A veces dejamos pasar joyitas solo porque desconocemos dónde encontrarlas. Crónicas de calidad, retratos de esos que cuentan tanto del escritor y de la “víctima” como de nosotros mismos. Partidos que no son partidos, sino algo más. Mucho más. Todo. Y les hablo de periodismo deportivo, sí, porque acá también tenemos y tuvimos gente que escribe divinamente.

(La inmensa mayoría lo hacen fatal, en eso estamos de acuerdo. Y algunos rozan peligrosamente el límite de la vergüenza ajena, ahí tampoco les voy a discutir nada).

Decía que en ocasiones tenemos calidad delante y no nos fijamos en ella. Por esnobismo, por falta de ganar en esto tan sano de innovar. Pero otras tiene más justificación. Otras es que, oye… no resulta tan sencillo llegar a esto. Porque es otra parte del mundo. Porque es, directamente, otro mundo. Y entonces, claro… misterio. Hubo un tiempo (y de eso no hace tanto, aunque ningún youtuber hubiese nacido en aquella época… y si alguno nació es hora de que deje de ser youtuber, que no tiene edad para esto), hubo un tiempo, decía, en que la realidad eran dos realidades. Separadas, opuestas, que se miran sin ver y se estudian con gesto de desconfianza, todo lo más. Oriente y Occidente, los rojos y los… bueno, los de otros colores, el comunismo y el capitalismo. La esfera soviética, la esfera yanqui (y si ustedes piensan que los yanquis no tuvieron esfera es que son más inocentes de lo que yo creía). A ambos lados de un telón que no existía (pero existió, vaya si existió) teníamos cineastas, escritores, artistas plásticos, científicos, tipos creativos de toda calaña. Calidad, claro, porque del número suele salir la excelencia (o los excelentes). El problema es que una cosa no llegaba al otro lado, y si lo hacía era con esa pátina de desconfianza, con esa sonrisa a medio poner, con ese “sí pero no”. Y nos perdíamos gemas escondidas entre la hierba.

Como Ota Pavel.

Ota Pavel se llamaba en realidad Otto Popper, pero le gustaba escribir bajo pseudónimo, que es cosa muy de pedigrí. Era checo, solo que entonces era checoslovaco. En fin, un lío. Ah, y se dedicaba a juntar letras para hablar sobre deportes. Sí, sí, como lo oyen. Voy a hablarles de un libro que escribió cierto tipo, ya muerto, que no firmaba con su nombre y quería explicar cosas sobre hockey, ciclismo o fútbol. Un periodista deportivo, escala inferior en el grado de desarrollo humano, al parecer de tantos (al menos en lo intelectual… los más estólidos de todos están bastante mazaos). Solo que no. O no siempre.

Este libro se llama El precio del triunfo, y lo ha editado la simpática Sajalín Editores, que es una editorial con bastantes narices para el libro raro y una ballena preciosa como símbolo. Vamos, que me tienen ganado. Recopilación de artículos. El libro, digo. Recopilación de artículos. Hay bicis, y pelotas, y guantes de boxeo, y palos de hockey, y también sale Zátopek a punto de morirse en cada curva del estadio pero imponiéndose a todos una vez más. Por tener hasta tenemos el Eiger, porque los ogros nunca sobran en los cuentos infantiles. Y eso es lo que son estas cosas. Cuentos, cuentos de infancia. Solo que a Pavel, como le pasa a todos los que escriben maravillosamente bien, la infancia le duró unas cuantas décadas de más, porque si te empeñas en seguir jugando, y en imaginar cosmonautas sobre tu cabeza, y en cerrar los ojos para ser más lejos… entonces para qué vas a crecer, ¿no?

No les voy a decir que es lectura indispensable, porque las lecturas indispensables no existen (si acaso la Constitución, para no dejarnos tocar los huevos de más), pero sí que me parece recomendación clara. Gustará a los que gusten del deporte, también a los periodistas, también a los dipsómanos (perdón por la reiteración), o a quienes quieran saber más sobre cómo se vivía en el bloque del este. Gustará, también, a los curiosos, a los que retinglen sonidillos entre los dientes y sonrían después con el agradable dulzor de lo que está bien escrito (todos los lectores tenemos un puntito sinestésico). Vamos, que es una maravilla.

Eso sí… prepárense para la angustia al voltear la última página. Oigan, si este tipo permanecía desconocido aquí… ¿qué otras maravillas nos esperan allá afuera? Si es usted aprensivo absténgase…

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