Lo más asombroso de los siete Tours de Armstrong, ilegalidades al margen, siempre me pareció la buena suerte. En este tiempo no sufrió caídas relevantes, ni antes ni durante, ni lesiones o enfermedades que trastocaran su preparación, ni desengaños o depresiones, ni siquiera le invadió la modorra que conlleva (imagino) el éxito repetido. Que en siete años seguidos la vida te respete tanto resulta casi inaudito.

Hay quien sostiene que la suerte (la buena) se trabaja fomentando actitudes positivas, pero tengo para mí que esto es una milonga, algo que nos contamos para dormir mejor y para imaginar un mínimo control sobre nuestro destino. Todos conocemos a tipos con suerte y no siempre son animosos y dispuestos. Algunos incluso desprecian su buena fortuna, como si la tuvieran merecida. Ya he contado por aquí la historia del alto directivo (todavía en funciones) que llegó a serlo porque alguien confundió su nombre con el de otro candidato y luego ya dio pereza deshacer el enredo.

Los clásicos lo tenían claro. Si la diosa Fortuna se representa sin pelo es porque es imposible agarrarla (“la ocasión la pintan calva”) y tampoco es casualidad que fuera la divinidad más caprichosa del Olimpo, tan vinculada al azar que se hacía acompañar de una ruleta.

La ausencia de lógica en lo que tiene que ver con la suerte nos hace tomar decisiones igualmente ilógicas, como recurrir a amuletos o supersticiones. A este respecto, no hay mejor reflexión que la que sigue: “Si crees que tu suerte mejora con una pata de conejo debes recordar que eso no le funcionó al conejo”. A quienes reniegan del color amarillo bien les podríamos remitir a la selección de Brasil o, para no salir del ciclismo, al maillot jaune del Tour de Francia, que suele dar alas en vez de cortarlas.

Cuando la suerte es buena y repetida no tenemos inconveniente en aceptar la figura de un ser más o menos pasivo bendecido por los dioses (Karembeu), pero cuando es mala y frecuente existe la tentación de culpabilizar a quien la sufre. Así, y de regreso al ciclismo, no faltan los que sugieren que Mikel Landa se cae porque no corre bien colocado, o porque carece de un punto de habilidad, o de atención, incluso de inteligencia. No se me ocurre mayor injusticia. Es cierto que la falta de confianza o de destreza es un imán para los accidentes de todo tipo (Zülle, agua, culo, carretera), pero hay desgracias demoledoras que son puro infortunio, una maceta que se precipita sobre nuestra cabeza mientras caminamos por la calle. Pienso en Ocaña según escribo. Lo que le dejó sin el Tour de 1971 no fue la mala trazada en una curva anegada, ni siquiera la lluvia torrencial. Fue la embestida de Zoetemelk cuando se recuperaba de la caída. Es como si el destino le hubiera tenido que tirar tres piedras hasta que por fin le alcanzó. Que Ocaña se resarciera en 1973 (aunque faltaba Merckx) invita a pensar que la suerte, buena y mala, tiene cierta tendencia a la compensación. Tal vez sea un pensamiento voluntarista y voluntarioso, pero con él me quedo. Antes de que Perico ganara la Vuelta de 1985 (indudablemente afortunada por la caraja de Millar), se intoxicó en el Tour 83 y se despeñó en el 84. Armstrong es buen ejemplo de cómo puede revertir en la vida civil la suerte que se tiene en el deporte.

Admito que la teoría hace aguas (los ejemplos contrarios son millones), pero es lo que nos queda. Esperar que Landa vuelva. Confiar en que se le haya agotado el infortunio y podamos decir, más pronto que tarde, que todo pasa, que la vida nos pone a prueba y luego afloja el nudo, que las rachas cambian y que los únicos seres con mala pata crónica son los pobres conejos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here