El Liverpool no es un equipo cualquiera. Y Liverpool es una ciudad muy peculiar. Ambos se sienten diferentes. Es una ciudad desconectada de buena parte de la sociedad británica. Y el Liverpool, uno de los equipos de la ciudad, ha sido durante su historia el club del pueblo. En todos los sentidos. Un club con un pasado izquierdista muy ligado a la justicia social. Y un club tremendamente enraízado en Liverpool, en su ciudad, su pueblo. Los reds representan una ciudad y una sociedad que se ha sentido atacada desde que en 1979 llegase Margaret Thatcher al poder en Londres, en pleno apogeo de la ciudad y del club.

Nadie ejemplifica mejor la idiosincrasia de Liverpool que mi compañero Jamie. Él es muy de Liverpool. Y muy del Liverpool. Tanto como el Liver Bird, el pájaro símbolo de la ciudad que preside también el escudo del club. Es un scouser de pura cepa, de aquellos que no se sienten ingleses porque piensan que el resto del país, y sobre todo los ricos de Londres, los han tratado como escoria social. Jamie es uno de los más prometedores especialistas en marketing deportivo que he visto en los últimos años. Es sin duda un joven brillante con una muy prometedora carrera por delante en el mundo académico. Su durísimo acento de Liverpool lo delata en cuanto habla. Posiblemente sea más cerrado que el de Jamie Carragher y Steven Gerrard juntos. Y además no quiere esconderlo porque se siente orgulloso de su tierra. Hace unos años, durante su tesis doctoral, Jamie viajó a Londres para recoger opiniones entre los vecinos del estadio olímpico de la capital. Para mi sorpresa, más de una vez se encontró con una respuesta dura por parte de la gente a la que se acercaba. “¿Para tu tesis? Imposible, un scouser no puede estar haciendo un doctorado”.

Por eso son un club y una gente especial. Se han tenido que hacer fuertes entre ellos para sobrevivir. La ciudad fue duramente golpeada por la reconversión industrial y las políticas thatcherianas en los 80. Y de esa fuerza ha salido una combinación de orgullo y resistencia a la adversidad que está excelentemente representada por la incansable petición de justicia para los 96 aficionados muertos en Hillsborough. Las familias de los fallecidos, tratados como peligrosos, borrachos y violentos por la policía y el gobierno de Thatcher, no descansaron hasta que se supiese la verdad. Les llevó casi 30 años, pero consiguieron una victoria inapelable. La ciudad se unió en torno a esa lucha. El boicot de todo Liverpool al periódico sensacionalista The Sun —o The Scum, la mierda, en inglés, como se le conoce en Liverpool—, por ejemplo, es legendario. Se tejieron alianzas que unieron a los dos clubes de la ciudad. El presidente del Everton, Bill Kenwright, fue contundente en el 24º aniversario de la tragedia de Hillsborough: “Tendremos justicia. Han elegido la ciudad equivocada, y han elegido a las madres equivocadas» (en homenaje a las madres de los fallecidos, que encabezaron la larga lucha contra el sistema).

Este carácter duro, áspero e indómito del scouser nace de un rechazo claro a la injusticia. Incluso si viene de su propio club. Los aficionados del Liverpool son los únicos de la Premier League que se han atrevido a boicotear a su equipo. Protestas en campos de la Premier ha habido algunas, por ejemplo en Newcastle o en Hull, pero nunca se había llegado a abandonar al equipo. Hasta que lo hicieron los seguidores del Liverpool hace unas temporadas. Cuando los dueños americanos del club propusieron una subida de precios en las entradas y los abonos, un grupo de aficionados se rebeló. Acabó organizando una protesta en el minuto 77 del partido contra en Sunderland. Y cerca de 15.000 aficionados abandonaron Anfield aquel día en aquel instante. El equipo, que iba ganando 2-0, acabó empatando el partido entre protestas de la afición. Y un par de días más tarde los dueños se echaron atrás. Publicaron una carta abierta para su afición en la que reconocieron, sin medias tintas, haberse equivocado (“We got it wrong”, en inglés, fue el claro mensaje con el que abrieron su misiva).

Es evidente que el Liverpool ha cambiado en los últimos años. Como parte de la Premier League el club tiene que adaptarse a la nueva realidad del fútbol europeo si no quiere quedarse atrás. Sus dueños son estadounidenses y gestionan el club como un negocio. Habrá quien piense que es imposible conservar esas raíces tan fuertes. Que si fuese así debería quizás desafiar más el sistema, como lo hace el Athletic en España. Y hay algo de verdad en este argumento, por supuesto. Pero también es cierto que, con todos sus cambios, este Liverpool sigue siendo muy scouser, como sus aficionados. Los dueños lo han entendido y han sabido mezclar modernidad y tradición, manteniendo lo más posible el espíritu de este club grande de Europa. En el banquillo, el carácter y el fútbol de Jürgen Klopp encajan muy bien con el club. Klopp es un inconformista del fútbol. Está acostumbrado a hacer frente a los más grandes o los más ricos con cierto éxito. Y no se arredra.

El Liverpool aparece siempre ligado a su historia. Y conviene no olvidar que este club, como su ciudad, nunca se rinde. Ni con la reconversión industrial. Ni con 96 muertos. Ni con 3-0 en contra, que se lo digan al Milán.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here