Casi todo el mundo está de acuerdo en que lo más atractivo del deporte es su componente azaroso. No obstante, cuando la implicación emocional con unos colores alcanza grandes cotas, uno tiene dificultades para disfrutar con esa imprevisibilidad. Más bien sucede al contrario: el hincha busca augurios o señales del destino más o menos ocultas que tranquilicen su ánimo y otorguen, si no garantías de que todo saldrá bien, como mínimo algo de confianza y respiro. Se trata de un juego tan inútil como ridículo, pero al fin y al cabo propio de la naturaleza humana, bastante proclive a la superstición cuando no puede contener su avidez de certezas. Si encesto esta bola en la papelera, mi equipo ganará el fin de semana”. La afición del Barça, ansiosa tras más de un lustro sin pisar una Final Four, se aferraba para tranquilizar sus nervios a todos los momentos cruciales de la temporada en los que la moneda les había salido cara: la falta no pitada a Abromaitis en los cuartos de la Copa del Rey, la canasta fallada por Pangos que colocaba el 0-2 en la serie frente al Zenit, el triple liberado de Punter en la semifinal que el aro escupió a falta de siete segundos… Incluso el esguince de Calathes contra el Milán había permitido que su sustituto en la cancha, Higgins, metiese a la postre la canasta decisiva que los devolvía a una final en once años. La mejor plantilla del continente desprendía durante todo el año el aroma de los campeones, también en los instantes azarosos. Y sin embargo, el culé volvió a aprender a las malas que ni la vida ni el deporte dan garantías, que las rachas son meros menudeos estadísticos y que cualquier pretensión de control sobre la suerte constituye una ilusión vana que se marcha tal y como vino.

Nadie sabe si en la intimidad Jasikevicius cede a la tentación de la superstición, aunque resultaría extraño. Su metódica preparación de los partidos deja entrever que su empeño se centra en aquello que puede manejar, como si el achique de espacios que plantea con su defensa se lo hiciese no sólo al rival sino también al destino. Contra el Efes intentó una argucia audaz para parar a Micic, MVP de la fase regular, al emparejarlo con Claver. Funcionó bastante bien durante el primer cuarto, con un armazón que puso contra las cuerdas al talentoso conjunto turco y que únicamente Sanli pudo superar a duras penas. El segundo periodo cambió totalmente el guion gracias al protagonismo de Pleiss, pívot alemán ex azulgrana que castigó a Pau Gasol a base de triples y al mismo tiempo supo frenar las acometidas de Davies en la pintura. Los agoreros se hicieron cruces y planeó sobre el pabellón de Colonia la maldición del ex compañero hasta que de nuevo se fastidió el relato fetichista: una lesión inoportuna de Tibor daba nuevo aire al Barça.

Para entonces, unos inicialmente dubitativos Larkin y Micic habían conseguido calentar y entrar con arrojo en la final. Ambos erráticos desde el tiro exterior, supieron hacer daño con el resto de su arsenal: penetraciones que sacaban muchas faltas en el caso del primero, dirección del tempo en el caso del segundo. El Barcelona, por su parte, se hallaba sostenido ofensivamente por Kuric, por Davies y por su mejor jugador, que, a pesar de lo que diga la escala salarial, no es otro que Cory Higgins. Mirotic volvía a naufragar en una gran cita y, pese a que tras el descanso pudo maquillar sus números con algún triple liberado y un par de acciones de mérito, su rendimiento no pudo catalogarse sino como decepcionante. Cuando el encuentro volvió a comenzar tras el empate a 69 a falta de cinco minutos, la comparación entre la asunción de galones y el acierto de las dos estrellas del Efes y el papel del montenegrino debe hacer reflexionar a los directivos de una sección que se supone ha de meter la tijera en el presupuesto del año que viene. 28 de valoración frente a 7. Los números no aportan todas las certezas, pero sí alguna más que el azar.    

La derrota es dolorosa, sobre todo por la certidumbre de contar con un plantel un escalón por encima del resto, justo en un año de vacas flacas para casi todos los demás. En cualquier caso, el proyecto de Jasikevicius muestra unas sólidas raíces y, por primera vez en años de bandazos, el FCB contará con una base extraordinaria para plantear el asalto al título el año que viene. Eso sí, deberá alejarse de discursos indulgentes, por reparadores que suenen, acerca de lo que “el baloncesto debe a este equipo”. Como en la copla: te pido, te debo. Con su tremenda calidad, acompañada de esa actitud estoica, continuarán siendo temibles, suceda lo que suceda en los instantes azarosos. Y el día que el bien pagao dé un paso al frente, posiblemente hagan gala de esas garantías que tanto anhelan. Aunque quizá ni siquiera entonces los aficionados dejen de mirar al cielo o a los posos del café. Quién, ay, puede culparlos. 

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