“Era como pasear por el cielo sin haberse muerto”. Así describió el periodista David Robson (Daily Express) lo que era transitar por King’s Road en los años 60, “especialmente los sábados”. “Era la calle más sexy y maravillosa del mundo”. Por entonces, Londres era el centro del universo. Allí se cocinaba una formidable revolución cultural que tenía como base el optimismo y el placer. Aquella fue la reacción expansiva a la austeridad de la posguerra, el grito de una generación sin traumas ni responsabilidades. A esta explosión de creatividad y hedonismo se la llamó Swinging Sixties, aunque en Londres adquirió denominación propia: Swinging London. La palabra “swinging” hacía alusión a lo que era excitante y estaba de moda. Es decir, a todo. Si hablamos de música, por allí asomaban The Who, The Kinks, The Small Faces, The Rolling Stones… Si hablamos de moda, allí surgen las primeras minifaldas de Mary Quant, los peinados minimalistas de Vidal Sassoon, las primeras supermodelos (Twiggy y Jean Shrimpton)… Si hablamos de fútbol, allí estaba el Chelsea, el equipo del barrio.

Para centrar el relato lo arrancaremos en 1966. Ese año se estrenó Blow up, de Antonioni, con Londres de decorado y con una estética que anunciaba un tiempo nuevo. Y Alfie, una película sobre la promiscuidad y sus peligros. También vio la luz un film de serie B producido por la Hammer titulado Hace un millón de años, sobre ella volveremos después.

Madrid ye-yé versión El Alcázar. Sólo Gento guardó las formas.

El 11 de mayo de 1966, el Real Madrid ganó su sexta Copa de Europa. Antes de proclamarse campeón, el equipo ya era conocido como el “Madrid ye-yé”, brillante ocurrencia de Ramón Melcón, un periodista de El Alcázar. Para los españolitos de entonces, la música yeyé era la que venía de Inglaterra y de la que sólo se entendían los “yeah-yeah” de los estribillos. Puesto el mote, el periódico hizo la foto. Mientras el equipo estaba concentrado en Navacerrada, dos periodistas de El Alcázar consiguieron que Betancort (28 años), De Felipe (21), Velázquez (22), Pirri (20), Grosso (22) y Sanchis (27) se pusieran unas pelucas que pretendían simular las cabelleras de los Beatles. La foto no se publicó hasta después de la final de la Copa de Europa por estricta orden de Santiago Bernabéu, que quiso evitar el choteo en caso de derrota. Por cierto: el peinado de los Beatles no respondía a una moda inglesa, sino alemana. Se lo copiaron a los estudiantes de Hamburgo, ciudad donde tocaron entre 1960 y 1962.

Pero volvamos a 1966. Ese mismo verano Inglaterra acogió el campeonato del mundo de fútbol, una fiesta en mitad de otra fiesta. La selección no escapó al ambiente, ni probablemente al optimismo que se respiraba en Londres: disputó sus seis partidos en Wembley y se concentró en el norte de la ciudad. “Los muchachos del 66 eran parte del Swinging Sixties, del Swinging London, de las protestas estudiantiles, del flower power, de los Beatles y de los Stones, de las botas blancas, de las minifaldas, de Biba y Mary Quant. Fue una época hermosa en la que toda Gran Bretaña parecía joven, exitosa y optimista”. Así lo contó la mujer de Bobby Moore en una biografía sobre su marido, capitán del equipo y mito del fútbol inglés.

Bobby y Tina Moore, por Terry O’Neill.

Hay una foto de Bobby Moore con su esposa que se tiene por símbolo de los Swinging Sixties, aunque fue tomada en 1972. Tina aparece en primer plano con una camiseta de Inglaterra y unas botas altas; tras ella se encuentra Moore, vestido de paisano. La foto la hizo el prestigioso Terry O’Neill, otro personaje sobre el que volveremos más tarde.

De la lista de Inglaterra para el Mundial se quedó fuera un joven talento de 19 años llamado Peter Osgood, delantero del Chelsea, un chaval extrovertido, disfrutón y campechano que había trabajado de albañil con su padre. Osgood había debutado a los 17 con el primer equipo después de marcar 30 goles en 20 partidos con los juveniles. Tommy Docherty, entonces entrenador del Chelsea, lo tenía claro: “Si eres lo suficientemente bueno, eres lo suficientemente mayor”. Sin embargo, al seleccionador inglés, Alf Ramsey, no le gustaba la forma de ser de Osgood. Tampoco le debía gustar el Chelsea. El portero Peter Bonetti fue el único blue que se proclamó campeón del mundo.

En octubre, en un partido de la tercera ronda de la Copa de la Liga, Osgood se rompió una pierna al chocar contra el defensa del Blackpool Emlyn Hughes. La ambulancia que lo trasladó a Londres fue recibida por su esposa y su hijo Anthony (todo era precocidad en Osgood). La recuperación duró un año y el jugador que regresó nunca fue el mismo. “Jamás perdí el peso que gané. No volví a encontrarme igual. Y pueden creerme, como sub-23 yo era mejor incluso que George Best”.

Ossie, como ya era conocido por los seguidores del Chelsea, se reintegró al equipo como centrocampista antes de recuperar su puesto en la delantera. Allí demostró que había perdido recorrido, pero no el olfato goleador. Ni la alegría. Aunque no jugó la final de la FA Cup de 1967 (derrota ante el Tottenham), se convirtió en el futbolista más querido del club hasta ser proclamado “El Rey de Stamford Bridge”.

En la Copa del 70, Osgood marcó en todas las eliminatorias, incluido el replay contra el Leeds, en lo que supuso el primer gran título del Chelsea después de la liga de 1955.

Por aquel entonces, ya había aparecido en escena Greg Tesser, un exagente musical que quería aplicar su experiencia como promotor de artistas al mundo del fútbol. Tesser se ganó la confianza de Ossie y de su compañero Charlie Cooke y se puso manos a la obra. El Chelsea ya era el equipo de las celebrities y por su vestuario pasaban actores como Steve McQueen o políticos como Kissinger. Pero Tesser quería algo más. Así que le pidió ayuda al fotógrafo Terry O’Neill (el de Tina y Bobby Moore), autor en 1963 de la primera foto da los Beatles que se publicó en prensa (Daily Sketch). O’Neill, que había llegado a Hollywood de la mano de Michael Caine y Richard Burton, era buen amigo de Raquel Welch, la sex symbol de la época desde que protagonizó a una troglodita en bikini en Hace un millón de años. Ella sería el gancho. Y la percha. El plan era vestirla del Chelsea y que declarara su admiración por Peter Osgood. Dicho y hecho.

Raquel Welch, Hace un millón de años. O no tantos. CORDON PRESS

Lo siguiente fue llevar a la diva a un partido del Chelsea. Welch estuvo jaleando a Osgood desde la grada sin el menor recato: “Si yo hubiera sido George Best, le habría pedido su número. Aunque lo más probable es que si yo hubiera sido George Best, ella me lo habría dado a mí”. La prensa no necesitó más para dar noticia del apasionado romance entre el jugador y la actriz. Tesser había triunfado. Y Welch despertó su interés por los deportistas. En 1996 fue novia del boxeador Gary Stretch; ella tenía 56 y él 28.

Cuando el Real Madrid post yeyé se enfrentó al Chelsea en la final de la Recopa de 1971 se encontró con el club que mejor había representado aquel tiempo y aquella época. Osgood cumplió con su leyenda: marcó en los dos partidos, en el empate a uno y en la repetición tres días después.

La vida, los pubs y sus desavenencias con el entrenador Dave Sexton llevaron a Ossie al Southhampton, donde ganó otra Copa. El destino le devolvió años después al Chelsea, después de pasar por Estados Unidos.

Osgood murió en 2006 de un infarto cuando asistía al funeral de un familiar: tenía 59 años. Cuatro meses antes había muerto George Best. Sus cenizas fueron enterradas bajo el punto de penalti frente al graderío sur y en 2010 se erigió una estatua en su honor con la siguiente leyenda: Ossie, rey de Stamford Bridge. “Los fans vendrán aquí para tomarse fotos antes de los partidos. Tal vez se convierta en un lugar de encuentro donde los padres explicarán a sus hijos qué jugador era Osgood”.

Tomen nota Zidane y sus jugadores. Paseen por King’s Road, respiren profundo y tengan cuidado: el fantasma de Osgood también juega.

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