En la foto de la izquierda vemos a un hombre joven y barbilampiño. Es convencional en el vestir, casi eclesiástico: una chaqueta en tonos grises tapa una camisa celeste cuyo cuello asoma, anacrónico y fisgón, por encima del suéter. Parece un catequista, pero en realidad es un entrenador de fútbol y sujeta con ambas manos una bufanda extendida del equipo por el que acaba de fichar.

En la foto de la derecha observamos al mismo hombre. Han pasado solo cinco años, pero su aspecto es muy distinto. Ahora luce una barba poblada y canosa y su mirada transmite una mezcla de cansancio y satisfacción. El catequista se ha convertido en un profeta. Viste una camiseta con unas siglas crípticas, LLNSN. Entre las dos imágenes el nexo en común es evidente: unas gafas.

Ha sido un lustro, sí, pero ha pasado como un suspiro. Así de caprichoso es el tiempo, así de mentirosa la felicidad (nota mental: aprovechar esta última frase para escribir un bolero).

Y es que desde que Cervera se hizo cargo del Cádiz, las buenas noticias no han dejado de llegar: victorias, ascensos y una permanencia ya casi cerrada, a falta tan solo de ponerle al sobre la gotita de lacre. En este camino, poco vistoso pero sólido y fiable, los amarillos sumaron la pasada tarde un nuevo puntito frente al Celta de Vigo, uno de esos equipos a los que se les suele añadir siempre la población al nombre (como al Sporting o al Bayern) más por inercia que por necesidad.

La alineación de los locales era la esperada (jugaban los sanos) con una sola novedad: Malbasic. Lo del serbio terminó siendo una sorpresa triple: por su titularidad, por su posición y por sus prestaciones, nada desdeñables. Suya fue la ocasión más clara del encuentro, en un disparo mordido que Villar palmoteó al larguero.

La anterior jugada ocurrió en el ecuador del primer tiempo. Lo que pasó antes y después de la misma se puede resumir en una oración copulativa (con perdón): el Celta atacaba y el Cádiz se defendía. Los vigueses manejaban el balón con pulcritud (Denis, Nolito, Aspas) y los gaditanos basculaban y cerraban líneas de pase (Jonsson, José Mari, todos). El esfuerzo de los locales era solidario y emocionante: si fueran a la huelga, no habría esquiroles. Tanto fue así que pese al dominio aplastante céltico (de territorio y balón) las ocasiones más claras caían del lado andaluz. A la de Malbasic habría que añadir una galopada de Sobrino más propia del fútbol americano que de este balompié nuestro. Los de Coudet, por su parte, alojaron el balón en las redes de Ledesma (seguro toda la tarde), pero el VAR (¡por una vez!) vino en nuestro auxilio y decretó el fuera de juego de Hugo Mallo.

Tras el descanso el partido siguió por los mismos derroteros. Para ser más exactos, incluso se fue espesando gradualmente, como una bechamel con más harina de la cuenta. El Celta seguía circulando el balón de aquí para allá incansablemente pero ya sus pases desprendían un tufillo funcionarial y rutinario. El Cádiz, tras algún robo aislado, buscaba a sus delanteros con balones largos en lo que parecían intentonas ayunas de fe. Los dos equipos parecían esforzarse en guardar las apariencias, pero sabían que el destino del partido estaba escrito: el resultado inicial no se alteraría. Gafas en el banquillo, gafas en el marcador.

Nuestro míster reconoció en rueda de prensa que, a él, como espectador, este tipo de encuentros no le gustarían demasiado pero que, como entrenador, su misión es sumar puntos y a ello se dedica con fruición. El diccionario podría ilustrar la palabra “pragmatismo” con cualquiera de las dos fotos descritas al inicio de esta crónica.

Ojalá que la otra foto sirva en breve para la palabra “permanencia”.

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