Para ganar esta Liga hay que asumir que se sufrirá en cada partido que quede. El equipo no va sobrado ni de fuerzas ni de plantilla. Han sido pocos los partidos ganados con solvencia en esta temporada y estaban muy recientes los precedentes del Valladolid o del Getafe que ya anduvieron cerca de robar puntos. Sin embargo, tener en frente a un Granada que había perdido en todas sus visitas anteriores a Barcelona, con numerosas bajas y con escasas opciones de disputar una competición europea, no hacía más que dar los tres puntos casi por descontados. Acaso la receta perfecta para una gran campanada.

Más aún cuando el Hombre Gris siguió subiendo su cotización para una buena venta: exhibición de movimiento, con y sin balón, y asistencia a Messi para que el argentino diera el liderato momentáneo a su equipo. Tras el gol, el Barça incluso mejoró su juego con una actuación de Busquets que parecía reverdecer viejos laureles. Las ocasiones llegaban pero se perdían por la falta de pegada del equipo, una constante durante toda la temporada. Especialmente cuando Messi no está del todo inspirado. Solo cabía esperar el segundo gol por pura insistencia.

Pero todo lo que sucedió después rozó lo incomprensible. Aunque tenía sus (posibles) explicaciones. Nada hay más motivante que la revancha y para el Granada, aquella eliminación copera con remontada in extremis aún martilleaba su cabeza. Lejos de entregar el partido, se asomó al ataque y en su primera llegada seria aprovechó la lentitud de Sergi Roberto y Pique y el error de Mingueza por medio de Machís. Errores de centrales que cuestan puntos. Otra constante en la 2020/2021 azulgrana.

Los de Q-Man se veían con un sorprendente empate sin saber muy bien cómo había sucedido. Tal vez porque el cruyffismo es justo con el fútbol y los puntos que un día ganas sin juego, otros los pierdes por mala suerte. Pero aún quedaba media hora por delante y, si bien el 1-1 era un mazazo, el campeonato aún dependía de los azulgrana. No era cuestión de perder la cabeza. Y sin embargo, el primero en ponerla en la guillotina fue el propio Q-Man, autoexpulsado tras una enajenación mental transitoria de quien debía transmitir tranquilidad a los suyos. El Granada aprovechó el revuelo para rematar al Barça. De cabeza. La de Jorge Molina concretamente. Segundo disparo a puerta visitante y segundo gol. Ver para creer. Porque los mismos culés que a principios de enero no hubieran creído que su equipo saltaría hoy al Camp Nou en disposición de ponerse líder de la Liga y con un doblete a la vista, tampoco hubiera imaginado ni en sus peores pesadillas el Molinazo con el que el Granada daba la sorpresa de la jornada (aplazada) e incluso de la Liga.

Más sorprendido aún que con el empate, el equipo entró en estado de shock. Sin capacidad de reacción. Sin argumentos en ataque. Sin fuerzas. Tener como base a los mismos jugadores de los fracasos de Roma y Liverpool ciertamente ayudó a ello. Que los Piqué, Busquets, Umtiti, Alba y Sergi Roberto no pueden ser ya el cimiento de la plantilla es tan evidente como que su físico ya no les da para jugar dos partidos por semana. Que el equipo terminase el partido confiando en la (improbable) inspiración de Dembelé o centrando balones a Piqué en vez de buscar a Messi fue una oda al tardofrankismo (las dos últimas temporadas de Frank Rikjaard). Los milagros contra el Granada se agotaron en aquella gélida noche de febrero. Un batacazo en toda regla solo amortiguado por la certeza de que los rivales por la Liga (a excepción del Sevilla) tampoco están para tirar cohetes..

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