Me han acompañado siempre. Desde que un buen día les dio por encender un flexo e iluminar nuestra vida para hacerla mejor. Y lo han hecho con humor, pero también con inteligencia, profesionalidad (a su manera), compromiso y un optimismo crónico. Hablo de Juan Luis Cano y Guillermo Fesser.

Empezaron siendo los compañeros de risas con los que todos queríamos quedar los sábados por la noche para acabar siendo unos referentes de muchos periodistas en ciernes, por su continuo crecimiento dentro de la profesión.

Tengo todavía fresco en la memoria el día que fui a ver el programa a los estudios de Antena 3 y me senté en la mesa con ellos dos.

Qué manera de improvisar, qué ingenio y qué talento derrochaban los payos. Ya se intuía que esos dos iban a hacer carrera. Crearon una manera de hacer humor propio, a contracorriente e intransferible, pese a los innumerables intentos de algunos por transferírselo. Se basaba en reírse “con”, cuando en este país hemos sido más de reírnos “de”.

Y siempre con su marca, su estilo inimitable y espontáneo que les abrió puertas que de otro modo hubiesen sido imposibles de traspasar. Sólo así se explica que consiguieran hablar con Pinochet o que jugaran (y ganaran) a La Oca con Karpov.

Repasando sus entrevistas a famosos he encontrado mucha más profundidad en los contenidos de las preguntas y en las respuestas que en la mayoría de medios denominados serios. En este país siempre se ha infravalorado todo lo relativo a la comedia, al contrario que en el mundo anglosajón y por eso muchas veces sus logros no han sido estimados en su justa medida.

En mi época universitaria jugaba al baloncesto, y cada dos semanas viajábamos a alguna ciudad. Los largos viajes en autobús eran terreno abonado para poner las cintas que teníamos grabadas del dúo Corchopán. Yo creo que nunca me he reído más, como mucho igual.

Todas nuestras conversaciones en las comidas, en los entrenamientos o en los vestuarios estaban trufadas de referencias de los lechones. Siempre había alguno que estaba de vacas finas o que pulsaba el numerillo automáticoDe los bares siempre salíamos con las patatas en alto y diciendo ¡122!, ¡si yo sólo quiero un tasis a San Benito Bercimueyes!

Mención aparte merecen sus trabajos publicitarios. Las angustias de Don Julitos empatizaron con una generación de estudiantes que empezábamos a conducir los coches viejos de nuestros padres y que rezábamos para que no se averiaran. Eso puede ser el tapacubos o la junta de la trócola. ¡Que como sea! Siniestro fatal…

Y qué decir de Cándida. La abuela de todos y un personaje entrañable del programa durante muchos años. Su optimismo y sus ganas de vivir emocionaban, pese a haber tenido tan mala suerte en el reparto de cartas.

Tras muchos años escuchando sus programas y admirándolos, la vida me dio la oportunidad de conocer a Juan Luis y al equipo con el que hacía el programa Arriba España en M-80. Fui uno de los afortunados en ganar una plaza en un tour turístico por Carabanchel. No se me olvidarán nunca las caras de los vecinos, cuando veían a quince personas siguiendo a un loco pelirrojo que enarbolaba un paraguas para que no nos despistáramos. Y que en las paradas de interés, como en la mercería Fajas Adolfi, nos daba una masterclass histórica. En ese singular evento me encontré por primera vez a su hermano Carlos, que sabe de música lo que no está en los escritos y que no puede ser mejor tipo.

A raíz de aquello y tras varias visitas a los estudios coincidí con Curra, Sara, Mabi, Natalia, Quique, Coria, María, etc. A Guillermo también pude saludarle en una de las ocasiones que participé en un evento de la Fundación. Porque Gomaespuma tiene una fundación que sigue activa y con la que se puede/debe colaborar.

En estas visitas se comenzó a forjar una bonita amistad guadianesca con un grupo de lechones que tenían la misma enfermedad que yo y con las que mantengo contacto a través de Twitter. Seguro que me dejo a alguno y espero que me perdone: Israel, Elena, las Cristinas, Rosa, Iván, Juancar, Rafa, Deborah, Juana, Antonio, Manuel…

Un grupo muy variopinto, pero con algo en común: ser muy buena gente. Y eso es algo cada vez más difícil de encontrar, por lo que haremos lo que sea para que no se pierda ahora que no hay programa en antena.

Esa es otra. Con la cantidad de programas y personajes prescindibles que hay en las parrillas, es increíble que un contenido tan profesional, auténtico, divertido e interesante como el que nos proponían Juan Luis Cano y su equipo en Ya veremos, Arriba España o Las piernas no son del cuerpo no encuentre un espacio en condiciones para seguir alegrándonos la vida.

Que cada vez se lea menos puede ser una de las causas. Y que las nuevas generaciones sientan la necesidad de relacionar directamente sus opiniones con el volumen al expresarlas, otra.

Con programa en antena o sin él, tenemos pendiente un viaje a Piedralaves todos juntos cuando la pandemia lo permita.

¿Puede haber plan mejor?

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