Todo lo interesante del último partido del Barça en esta Liga ya había sucedido en los días anteriores en forma de rumorología. Comenzó con la tumultuosa llegada de Xavi a Barcelona. Siguió con las merecidas y anticipadas vacaciones de Messi, una vez más, el clavo ardiendo al que se agarró el equipo todo el año. Y terminó con la esperpéntica rueda de prensa de Q-Man sobre su continuidad (o no) en la que, sin un atisbo de autocrítica, parecía despedirse. De ser así, cuantos más le acompañen del cuarteto Piqué-Busquets-Alba-Sergi Tormento, mejor, a la espera de cuanta mano dura tenga Laporta con el rebaño de vacas sagradas.

Pasaba tan inadvertido el partido que la culerada habló incluso más de la mala relación entre Masip y Barrufet en la sección de balonmano que del prescindible encuentro en Ipurúa que solo conmovió por el minuto de silencio tras el inesperado fallecimiento de quien defendiera el arco azulgrana hace un par de décadas, Francesc Arnau. Descanse en paz.

El caso es que la audiencia culé parecía más centrada en la final de Eurovisión y, como en los peores años del nuñismo, mirando de reojo si un tercero le levantaba la Liga al Madrid. Al menos, algo que celebrar. Parecían olvidarse algunos de que el choque contra el Eibar era más importante de lo que parece: una derrota del equipo podría dejarle cuarto y que los ingresos bajasen siete millones de euros. Y tal y como están las arcas del club eso podría significar no poder contar con el “ilusionante” refuerzo del Kun Paragüero. Ya no puede uno ni dejarse seducir por un fichaje de 33 años.

Así que mientras Dalí disfrutaba en su tumba del surrealista comienzo de la última jornada, Q-Man seguía en su triste realidad: el nuevo ciclo podría haber comenzado hoy mismo apostando por nuevos valores y alegrándole la vida a algún chaval del B. Sorpresa: no lo hizo. Y alineando a jugadores con cero ilusión en un partido descafeinado tampoco hubo sorpresa: fue infumable. Al descanso, el medidor de audiencia señalaba que solo quedaba un único espectador sintonizando el esperpento: probablemente alguien con problemas técnicos en su televisor que le impedían cambiar de canal.

En frente, el Eibar se tomó el partido algo más en serio. Puede ser la última vez que los armeros jueguen frente a un grande en los próximos años y, además, evitar el farolillo rojo era una buena manera de despedirse de la Primera División. No lo logró pero al menos se pudieron observar algunos buenos minutos de Bryan Gil tratando de decidir si es futurible para el Camp Nou. Tiene un semblante parecido a Johan Cruyff y el azulgrana le sienta bien. Son dos puntos positivos para empezar. Y es que, con menos argumentos que esos, han aterrizado en los últimos años en el club bultos sospechosos como Matheus o el inolvidable Douglas.

A falta de 10 minutos llegó la única noticia positiva en clave culé en toda la tarde: el gol de semi chilena del Hombre Gris. Parece tener ganas de reivindicarse en la Eurocopa. Y llega sin apenas desgaste. La ilusión de deshacerse de Antoine sigue intacta. Su gol confirma el dinero por el tercer puesto que puede alcanzar para pagar el finiquito de Q-Man. Se termina la temporada con un primer título. El segundo llegará en verano si se consigue hacer una limpieza a fondo de la plantilla.

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