Había en los dibujos animados de mi infancia un villano de nombre Simón el Simpaticón que se dedicaba a atracar bancos usando como arma su irresistible sonrisa. El Cádiz tiene algo del simpatiquísimo Simón y doy por hecho que muchos de sus rivales son víctimas de su poder hipnótico, al menos durante unos minutos que tampoco suelen ser demasiados. El Real Madrid estuvo casi media hora sin encontrar un resquicio, sin elevarse un centímetro, hasta que el anfitrión, en pleno zafarrancho, se disparó a los pies, a los dos. Fueron un par de penaltis, pero bastó con que se pitara uno. A partir del gol el Madrid empezó a creer y el Cádiz dejó de hacerlo.

En el partido anterior al minuto 30, la figura de Negredo destacó sobre las demás. Mandó, ganó los duelos que le propusieron y coordinó el ataque desde su isla. En cualquier categoría del fútbol mundial se pueden encontrar futbolistas como Negredo, tipos que juegan con el palillo entre los labios y el loro en un hombro, apuntalados físicamente, pero Sénecas del fútbol. Suelen ser centrales, porque la idea es moverse poco, pero pueden ocupar cualquier demarcación, desde la que imparten lecciones de vida y de juego. Tiene suerte Negredo. Ojalá todos tuviéramos un Cádiz para bailar los últimos tangos.

Benzema marcó de penalti en el 30’ y en los siguientes diez minutos no paró de tirar cohetes. En el 32’ asistió a Odriozola para que hiciera gol de cabeza (cosas veredes) y en el 40’ aprovechó un pase algodonado de Casemiro para sentenciar el encuentro. El Madrid no hubiera podido soñar con nada mejor después del coitus interruptus de la Superliga y antes de las turbulencias que le esperan en la Champions. Cualquier resbalón del Madrid se hubiera convertido de inmediato en inspiración para una chirigota.

No olvidemos que Zidane volvió a formar con un once experimental, con tres centrales para cubrir la espalda de Marcelo (más protegido que Al Capone) y con el canterano Antonio Blanco como pivote en el mediocampo. Permitan una evocación un tanto libérrrima: el chico, de 20 años, recuerda a Edgar Davis por su fiereza defensiva y su ausencia de complejos.

El equipo de Cervera cumplió en la segunda mitad: se acercó cuanto pudo y rondó el gol en la medida de lo posible. No se le puede pedir más, al menos hasta que le llegue el fondo de solidaridad de la próxima Superliga. En el fondo, todo tuvo una cierta lógica: la semana del Real Madrid sólo se podía arreglar en Cádiz.

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