El Real Madrid estiró sus posibilidades hasta el último minuto del último partido de la serie. Aquí el lector podría abandonar el texto y tumbarse, porque el asumir en su justa medida lo que implica semejante proeza exige algún tiempo de reflexión; bastante más del que se tarda en deglutir un artículo agridulce, quizá el necesario para, un suponer, acabar las obras completas de Allan Poe. Por otro lado, así uno puede ahorrarse el desolador desenlace: Llull, héroe en Madrid, tras una serie de ataques en los que se arroga excesivamente el protagonismo, intenta con empate a 80 una bandeja que se sale por los pelos. Tavares hubiera logrado palmearla de no haberse lesionado en la jugada anterior, mas el rebote es turco y la siguiente posesión, excelentemente defendida por los blancos, finaliza con un triple inverosímil de 8 metros de Simon, uno de los integrantes más anodinos de ese surtido de cracks que forman la plantilla del Efes —esta vez llevada a la extenuación hasta el punto de que, con la bocina final, todos gritaron más de alivio que de euforia—. Comprendo que el aficionado madridista, en un año tan difícil como este, tenga la tentación de apartar la mirada. Pero nobleza obliga a hacer un esfuerzo y descender al Maelström junto a la plantilla: si alguien merece el sacrificio son los chicos de Laso.

El inicio del encuentro constituyó un nuevo ejercicio de valentía del Madrid. Con la pareja interior Tyus-Garuba, el técnico vitoriano intentó exprimir la very bad tricky zone hasta las últimas gotas. Ataman continuó demostrando grandes dificultades para sortear el obstáculo, los ataques turcos se veían incomodados y solo Singleton parecía capaz de castigar los espacios que tan audaz pizarra suele dejar en el carril central. Por desgracia el Madrid, aunque activo y solidario atrás, perdió la fluidez ofensiva cuando Alocén fue enviado al banquillo. Afortunadamente el rebote ofensivo, apartado en el que los merengues se dejaron la piel, permitió al equipo aguantar en todo momento, incluso una vez que el Efes ajustó sus sistemas y asumió que la boya Singleton iba a ser la clave de bóveda para sortear la trampa madridista. El descanso dejaba un electrónico igualado —36-41— y las espadas en todo lo alto.

En la reanudación confluyeron dos aspectos importantes: un criterio permisivo en la canasta azul no correspondido en el otro aro, y la irrupción del mayor candidato a MVP de la Euroliga, Vasilje Micic. Un parcial muy dañino llevó la diferencia a doce puntos, y las señales de agotamiento dieron a entender que el hilo, finísimo en algunos instantes, que sostenía al Madrid en la eliminatoria podía romperse de manera definitiva en ese tercer cuarto. Sin embargo, acudieron al rescate dos jugadores poco llamados a enfundarse el traje de bomberos: Thompkins, por los evidentes problemas físicos a los que hubo de sobreponerse, y Laprovittola, por sus anteriores habituales dudas existenciales. Las  vacilaciones del argentino, felizmente desterradas durante el último mes y medio, puede que hayan desaparecido demasiado tarde para cambiar su destino en la plantilla, y acaso esa certeza le removía cuando las lágrimas le asomaban en los últimos segundos del choque, relegado al banco por los galones de Llull a pesar del oxígeno que habían aportado sus triples. Ni siquiera las tardías apariciones de Larkin y Pleiss desbarataron la seriedad blanca: el Madrid entró en el último minuto en la situación antes referida. Aunque el lector haya llegado hasta aquí deseoso de un último giro salvador, no puedo ofrecérselo: el mentado triple de Simon finiquitó las últimas esperanzas blancas de llegar a Colonia, y el remolino del Bósforo se tragó la orgullosa y desvencijada nave.  

En el cuento de Poe sobre el Maelström hay un superviviente que se ata a un barril y es hasta capaz de maravillarse con el espectáculo cruel que casi lo mata. Finalmente unos pescadores lo rescatan, pero convertido en un anciano de cabellos grises y miembros débiles. El reto postrero en la temporada del Real Madrid consistirá en que su heroicidad en Estambul no constituya un bello canto del cisne sino un trampolín para pelear lo que viene. Que el orgullo no se convierta en complacencia sino en renovada ambición. Con Laso al frente, pocas dudas quedan.   

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