Horas antes de que se decida el campeonato, noto a los atléticos confiados (aunque aceptarán morir desollados antes que reconocerlo) y a los madridistas descreídos, casi escépticos. Aviso de que la sensación es personal e intransferible y no responde a más muestreo que la observación por los alrededores. Desde hace días veo por la calle bastante gente con la camiseta del Atleti; en comparación, las camisetas del Madrid escasean o, para mejor decirlo, son las de siempre, las que ven en cualquier época del año. Es evidente que no existe la misma predisposición entre las aficiones. Unos se preparan para ganar un título y los otros no se preparan para nada. Diría que el madridismo (y asumo lo arriesgado de la generalización) siente más curiosidad que entusiasmo ante lo que pueda suceder. No hay drama porque no hay amenaza de fracaso. Igual ocurrió en la vuelta de la semifinal de Champions contra el Chelsea. Quienes por elección propia decidieron frustrarse sólo encontraron como motivo las risas de Hazard. No sé decir si la afición (y vuelvo a generalizar) acepta y comprende las limitaciones del equipo, y valora el esfuerzo final, o está más preocupada por Mbappé y el relevo de Zidane. No sé si los aficionados han ganado corazón o han extraviado el alma. Me temo lo peor.

Si algo ha quedado de manifiesto en los últimos días es que el fútbol no tiene la teatralidad de antaño. Ya no se habla de maletines, quizá por ser demasiado analógicos. Es más que posible que las criptomonedas hayan sustituido a los entrañables fajos de billetes. Llama la atención (o no tanto) que la única teoría conspirativa haya sido jaleada por la televisión del Real Madrid, desde donde se han esparcido sospechas y acusaciones sobre los árbitros de campo y de VAR. El informe sería abyecto si no fuera tan cutre.

No obstante, la mayor invocación a la sorpresa es que nadie la considere. Ni siquiera Sergio González, entrenador del Valladolid. En cada declaración ha asumido el descenso de su equipo y el estado depresivo en que se encuentra. De manera que no hay defensores de lo improbable. Nadie ha encontrado analogías en las Ligas de Tenerife, revisitadas esta semana. Tal vez porque quedan demasiado lejos, o quizá porque el Tenerife era lo opuesto a un equipo deprimido (Redondo, Estebaranz, Felipe, Chano…) y Valdano lo contrario a un entrenador cabizbajo («El Tenerife atacará por filosofía y el Real por necesidad»).

En la primera Liga de Tenerife (la que explica la segunda) el ambiente previo tampoco auguraba tormenta. Es cierto que el Madrid llegaba acuciado por la Copa de Europa que había ganado el Barça días antes. Leo Beenhakker, que había sustituido a Radomir Antic a mitad de campaña, declaró que su final de la Copa de Europa se jugaba en el Heliodoro. Mendoza, menos metafórico, afirmó que sus futbolistas no se dejarían la piel, «sino los huevos».

Al igual que sucede ahora, el barcelonismo no vivía la previa con excesiva expectación. La felicidad de Wembley lo inundaba todo. Tan sólo Cruyff se atrevió a declarar que no veía al Madrid campeón. Se tomó como un deseo expresado en voz alta. En Barcelona se hablaba más de los Juegos a punto de comenzar y de la renovación de Stoitchkov que del partido. Se veía más probable que los maletines fueran de Madrid a Tenerife que de Barcelona a la isla. Ahí estaba el vínculo sentimental de Valdano con el Real Madrid. Para colmo, en la previa fue tomada una foto en la que aparecían Buyo, Gordillo, Miguel Ángel en divertida conversación con el exmadridista Agustín, portero del Tenerife.

Lo que ocurrió en el partido es conocido por todos. El Madrid no necesitó que nadie le diera una cerilla para inmolarse; lo hizo solo. A los 29 minutos ganaba 0-2. A continuación se aplicó concienzudamente a la demolición de sí mismo. Rocha marcó en propia puerta y Sanchis condenó a Buyo con un pase asesino con el sol en contra del portero. Demasiadas ventajas para un buen Tenerife espoleado por su público.

Era otro mundo, lo admito. Para empezar, había público. En comparación con aquello, lo que veremos esta tarde es un experimento en una probeta. Por eso lo analizamos con frialdad científica y por eso todo nos conduce al desenlace lógico: el Atlético juega y gana. Antes pensábamos que para el Madrid era fundamental que el Valladolid se jugase algo en la última jornada; ahora pensamos que podría ser un inconveniente tanta presión. Cada acontecimiento lo acomodamos en la opción más probable, presos de un repentino ataque de sensatez.

Es posible que hayamos perdido la imaginación y la memoria. Lo normal es que el Atlético haga valer su autoridad y confianza, pero lo anormal es consustancial al fútbol. Harían falta una serie de catastróficas desdichas para que perdiera el título. O quizá sólo una que atrajera a las demás.

De momento, la convicción general de que no pasará nada es el primer requisito de cualquier cataclismo. Nadie imaginó en 1992 que el Real Madrid pudiera perder un campeonato que tenía en la mano frente un rival que no se jugaba nada y que además era amigo. Y por supuesto nadie esperó que la situación se repitiera un año después con idéntico resultado.

Aquella carambola hace pequeña la que se podría dar hoy.

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