Nada más recibir la medalla de subcampeón de Europa, Guardiola la besó. El gesto fue ejemplar porque honraba el torneo y la derrota. Suponía también una contestación a la costumbre generalizada entre los perdedores de quitarse la medalla nada más recibirla; varios de sus jugadores lo hicieron. Cuando destaqué el hecho en redes sociales hubo división de opiniones. Los críticos consideraban que había sido un acto de postureo. Los ácidos dijeron que besaba la medalla porque le había costado mil millones de euros. Otros aplaudieron el gesto. El muestreo no es en absoluto científico, pero nos confirma que Guardiola genera sentimientos extremos. El guardiolismo lo bendice todo; el antiguardiolismo no le reconoce nada.

Soy de la opinión de que Bayern y Manchester City contrataron a Guardiola con la aspiración prioritaria de ganar la Copa de Europa; en Alemania iban sobrados de ligas y copas y el City ya había roto en 2012 su penosa racha en la Premier (44 años sin ganar). Dicho esto, es de justicia valorar lo construido por Guardiola y su enorme influencia en el juego. Llegó un momento en que casi todos los equipos del mundo quisieron jugar como predicaba Guardiola, en ocasiones con trágicos resultados. Admitido que hay muchas maneras de jugar al fútbol (y de ganar), su modelo es el más próximo a valores reconocidos por casi todos (ataque, posesión, toque…) que privilegian al buen futbolista sobre el sistema.

El problema se suscitó cuando Guardiola se salió del fútbol para convertirse en activista a favor de la independencia de Cataluña. Aquello sentó mal entre quienes piensan que el deporte debe ser un terreno despolitizado. Hubo otros que se sintieron traicionados románticamente por un futbolista que antes había defendido la camiseta de España, como si cambiar de camisa no fuera consustancial a la acción política. El caso es que, para muchos, Guardiola dejó de ser español por renuncia expresa. En cierto modo fue una animadversión reactiva: si él no nos quiere, nosotros tampoco le queremos a él. El juicio deportivo se ha mezclado desde entonces con el prejuicio político. Mala cosa.

No obstante, Guardiola hizo algo más convertirse en embajador internacional de la independencia de Cataluña, cuestión muy respetable. Entró en contradicciones políticas y morales. Ha llegado a declarar que Qatar es un “país abierto” (6.500 migrantes muertos en las obras del Mundial) y que España es “un estado autoritario”. Entretanto, sigue pasando por alto que los Emiratos Árabes Unidos, propietarios del City, han sido denunciados por Amnistía Internacional por detenciones arbitrarias y por no respetar los derechos de las mujeres, los migrantes y los opositores.           

El antiguardiolismo se ha llenado de razones extradeportivas que dan cuerpo a un reproche futbolístico vestido de populismo: Guardiola sólo ha sido capaz de ganar la Champions con Messi y, en consecuencia, Guardiola está sobrevalorado. Como todo populismo entra fácilmente en contradicción: para defender el trabajo de Mourinho en el Real Madrid, muchos antiguardiolistas destacan el imponente Barcelona al que se enfrentaba… para más señas entrenado por Guardiola.

El guardiolismo no se mancha la bata de sangre y restringe su análisis al juicio futbolístico, aunque es incapaz de admitir que hay una asignatura pendiente: la Champions. Tiene razón Guardiola cuando declara que el valor de un equipo se demuestra en el largo recorrido de un campeonato liguero (Zidane es de la misma opinión). Sin embargo, no hay imperio sin dominio en Europa. Un equipo de época necesita manejarse con la misma consistencia en la liga y en el sobresalto de las eliminatorias de Champions. Ese es el puñal que tiene clavado la Quinta del Buitre y el que lleva Guardiola en la espalda. Por eso tiene tanto mérito que besara la medalla.

El resto son grises. Se puede ser elegante y demagogo, genial y contradictorio, innovador y reincidente, generoso e interesado. Estar plagado de opuestos no impide que todo sea verdad.

El último apunte lo hago para compartir un comentario que me hizo un amigo días atrás. «Si Guardiola ganara la Champions, debería rescindir su contrato y fichar por un equipo mediano o pequeño (fabulamos con el Getafe y con el Rayo, quizá el Girona), con escaso presupuesto y salario mínimo, en el que empezar desde cero. Afrontar ese reto agrandaría hasta el infinito el mito de Guardiola…».

Visto el triunfo del Chelsea, le pasaremos el recado a Zidane.

1 Comentario

  1. «En cierto modo fue una animadversión reactiva: si él no nos quiere, nosotros tampoco le queremos a él.» Trueba dixit.
    Dejar de querer a alguien quiere decir que ese alguien te resulta indiferente. La indiferencia puede parecer algo inocuo, pero da vértigo pensar en ella. Ver que algo o alguien que una vez lo fue todo se convierte en nada. Pero por aquí vamos derechos al ser superior y Zidane.

    El problema con Guardiola es justamente que no deja indiferentes a muchos, y a muchos que hacen ruido. Para esa gente, Guardiola no se convierte en nada, sino en otra clase de todo.
    Si uno prescinde del personaje, que hemos construido entre todos, con él a la cabeza, queda un estupendo entrenador con una asignatura pendiente. ¿pero quién prescinde de ese personaje, con el juego que da?
    Prefiero a un Klopp, a alguien que diga «a mí no me pregunten por esto, que yo solo me dedico al futbol». Porque a fuerza de sensatez, renunciando a la barra libre de tener un micro abierto todo el día, consigue que no me sea indiferente.

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