Lo avisó Q-Man tras la debacle ante el Granada: «Si ganamos los cuatro partidos que quedan, campeones». No debieron entender los jugadores el mensaje porque, desde entonces, no se ha ganado ni uno solo. La devaluación que la junta bartosellista ha hecho con el club le hace seguir en plena cuesta abajo y durante el último lustro ha llevado al Barça todo lo lejos posible del cruyffismo: ya no se mira en su espejo sino que para calificar su temporada necesita mirar de reojo lo que hace el Real Madrid. Y si hasta hace no mucho se necesitaba una Champions blanca para opacar un doblete azulgrana, ahora podría bastar una Liga merengue muy barata para que la temporada pase de “aceptable” a “mala”. No fue de extrañar que la mayoría de culés viera el partido con un ojo (o los dos) en Barcelona y el otro en Madrid/Bilbao. Y eso que matemáticamente había opciones, sí. Y que, por un momento, se elevaban (aún más) los lamentos de los resultados contra Granada y Levante tras el gol de Messi: 30 goles en Liga con casi 34 años. Son los mismos que marcó Romario en su plenitud. Que así se dimensiona mejor.

Pero no hubo que esperar demasiado para que saliesen todos los defectos que han condenado a los de Q-Man. Fue dejarse llevar con el marcador a favor y, una constante este año, primer chut en contra y gol. Se puede culpar en este caso tanto a la desidia de Piqué como, por qué no decirlo, a que Ter Stegen haya bajado (mucho) su nivel en el tramo final de la temporada: cuando todos los equipos rivales tiene una efectividad tan alta probablemente la culpa no quepa toda en la defensa. Acaso son las consecuencias de saberse titular por la falta de un suplente de garantías. Porque ya se sabe que cuando no hay competencia, se baja el esfuerzo y la actitud. Habrá que verificarlo el año próximo.

El empate céltico desviaba ya por completo el interés a otros campos: si el Barça no había sido capaz de reaccionar jugándose la Liga, era altamente improbable que lo hiciera sin apenas nada en juego. Además, la goleada del Villarreal al Sevilla casi garantizaba el tercer puesto. No obstante, Lenglet quiso poner el broche de oro a su temporada expulsándose innecesariamente. Por él y por sus compañeros en la selección bleu puede y debe empezar una revolución a la francesa: cortando cabezas.

El segundo gol de Santi Mina solo servirá para que pueda contarle a sus nietos que él solito llevó a su equipo a una victoria en el Camp Nou. Porque si no hay archivos audiovisuales para entonces, pocos le creerán ya que a esas alturas casi nadie veía el partido. Hay que pensar en qué se ha convertido un club que de ser referencia futbolística pasa a gritar los goles de un equipo de Simeone mientras un Celta apañadito (no el de Karpin y Mostovoi) le está remontando un partido. El gol del bienregalao Luis Suárez puede parecer su último servicio al club que le paga parte de la ficha. Pero probablemente no: que este Madrid tan limitado gane la Liga dos años seguidos tal vez sea la única manera de que no haya excusas para hacer una limpieza a fondo del vestuario. La última vez fue necesario que un Madrid con Emerson, Diarrá, Gago, Robinho, Drenthe y Heinze ganase dos Ligas consecutivas para extirpar todos los males del vestuario. Desde luego, los jugadores se lo están poniendo muy fácil a Laporta para que actúe sin remordimientos.

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