El hundimiento del Titanic, en la madrugada del 14 de abril de 1912, merece cuando menos una reseña anual. En palabras de uno de los supervivientes, Jack Thayer, aquella tragedia “despertó al mundo contemporáneo”. La afirmación tiene mucho sentido si pensamos que aquel era todavía un mundo sin guerras mundiales, confiado en el progreso, inocente de muchas maneras. La conmoción que provocó el desastre (más de 1.500 muertos y 675 supervivientes) hizo ver que todo podía salir mal y la historia estaba a punto de confirmarlo. Hay quien piensa que el accidente fue un castigo a la arrogancia humana que comenzó por el nombre mismo del buque y continuó, asegura la leyenda, con el desafío del armador: “Ni dios puede hundir este barco”. Sin embargo, las verdaderas razones del hundimiento son una sucesión de acontecimientos banales y de errores casi infantiles, de pecados de confianza extrema y también de mala suerte.

El invierno más cálido en años desprendió bloques de hielo que navegaban a la deriva por el Atlántico Norte. Los sucesivos avisos de otros barcos al Titanic no fueron atendidos porque la prioridad de los radiofonistas no era vigilar los partes meteorológicos, sino servir los mensajes que llegaban para los millonarios a bordo. J. Bruce Ismay, el infame presidente de la White Star Line, la línea marítima a la que pertenecía el Titanic, quería adornar el estreno del gigante con un récord de velocidad. La mayoría de la tripulación estaba más preparada para servir en un hotel de lujo que para actuar en una emergencia. Un ejemplo entre cien: los prismáticos de los vigías se olvidaron en Southampton. Los veinte botes salvavidas eran insuficientes para todo el pasaje (hubieran hecho falta 32 más), pero con ese ahorro la cubierta quedaba hermosamente despejada. La ley permitía tal atrocidad.

Todo lo que podía salir mal salió peor. Para cuando el Titanic emitió sus primeros mensajes de socorro, el radiofonista del SS Californian, el barco más próximo, ya había apagado su radio para irse a dormir. Su capitán había ordenado detener motores preocupado por la presencia de icebergs. Poco después, cuando desde el Titanic lanzaron bengalas blancas que iluminaron la noche, en el Californian pensaron que había fiesta en el riquísimo trasatlántico.

Tampoco ayudó el mar, como un plato, lo que hacía que las olas apenas rompieran contra el iceberg, dejando sin una señal de alerta a los vigías. Cuando desde la torre divisaron la montaña de hielo continuaron las decisiones equivocadas. Se accionó la marcha atrás, lo que impidió que el timón respondiera con agilidad; de haber continuado a la misma velocidad (22 nudos, 41 km/h) es posible que se hubiera salvado el choque. Tampoco se hubiera hundido el barco en caso de colisionar de frente. Fue la sección lateral la que hirió de muerte al Titanic.

Richard Williams.

Más allá del fantástico romance entre Jack Dawson y Rose, la película de James Cameron no miente demasiado. Es verdad que un pasajero rompió una puerta en pleno hundimiento y hubo quien quiso denuciarlo. Su nombre era Richard Williams y años después fue campeón de Wimbledon (1920, dobles) y oro olímpico (Juegos de 1924, dobles mixtos). La aventura de Williams es una más entre cientos de historias fascinantes. Fue rescatado después de seis horas agarrado a un bote con las piernas en el agua (a dos bajo cero). En la primera revisión médica a la que fue sometido en el Carpathia —el primer barco que acudió al rescate— le dijeron que debían amputarle las piernas, a lo que él respondió: “Ni lo piense, las voy a necesitar”. Dos años después fue considerado el mejor tenista de Estados Unidos. Cuando consiguió el primero de sus títulos nacionales se enfrentó en cuartos de final a otro superviviente del Titanic, Karl Behr, finalista en Wimbledon 1907 en la modalidad de dobles. Behr compró el pasaje a última hora para viajar con la mujer de la que se había enamorado, Helen Newson, de 19 años. Compartieron bote salvavidas (él fue reclamado para remar) y se casaron después.

Jack Thayer, del que hablamos en primer párrafo, era hijo de un fue afamado jugador de cricket, John B. Thayer. Jack saltó del barco y alcanzó a nado un bote salvavidas. Fue una de las 40 personas que cayeron o saltaron al agua y salvaron la vida. Después de una existencia aparentemente feliz, se suicidó en septiembre de 1945, cuando era vicepresidente financiero de la Universidad de Pennsylvania. Se cortó las muñecas y el cuello en el interior de su coche.

Tampoco tiene desperdicio la historia la bella Madeleine Astor Dick, de luna de miel en el Titanic y a partir de esa noche viuda embarazada del multimillonario John Jacob Astor IV (propietario, entre otras cosas, del Hotel Waldorf Astoria), autor de otra frase inmortal: “Quedémonos en el barco, parece más seguro que esos botes”.

Madeleine Astor.

En 1932, Madeleine, que se había casado en 1916 con un banquero, se enamoró en otro barco de lujo del apuesto boxeador italiano Enzo Fieromonte, quince años más joven. Fue su tercera y última boda, también de escasa duración: se divorciaron a los cinco años. Fieromonte hizo carrera como actor y participó en más de cien películas.

Hay infinidad de historias que renacen en cada aniversario y así debe ser. Javier Reyero, Cristina Mosquera y Nacho Montero recogieron en un libro apasionante las peripecias de los españoles en el barco con Los diez del Titanic. Cada aventura en sí misma merece una novela. De momento, sirva el recuerdo y una breve reseña.

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