Cuando Díaz de Mera hizo sonar su silbato señalando el camino de los vestuarios, Álvaro Cervera arqueó su espalda hacia atrás, movió espasmódicamente los brazos abiertos (ocho veces, para ser exactos) y elevó su grito al cielo granadino. Estoy por asegurar que no celebró con tanta intensidad ninguno de los goles que consiguió cuando en los años noventa se deslizaba, veloz, por la línea de cal de los estadios españoles: fino extremo izquierdo, espartano entrenador.

Y es que, para el míster, era un día especial. Era el día de ponerle el punto y final (o casi) al relato que su equipo lleva escribiendo treinta y cuatro jornadas. Treinta y cuatro jornadas de pelea agónica, de entrega y disciplina, de fe ciega en una idea y en un lema. El mérito está en un equipo con hambre y que hace las cosas sin preguntar, dijo Álvaro en la rueda de prensa posterior a la victoria del Cádiz en Los Cármenes. Una síntesis perfecta tanto del encuentro como, en realidad, de toda la temporada, porque si los amarillos amarraron ayer virtualmente la permanencia (descorchen el champán, canten a pleno pulmón, alégrense como si lo hubiéramos conseguido en la última jornada) no ha sido por ofrecer un derroche de calidad futbolística. Muy al contrario, hemos asistido durante toda la temporada a un paciente ejercicio de constancia: la hormiga laboriosa que pasa por encima de cigarras con mayor presupuesto.

El partido contra el Granada fue un ejemplo más del manual cerveriano. Frente a la concepción romántica y casi hedonista de otros entrenadores (“salgan y diviértanse”), Álvaro ha hecho suya otra máxima mucho menos comercial: “Sufran y ganen”. Es casi una provocación, una idea contracultural que nos conecta con la dureza de la vida y con las dificultades que encuentran los humildes para conseguir sus objetivos. Ken Loach contra Frank Capra.   

Salía el Granada con algunos cambios respecto al equipo que venció en el Camp Nou. La aventura europea ha sembrado la memoria nazarí de hermosos recuerdos, pero a cambio ha lastrado con plomo las piernas de varios de sus jugadores. El Cádiz, por su parte, mermado por las bajas de Álex y Perea, alineaba a los sanos. La Liga, en este último tramo, se ha convertido en un ejercicio de supervivencia en el que la frescura (y la entereza mental) constituyen un plus irresistible.

Fueron buenos los primeros cuarenta y cinco minutos de los visitantes. Sostenidos por un Jonson imperial en el centro del campo, los gaditanos generaron peligro del bueno en el área de Aarón. El suplente de Rui Silva (casi nada) tuvo ocasión de lucirse en el minuto 39. Un centro de Iza provocó un testarazo de Negredo de esos que enseñan en las escuelas de arietes: potente, picado, ajustado al palo. El guardameta sacó una manopla prodigiosa, pero su alegría fue efímera. El rechace lo recogió el propio Negredo que sirvió a Sobrino, solo en el área pequeña. Apenas tuvo que empujar el balón para anotar su primer gol, el gol de la victoria, el gol de la permanencia.  Un par de minutos después dispondría de la oportunidad de sentenciar el choque, pero el citado Aarón salió airoso de un mano a mano que tenía todas las papeletas para acabar en las redes.

A partir de ahí, el partido se convirtió en un día más en la oficina para los visitantes. Orden, colocación, basculación, líneas juntas. El Cádiz, más que enfriar los partidos los crioniza. Diego Martínez puso en liza todos los delanteros que tenía cerca (Luis Suárez, Kennedy, Soldado…) pero fue inútil. La circulación de balón era tan lenta y previsible que no conseguía horadar la retaguardia cadista. El único peligro generado por los locales fue fruto de las imprecisiones de Ledesma, que parecía tener un atún entre las manos cada vez que le llegaba un balón. Eso sí, cada pifia la remediaba con un alarde de reflejos que salvaba la situación. Imposible aburrirse con este chaval.

Terminó el partido y el Gafa, como quedó dicho, dio rienda suelta a la adrenalina. No sé si en todas las casas se festejó igual. Tal vez esta victoria anticipada le haya puesto sordina a la celebración. O tal vez hasta que Pitágoras no dicte sentencia, haya un cierto compás de espera. Sea como fuere, la cosa está hecha. Ojalá que el próximo año por estas fechas podamos celebrarlo como es debido: todos juntos y en el estadio.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here