Querido P.:

Dicen las portadas de los diarios digitales, con el humillo aún evaporándose de los teclados, que el Atlético de Madrid depende de sí mismo para ser campeón de Liga. Parece un siglo, pero fue solo hace una semana cuando el Madrid, tras el empate de colchoneros y culés —sin rima, por favor—, también dependía de sí mismo, al decir de los cronistas. No mucho más atrás, cuando el Barcelona de Koeman se hallaba en la cresta de su ola particular de victorias, la opinión pública resultaba unánime: el devenir del campeonato se hallaba íntegramente en su propia mano. Como me conoces, sabes que el ventajismo no está entre mis múltiples defectos. De modo que no hay ánimo de revancha ni ínfulas de enteraíllo al subrayar la condición efímera de lo que otros creían rotundas certezas. Si traigo a colación estos ejemplos es para demostrar algo más importante.

Uno de los principales argumentos aportados por Florentino Pérez para la defensa de su proyecto de Superliga incide en la falta de interés actual de los jóvenes por el fútbol. Acostumbrados a una riada de estímulos constantes, noventa minutos de una competición doméstica les sabría tan a poco que resultaría imprescindible venderles un Madrid (Bayern o Barça) vs Liverpool cada jornada. I ragazzi sono mobili, qual piumas al vento. Reflexioné acerca de esta cuestión, y llegué a la conclusión de que lo raro no es que se desenganchen ahora, sino que durante tantas décadas se haya preferido un deporte tan romo, de tanteos tan bajos y con un ritmo como de sesteadero, en comparación con otras formas de ocio mucho más movidas y chispeantes. Buscando razones para esta fidelidad extraordinaria encontré que casi todas se hallan relacionadas con la identidad —como ya atisbamos en otra ocasión—, pero el análisis de las características del balompié me hizo percatarme de otra realidad aún más evidente. Tan obvia que casi siempre se pasa por alto: lo mucho que el fútbol como juego se parece a la vida.

El fútbol suele ser aburrido porque la rutina suele ser aburrida. Acierta quien se queja de que en la mayoría de los partidos hay muchos tramos en los que no pasa nada. Minutos y minutos anodinos. Como en la vida, habría que añadir. Y de repente, hay instantes en los que pasa todo, de manera atropellada, sin advertencia y, si me apuras, casi sin capacidad de disfrutarlo. Instantes imprevistos que marcan el porvenir de una temporada o hasta de una década. El Atlético de Madrid perdía por 0 a 1 en el minuto 81 de la penúltima jornada, y sus cariacontecidas maneras derrotadas desaparecieron tras una pausa para beber agua, tras la cual remontaron aprovechando uno de los escasos desajustes de Osasuna. Una buena marca a Carrasco y Suárez en el segundo gol hubiera dado al traste con todas sus aspiraciones para mantener el liderato. Los atléticos me responderán que unos pocos centímetros en la posición de un remate anulado a Savic impidieron que se llegase con un marcador mucho más desahogado a ese momento crucial. Tienen razón: como en la vida, muchas veces todo depende de un error o de unos centímetros. El Madrid también ha dependido en múltiples ocasiones de un rebote, o de una mano —y, lo que es peor aún, de su interpretación, ay—. El azar siempre termina siendo decisivo, a pesar de que todos los que pueden traten de refugiarse, la terrible noche de la víspera, en la mentira balsámica de que solo dependen de sí mismos.

Me replicarás que la actitud puede no constituir condición suficiente pero sí necesaria, y te daré la razón. El peso de las circunstancias inaprensibles no debiera servir, ni en el fútbol ni en la vida, para inmovilizarnos por completo. No recuerdo quién dijo que la película de la vida solo puede rodarse bajo el falso convencimiento de que somos sus guionistas. Nadie firmaría una hipoteca, empezaría una relación o simplemente saldría de la cama si asumiese constantemente la lucidez que señala todo lo que, siendo ajeno, nos condiciona. Pero conviene, en todos los ámbitos, no renunciar enteramente a ese poso de humildad en favor de un optimismo voluntarista y naif. Para amortiguar, por si acaso. Así que aconsejo a mis amigos colchoneros —no es un oxímoron— que adopten cierta distancia previsora ante los titulares que se avecinan. “El Atlético de Madrid depende de sí mismo para ganar la Liga”. Vamos, no fastidies, encima recochineo.

Saludos afectuosos.

P.   

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