñaron un ojo. Solo así se puede explicar que Rabiot no acertara a marcar el segundo o a regalárselo a Griezmann. La ocasión se la inventó Mbappé con un pase exquisito con el exterior. Rabiot solo tuvo que explotar la pradera que había a la espalda de Ginter. A la hora de definir Rabiot optó por jugársela pero el disparo fue escupido por la madera. El guión del partido se acentuaba aún más en esta segunda parte. Alemania era un mar embravecido. Francia era el espigón de Dunkerque, infranqueable y con una solidaridad defensiva impropia de toda una campeona del mundo. Gnabry fue el que más cerca estuvo de encontrar la rendija, pero su disparo, picado, se marchó alto por poco.

La pelota hablaba alemán y esta venía en oleadas hacia la portería de Lloris. Es posible que las hechuras de Francia como equipo, como favorito y como máximo candidato al título se pudieran apreciar en esos primeros quince minutos de la segunda parte. Los galos saboreaban el esfuerzo defensivo, orgullosos de mostrar su otra cara, la esforzada y solidaria, la de su exuberancia física en cada choque, la de la lectura táctica en las ayudas. Esos que fueron los minutos de más agobio por parte de Alemania acabaron sin ningún remate de los teutones entre los tres palos.

A todos, menos a los alemanes, imagino, nos dolió que anularan el gol de Mbappé. Fue una obra maestra. Un muestrario del engaño y el amago, del control del tiempo y el espacio. Kylian tras juguetear con Kimmich la puso en el ángulo, por abajo, imposible para un tallo como Neuer. Lástima que en la celebración todos reparáramos en Del Cerro Grande. Acertó el colegiado español como lo hizo al anular también el reestreno de Benzema con Les Bleus. Fue en otra contra mortífera de los galos que nunca disparan con balas de fogueo. No hay amenaza mayor en todo el viejo continente y Alemania lo estaba sufriendo en sus propias carnes. Impotentes y desnortados lo intentaron hasta el final los de Low. El técnico agitaba el banquillo en busca de soluciones; no encontró ninguna más allá de la resistencia de sus chicos a la rendición. Ni en tres días hubieran derribado ese muro.

Deschamps ha edificado un equipo que remite a la fortaleza de Carcassone, la ciudad fortificada que se erige en la región de Occitania, al sur del país. Declarada desde 1997 Patrimonio de la Humanidad, la fortaleza fue considerada inexpugnable en la edad media. No obstante, durante la Guerra de los cien años nadie consiguió tomarla, ni siquiera Eduardo, el Príncipe Negro, el que con más ahínco lo intentó. Deschamps de 2018 hasta ahora incluso ha embellecido la fachada. Mbappé ahora tira paredes con Benzema y Griezmann sigue revoloteando por todo el frente con más más confianza que de costumbre. Detrás de ellos están los cien mil hijos de San Luis.

Van a hacer falta varios imperios para derribar a este equipo.

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