Cuenta la leyenda que hace siglos, en Gran Bretaña, los soldados partían a la batalla numerados en orden de importancia según los méritos obtenidos en la anterior campaña. Los mejores guerreros tenían derecho a llevar uno de los cuatro o cinco pendones que cada condado concedía. Obviamente, esos guerreros mejor clasificados gozaban de una serie de ventajas, como tener preferencia a la hora de cortejar a las doncellas que más les gustaban (por eso los despendolados terminaban en los lupanares, aunque esa es otra historia) y, ante la escasez del ungüento con el que se curaban las heridas a la vuelta del combate, se usaba la misma clasificación para ver quién tenía derecho a curarse antes. De este modo, se generalizó primero la expresión “estar en el ungüento”, que, posteriormente, quedó como “estar en la pomada”, como sinónimo de estar en el grupo de los primeros clasificados.

Viene esta historia a cuento acaso por estar tan reciente y sangrante la herida del Granada de hace unos días. Y va a hacer falta mucha, pero mucha pomada para curarla. A base de sufrimiento, principalmente. Porque a diferencia del jueves, esta vez el equipo sí supo sufrir, como hizo en cada eliminatoria copera. Y si los de Q-Man ganan esta Liga va a ser por pelea y sufrimiento, tal cual fue en la Copa.

Y es que el partido frente al Valencia fue un resumen de 90 minutos de lo que está siendo toda la temporada: por un lado, buenos minutos de fútbol que no se concretan por la alarmante y crónica falta de gol del equipo, excepción hecha de Messi. Esta vez, papel destacado para un Pedri que hasta en su mala puntería se asemeja a Iniesta. Por otra parte, desajustes defensivos que antes o después acaban con un clamoroso error que facilita las cosas a los rivales. En Mestalla fue el turno de Ter Stegen y su mala salida, chocando con Pedri y Correia. El habitual despiste de Lenglet terminó de dibujar un irritable paisaje: tirar por completo la Liga ante dos rivales con poca o ninguna motivación clasificatoria.

No quedaba más remedio que entregarle el pendón a su mejor guerrero. Messi tomaba el control. Lato pidió una oportunidad en la portería valencianista demostrando sus dotes de portero cortando con la mano una asistencia de Leo. Pero Cilessen confirmó que aún es mejor que el defensa: detuvo el penalti al argentino que, pese a todo, aprovechó el barullo posterior para empatar. No tenía su día el holandés: cada buena intervención suya parecía destinada a acabar en un rechace favorable a los azulgrana. Su segundo paradón de la noche caía a los pies del enrachado Hombre Gris (10 millones más en una futura venta), con cada vez más muescas en su bolsillo para agarrar el pendón. Eso sí, siempre a kilómetros del estandarte del equipo, que compensó su error en los once metros con un golazo de falta al más puro estilo Messi.

Falta de gol. Fragilidad defensiva. Faltaba la tercera seña de identidad de este Barça: su incapacidad para cerrar los partidos. Ni con 1-3 podían irse los aficionados culés a dormir tranquilos: con el partido dormitando, un derechazo de Carlos Soler a la escuadra revivía todos los fantasmas de la temporada. Este es un Barça frágil. Un gigante con pies de barro. Sobre todo en el aspecto mental. Incomprensiblemente el equipo se echó atrás, invitando al Valencia a atacar y con la sensación de que, de haber habido público en el campo, la agonía se habría convertido en un empate. Pero se notó que el punto de poco o nada le habría servido a los locales y la falta de empuje final permitía al Barça seguir en la pomada: el fin de semana harán falta dos o tres tubos.

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