En el parque de bomberos de Livermore, California, hay una bombilla que lleva encendida desde 1901. Tan asombroso como su persistente luminosidad es que el prodigio ha sobrevivido a varias mudanzas. Después de uno de los traslados, la bombilla tardó en encenderse 20 minutos. Pero se encendió. La analogía es evidente. Si atendemos a las leyes fundamentales de la física, el Real Madrid ya debería estar fundido. Desde hace varios meses (muchos), el equipo ha venido dado señales que creímos inequívocas. Y no hablo sólo de agotamiento físico, que también, sino de agotamiento de recursos, de ideas, de goles. Un grupo tan dependiente de un puñado de estupendos jugadores (no más de seis) no debería haber llegado hasta aquí. Lo lógico y razonable es que se hubiera apagado antes. Al observar al Madrid me asiste la misma perplejidad que debieron sentir generaciones de bomberos ante la bombilla rebelde. Y la misma seguridad. Si no se ha fundido aún no creo que lo haga nunca.  

Que el Madrid siga vivo y coleando se debe en gran medida a la habilidad de Zidane para sacarse conejos de la chistera. Militao es el último. Ha pasado de ser un jugador marginal al principal baluarte de la defensa. Es cierto que las lesiones han favorecido su continuidad, pero algo ha debido poner el entrenador de su parte. Luego añadamos la primavera y la evidencia de que el chico está enamorado; se pasa el partido dando saltos y son de alegría. En uno de esos brincos logró el gol que valía el triunfo y quién sabe si bastante más.

Hasta entonces, el partido parecía encaminado hacia otro empate sin goles (como en Getafe, como ante el Betis), más cerca el Madrid de la victoria, aunque no lo suficiente. Hazard había dejado buenas sensaciones en la primera mitad, pero allí se quedaron. El portero de Osasuna repelió varias ocasiones de peligro que fueron compensadas en el balance general con los acercamientos de su equipo, casi siempre peligrosos (gol anulado al Chimy). No podemos pasar de esta línea sin reseñar el magnífico partido de Osasuna, su clarividencia en el juego, su valentía y su aroma a buen entrenador. Con orden y con juego, el equipo de Arrasate contestó a cada acometida del Madrid, justo hasta que se le cruzó el central enamorado.

Lo que vino de después fue la cola del cometa. Liberado el partido de tensión, Casemiro marcó sin querer y hasta Isco se pareció por momentos a Isco Alarcón, no sé si recuerdan. Mención honorífica merecen los chavales con los que Zidane completó el escuadrón. Antonio Blanco fue titular y demostró que no tiene miedo, requisito tan primordial como el talento. Miguel Gutiérrez todavía hizo más que eso: creó peligro y se postuló para ocupar una banda izquierda que no se puede parchear con Marcelo.

La conclusión es que la bombilla sigue encendida. Y alumbra lo suficiente como para distinguir el camino, el de siempre, seguir hasta con chocar con algo, generalmente de plata.

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