Antes se podía decir que era el dinero, o que era Cristiano, o todo a la vez, pero ahora sólo cabe decir que es el Madrid, y me da un poco de rubor afirmar algo tan en contra del sentido común porque lo lógico es que el éxito de una institución deportiva dependa de sus generaciones mejor dotadas, no de su espíritu, ni de sus fantasmas, pero las explicaciones sensatas no son de aplicación en el fútbol, y menos aún en el capítulo que lleva por título Real Madrid.

En una temporada que debía ser de barbecho, de no hacerse daño, el Madrid está en semifinales de la Copa de Europa y en lucha por el campeonato de Liga. Ya no se le debería exigir más, lo que no significa rechazar lo que venga. Pero, termine como termine el curso, no caben reproches. Que nadie tenga la tentación de hacerlos. El equipo ha llegado más lejos de lo esperado. Y no porque ninguna calabaza se haya transformado mágicamente en carroza, sino porque las calabazas han apelado al orgullo y al coraje, contagiadas por una estirpe de campeones entre los que se encuentra, naturalmente, Zidane. Decía Napoleón que no quería generales buenos, sino generales con suerte, y en este caso la fortuna explica mucho, pero no es la justificación de todo. Es evidente que a Zidane le favorece el viento (los cruces están siendo amables), pero también es innegable su capacidad para levantar los ánimos cuando el mundo deja de creer. El Madrid era y es un equipo con cien motivos para deprimirse. Los buenos se hacen viejos y los jóvenes no acaban de ser tan buenos como se esperaba. Aceptada esa cruda realidad, Zidane ha conseguido invertir la evidencia: ahora los viejos parecen congelados en su mejor momento y los jóvenes son tal y como les soñábamos. Ese milagro es suyo, por completo.

Es normal sentirse orgulloso si eres madridista y tampoco es descabellado sentir un cierto grado de admiración si eres enemigo de la causa. Por primera vez en mucho tiempo, el Madrid no compite con las mejores cartas y sin embargo resiste entre los mejores de Europa, movido por una inercia que pronto cumplirá 70 años. Hay algo entre este torneo y este equipo, una especie de amor correspondido ante el que sólo cabe rendirse. Y casi todos se rinden.

El Madrid resistió en Anfield tres días después de vencer al Fútbol Club Barcelona, lo que equivale a un doble salto mortal con tirabuzón. No diré que no sufrió, porque la idea era saber sufrir, no pasar una noche de picnic. Sufrió como tocaba y se protegió como debía. El emplazamiento de Valverde como lateral derecho fue un acierto (otro) que hay que apuntarle al entrenador. La actitud del equipo fue la oportuna y cada arremetida fue respondida con fútbol y sin miedo. El Madrid se sabe mejor y el Liverpool fingió no saberlo.

Es imponente la fiabilidad de un equipo que hasta hace muy poco era escasamente fiable. Es tremendo el aplomo de los jefes (Casemiro, Modric, Kroos), la solvencia del portero y la complicidad del resto. Es asombroso que siga en la pelea. O no. Tal vez esto sea lo único normal. Basta con mirar el palmarés, con atender a la historia, con observar las miradas. Los alrededores cambian, pero el Real Madrid está en su sitio.

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