A las 3 de la mañana del 24 de marzo de 1976, los argentinos escucharon por la radio el primero de los comunicados del recién ocurrido golpe de Estado. “Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar”. A lo largo del mismo día, fueron escuchando nuevos comunicados en los que se anunciaban las normas que empezaban a regir en el país. Restablecimiento de la pena de muerte, prohibición del derecho de manifestación, del derecho de huelga o de la actividad sindical. Cada comunicado anunciaba una nueva prohibición, hasta que, en el número 23, pudieron escuchar la primera autorización: la Junta Militar permitía la retransmisión del partido de fútbol que iban a disputar en Chorzow las selecciones de Argentina y Polonia.

Menos de tres meses después de aquel golpe de Estado, Jorge Mario Ramón fue secuestrado y trasladado a un centro de detención. El periodista argentino Andrés Burgo reconstruye en eldiario.ar el relato de aquellos días, cómo una noche, después de una de las numerosas sesiones de tortura, encapuchado y maniatado, Jorge escuchó la voz de tres hombres preguntándole de dónde era. “Soy de Saavedra” respondió él.

—Uh, ¿sos de Platense? ¡Qué grande!— le contestaron dos voces.

Jorge no llegó a ver a aquellas personas, pero durante las siguientes semanas las conversaciones con ellos se convirtieron en el único consuelo en medio de sesiones de torturas físicas y psicológicas. El día que unos carceleros le anunciaron su traslado Jorge pensó que finalmente lo iban a matar. Uno de sus compañeros le gritó “flaco, te van a largar, así que prometeme que vas a ir a la cancha a gritar un gol de Platense por mí. Jurame que lo vas a hacer, es muy importante para mí”.

Jorge era hincha de River, pero fue a la cancha a ver a Platense en cuanto se recuperó de las secuelas del centro de detención. Andrés Burgo indagó y descubrió que aquel partido fue en cancha de Ferro frente a San Martín de Mendoza. Platense marcó a los dos minutos del segundo tiempo y Jorge lo celebró con tanta ansia que se desmayó y tuvieron que asistirlo. Había sido un grito de homenaje a sus compañeros sin rostro, un desahogo después de tanto sufrimiento.

El fútbol fue, durante la dictadura, vía de escape para muchos argentinos y herramienta de control para la Junta Militar. Los éxitos de River, Boca o Independiente permitían pequeñas alegrías en mitad de un periodo oscuro, al mismo tiempo que la dirección de los clubes era controlada por personajes afines al régimen. El contralmirante Lacoste era la persona al mando de la organización del Mundial 78 y una influyente figura en River, capaz de citar en su despacho al Pato Fillol para sugerirle, con el arma sobre la mesa, que aceptara la oferta de renovación propuesta por el club. En Argentinos Juniors la influencia del general Suárez Mason fue fundamental para retener en el club, y más tarde llevar a Boca, a Maradona.

El fútbol estaba bajo el control de la dictadura, mientras sus aficionados se encontraban en el punto de mira de las acciones represoras. En 1981, 49 hinchas de Nueva Chicago fueron detenidos después de que en el estadio se cantara a pleno pulmón la marcha peronista. Ernesto David Rojas y Sebastián Piovoso, jugadores de Gimnasia de Jujuy y La Plata respectivamente, corrieron peor suerte y son los únicos futbolistas de Primera División que figuran en las listas de desaparecidos por la dictadura. La misma dictadura que anunció el final de la guerra de las Malvinas haciéndolo coincidir con el debut de la selección albiceleste en el Mundial de España. En pleno gobierno autoritario y totalitario, no había manera de que el más importante espectáculo deportivo del país escapara a su control.

Cuarenta y cinco años después de aquel golpe, los clubes argentinos vienen tomando importantes iniciativas en el proceso de recuperación de la memoria histórica. Recientemente, la comisión directiva de Racing anunció la restitución de la condición de socios y socias a aquellos abonados desaparecidos por la dictadura y facilitó un contacto para ir recabando la información necesaria. Argentinos Juniors también ha aprobado la restitución como socios de sus siete hinchas desaparecidos. Hace dos años, Banfield fue pionero al restituir su condición a los once socios del club desaparecidos. Ferrocarril Oeste colocó, además, unas placas recordando a sus socios desaparecidos; placas que, este mismo año, han debido ser restauradas, tras haber sufrido pintadas en apoyo a Videla.

River y Boca, en colaboración con la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, también han hecho un llamamiento para que familiares de socios y socias desaparecidos acudan al club y acrediten su condición. El pasado 24 de marzo, en el mismo acto por “La Memoria, la Verdad y la Justicia” en el que la directiva de Boca hacía el anuncio, se informaba de que se procederá a quitarle la condición de socio honorario al fallecido Almirante Massera, miembro de la Junta Militar y condenado por crímenes de lesa humanidad. Mucho antes, en 1999, la comisión de Argentinos Juniors había decidido expulsar del club al General Suárez Mason, también condenado por crímenes durante la dictadura.

Son algunos ejemplos de la labor de los clubes de fútbol argentinos por rendir cuentas con un pasado en el que les tocó ser cómplices —a veces— y víctimas —otras más— y con el que lanzan un mensaje de condena inequívoca a un régimen criminal. Un posicionamiento incuestionable que no se puede entender sin fijarse en la condición de asociación civil de los clubes de fútbol argentinos, que permite a los socios mayor implicación en la gestión de la entidad. La iniciativa por la restitución de los desaparecidos de Racing partió de cinco socios, la de Banfield de su Grupo por los Derechos Humanos, perteneciente a la Subcomisión de Socios, la de Ferro también partió de la Subcomisión de Derechos Humanos del club.

Es la consecuencia de un modelo que mantiene a los clubes enraizados en su comunidad. Durante décadas, los clubes deportivos han vertebrado la vida social del barrio y siguen formando parte fundamental de su identidad. San Lorenzo es uno de los equipos más importantes de Argentina, el equipo de buena parte del barrio de Boedo, en pleno corazón de Buenos Aires. Pero es, también, el club en el que miles de socios juegan cada semana al tenis, practican natación o van al gimnasio; en el que se reúnen para las celebraciones o las fiestas de carnaval.

Se han dado varios intentos por cambiar este tipo de entidades jurídicas y convertir a los clubes en sociedades anónimas deportivas, a imagen y semejanza del modelo español. El propio Macri lo intentó en los años noventa, cuando presidía Boca Juniors y lo volvió a intentar en los últimos años, siendo ya presidente de la nación. Se llegaron a aprobar atajos privatizadores como el gerenciamiento o el fallido experimento de Mandiyú de Corrientes. Pero la realidad es que, hasta ahora, todos esos intentos han fracasado y los clubes siguen siendo propiedad de sus socios, que mantienen sus comisiones y la labor de quienes no quieren que su pasado caiga en el olvido.

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