En El Chiringuito, el mismo programa de televisión que hace pocos días anunció el fichaje de Mbappé por el Real Madrid (operación de 200 millones), el presidente del club declaró anoche que los grandes clubes de Europa están “arruinados”. La cosa parece cuando menos incongruente, todavía más si observamos la faraónica obra del nuevo Bernabéu. Lo cierto es que la incongruencia está instalada en el mundo del fútbol sin que nos escandalicemos como corresponde. El Fútbol Club Barcelona, otro de los clubes presuntamente arruinados, se ha propuesto la continuidad de Messi, que gana 138 millones de euros por temporada y que en verano habrá cobrado 555 por el contrato firmado en 2017. Entretanto, el Barça declaró el pasado mes de enero un nuevo ERTE por “causas de fuerza mayor”, cuestión que no ha impedido que el presidente Laporta se reuna con el representante de Haaland para tratar un fichaje que rondaría los 180 millones.

Según datos publicados por Palco 23, los tres grandes del fútbol español —todos padres fundadores— se han gastado 2.547 millones de euros en fichajes en los últimos cinco años, repartidos de la siguiente manera: el Barça 1.171, el Atlético 715 y el Real Madrid 661. Asumido el varapalo que ha supuesto la pandemia en la economía de todas las empresas del mundo, parece exagerado culpar al Covid o a la UEFA de los problemas financieros de los citados clubes.

El Chelsea, otro de los “arruinados”, se gastó en pleno verano de la pandemia 240 millones de euros y tampoco fue despreciable la inversión del City (157), igualmente miembro fundacional de la Superliga. ¿De qué hablamos entonces, de sobrevivir o de mantener el nivel de vida? Un último dato: de los diez clubes que más han gastado en fichajes en el último lustro, ocho aparecen entre los fundadores de la nueva competición (el Everton es la excepción y el PSG la excepción relativa, porque acabará entrando en la Superliga).

A la incongruencia que supone que instituciones con activos multimillonarios con salida en el mercado se declaren en la ruina, se suma el desprecio por los aficionados, a los que, en el mejor de los casos, se trata con un paternalismo irritante. Este ha sido el gran error de cálculo de la Superliga: creer que una mayoría tragarían con la propuesta sin rechistar siquiera. Al fin y al cabo, debieron pensar, ¿qué objeciones pueden poner los aficionados a una competición con los grandes clubes del continente? Pues muchas, como se está observando. En primer lugar porque hay una inmensidad de seguidores de clubes que no están representados en la Superliga y a los que se limita por decreto la capacidad de soñar. Y en eso consiste la esencia de la competición futbolera: en que un equipo menor tenga la posibilidad, aunque sea remota, de competir con los más grandes.

Lo que jamás imaginaron los padres fundadores es que a este levantamiento social se pudieran sumar también aficionados de los clubes beneficiados. La federación de peñas del Atlético de Madrid ha mostrado su rechazo al nuevo proyecto de competición y en términos similares se han manifestado los hinchas del Liverpool y del Tottenham. En estos casos y en los que vendrán, se hace patente la nula consideración de los fundadores hacia la sensibilidad de sus propios aficionados, más grave en el caso del Real Madrid y el Barcelona, clubes que presumen de ser de sus socios. ¿A qué esperan para consultar con ellos algo tan fundamental?

Y un apunte al margen. No deja de resultar paradójico que el Real Madrid, el club que mejor se ha adaptado históricamente a los formatos de Copa de Europa y Champions (trece títulos, nada menos), sea quien encabece un cambio de modelo que pone en riesgo su éxito deportivo, fin último, según creo, de un club de socios.

La realidad es que la Superliga no ha sentido en ningún momento la necesidad de convencer a la opinión pública. Así se explican sus comunicados furtivos en la noche del domingo y la aparición del presidente del Real Madrid en El Chiringuito en la pasada madrugada (7,7 de share). De haber existido un verdadero afán divulgativo, el presidente hubiera comparecido en el telediario de Vicente Vallés (por no salir del mismo grupo mediático) o, mejor aún, convocado una conferencia de prensa abierta a todo tipo de preguntas y preguntadores.

Si no hay ganas de debatir en el centro de la plaza pública no es sólo porque molesten las voces contrarias, sino porque se sabe que el partido está ganado. El dinero siempre se pone de acuerdo con el dinero y la Superliga saldrá adelante con las correcciones oportunas en cuanto se establezca el pedazo de tarta que corresponde a UEFA y FIFA.

Conocido el final, hay que quedarse con una reacción popular que no llega a revolución, pero que ha servido para despertar a una mayoría dormida de aficionados. Resulta muy saludable que los doce padres fundadores adviertan que su idea no ha sido recibida con palmas, sino con pitos. Que sientan que la gente importa y que unida tiene fuerza. O podría tenerla…

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