El Real Madrid Club de Fútbol convocó el jueves elecciones a la presidencia y la noticia ha pasado prácticamente inadvertida. Se da por hecho que nadie presentará candidatura y Florentino Pérez será reelegido para su sexto mandato, el cuarto sin oposición. Que en los últimos doce años nadie se haya enfrentado a Florentino Pérez en las urnas es algo que ha sido normalizado por eso que damos en llamar la opinión pública (nosotros, vosotros y ellos), aunque es una rareza digna de mención. Resulta muy poco saludable para la vida de cualquier institución que tiene las elecciones como sistema de designación presidencial que los procesos electorales se cierren sin candidatos. Y no ocurre porque no existan voces disonantes, aunque sean pocas, sino porque los requisitos establecidos por la actual presidencia en 2012 hacen materialmente imposible que haya candidatos en disposición de exponer sus programas, no hablo ya de ganar las elecciones.

Cuando el club endureció al extremo las condiciones para ser candidato y presidente hizo una interpretación fundamentalista de la Ley del Deporte, que obliga a que los miembros de una junta directiva presten “mancomunadamente” aval bancario del 15% del presupuesto de gastos. Como se puede observar, la ley no carga con esa obligación a los candidatos de un proceso electoral; el Real Madrid, sí. Y por si el requisito no fuera lo bastante disuasorio, se incluyó otro: quien avala debe hacerlo con su patrimonio personal (calculen a partir de cien millones).

De tener unos estatutos como los del Real Madrid, el Barcelona todavía no tendría presidente. Ninguno de los tres aspirantes hubiera podido presentar siquiera su candidatura. La diferencia con lo referido en el Madrid es tanta que Laporta, el presidente electo, tuvo diez días para reunir el aval requerido, completando su aportación personal con otras externas.

Tengo pocas dudas de que Florentino Pérez hubiera ganado a quien fuera menester las tres elecciones anteriores y la que se acaba de convocar. Las Copas de Europa conseguidas admiten poca discusión y el nuevo estadio, más el galáctico que está al caer, son argumentos de una solidez aplastante. Sin embargo, en cada caso, el debate hubiera resultado enriquecedor. Es aconsejable que quien tiene el poder se exponga a la oposición y a la crítica de otros socios cada cuatro años, ya que tal cosa no se produce en las asambleas de compromisarios. Por otra parte, ninguna institución, pública o privada, parece del todo democrática si exige que los candidatos a la presidencia formen parte de una élite económica. Se proclama a menudo que el Real Madrid es de los socios, pero sólo los socios multimillonarios pueden presidirlo. Igualmente, y con la misma frecuencia, se invoca la figura totémica de Santiago Bernabéu, que estuvo lejos de ser millonario: vivió y murió humildemente. Nadie parece reparar en la contradicción. Ni en la perversidad.

Con la excusa de ahuyentar a los jeques y a los buscavidas, el club no hace más que declarar la incapacidad de los socios para reconocer en unas elecciones a los jeques y a los buscavidas. Por el camino quedan los socios aspirantes que no tienen otra culpa que no ser millonarios, pero que tal vez podrían encontrar los apoyos suficientes tal y como se hacía en las primeras elecciones del club: recabando firmas de otros socios y cumpliendo unos requisitos mínimos. Así compitió Florentino en los primeros comicios, aquellos tiempos en los que el ansia por votar movilizaba incluso a los muertos. Carece de sentido que sea más difícil ser presidente del Real Madrid que de los Estados Unidos. O de España. O de Armenia. ¿Acaso puede asumir un país más riesgos de los que asume un club de fútbol?

Si la preocupación es la responsabilidad de los administradores, ¿qué nos hace pensar que un millonario garantiza una mejor gestión económica? Llevado al extremo: ¿alguien piensa de verdad que los millonarios sienten menos tentaciones a la hora de meter la mano en la caja? ¿Desde cuándo ser rico es prueba de honradez…? Disculpen por la demagogia, pero es la misma que se aplica cuando se pretende justificar que un candidato tenga que ser rico y cumplir 20 años de socio, como si esa fuera la línea que distingue a los sospechosos de los elegidos.

Más que unos estatutos anti-jeque, en 2012 se redactaron unos estatutos anti-Calderón y anti-Boluda, y contrarios por extensión a cualquier posibilidad que no fuera la presidencia de Florentino Pérez. Decirlo no es un acto de conspiración, o no debería serlo. Ni supone negar los méritos de su gestión deportiva y económica. Supone, simplemente, disentir desde un rincón del desierto.

1 Comentario

  1. Mientras contemplo Flandes,ya saben de qué hablo,me entretengo un instante para puntualizar que la Ética no es demagogia.Apelar a la razón,construir argumentos,pedir pruebas de aquello que se da por sentado sin más,no es demagogia.Apelar a las emociones como prueba o como sustituto de los argumentos,de lo racional,sí lo es.Ergo,totalmente de acuerdo:Alguien se ha blindado con unos estatutos.
    También creo que nadie le haría sombra al ser superior,y si se cumplen sus números de explotación del nuevo estadio será presidente vitalicio,por tanto no veo la necesidad de esto.
    Y lo dejo porque acabo de ver al pobre Nils Erkhof darse una buena bofetada y me recuerda que se acerca lo mejor.

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