“Los clubes han dado un golpe de estado. Si se mueven al margen de la FIBA y de las federaciones nacionales quedarán fuera de las competiciones internacionales, incluidos los Juegos Olímpicos, Mundiales y Europeos”. La frase les puede sonar reciente pero tiene dos décadas de existencia. Fue Boris Stankovic, el sempiterno secretario general de la FIBA (de 1976 a 2002) quien las pronunció cuando las canastas saltaron por los aires. Ocurrió en junio del año 2000, cuando nueve equipos de la Europa baloncestística llevaron hasta el final sus intenciones. Así nació la Euroliga, un espejo en el que el fútbol no ha dejado de mirarse en los últimos veinte años. Con la SuperLiga en “stand by” —Florentino dixit— analizamos la evolución de la competición y las similitudes y diferencias entre las canastas y el balompié con un panel de expertos.

“El hecho de que los clubes se asociaran en esa ULEB ya supone un punto de partida diferente en el germen de la Euroliga con respecto a la Superliga. Con unos equipos tan potentes, representantes de unos mercados tan importantes en el baloncesto, la posición de la FIBA era más débil de la que pudieran tener ahora la UEFA o la FIFA”, reflexiona David Sardinero, director de la revista Gigantes. “No tuve la sensación de que fuera un golpe de estado, de hecho la Euroliga convivió con la Suproliga y posteriormente se inició una negociación en la que FIBA cedió y reconoció a la Euroliga como la máxima competición”, rememora un Carlos Sánchez Blas, que por entonces comenzaba su andadura como periodista y al que ya le tocó cubrir algunos encuentros de esa primera edición.

Iñaki de Miguel también fue protagonista en aquella primera Euroliga. El pivot, criado en el Magariños, jugaba en Grecia, concretamente en el Olympiacos, y saltó al parqué del antiguo Raimundo Saporta para disputar el primer encuentro de la nueva competición, celebrado el 16 de octubre del 2000, todo un Real Madrid-Olympiacos. “Creo que en aquella Euroliga había mucho más compromiso, consenso y seguridad de los que arrancaron el proyecto. Luego resultó fundamental que se llegara muy pronto a un acuerdo con FIBA para unificar las competiciones. Por el bien del deporte lo ideal es que se llegue a un acuerdo y todos tuvieron que ceder algo”.

Desde su origen, el fútbol ya se colaba en el debate de la nueva Euroliga. Esto decía el ya por entonces director general de la Euroliga, Josep Maria Bertomeu: “El baloncesto enseña el camino al fútbol, que ve cómo los clubes pueden ser responsables de su propio negocio”.

Y los protagonistas parecían tener claro cuál era la competición preponderante: “Nosotros lo teníamos claro y veíamos a la Euroliga como la competición más importante. Entendíamos la Suproliga como una rabieta de la FIBA, porque al final el ramillete de equipos de la Euroliga era superior”, confiesa Iñaki de Miguel.

“Era un proceso imposible de frenar para la FIBA, porque los grandes equipos del baloncesto europeo tienen incluso más poder que los del fútbol, por paradójico que parezca. No hay nada más poderoso en Israel en términos deportivos que el Maccabi, no hay nada más poderoso en Lituania que el Zalgiris, lo mismo podríamos decir de los equipos griegos y hasta hace apenas dos años la Euroliga sí había respetado los méritos deportivos, por lo que su éxito parece inevitable”, argumenta Sánchez Blas.

Es cierto que el volumen de dinero que mueve el baloncesto no es equiparable al fútbol. Ahí radica la principal diferencia para David Sardinero entre lo ocurrido hace dos décadas y la nueva era que se abre en el balompié. “Va a ser igualmente una guerra, tal y como sucedió en el basket, porque se enfrentarán las viejas estructuras frente a otras nuevas, y en paralelo a la competición. Pero hay que puntualizar que esa guerra en el baloncesto no se ha solucionado. La Euroliga funciona pero tiene sus problemas, heridas abiertas, y 20 años después no es todo idílico”.

“No creo que la Euroliga sea perfecta ni que la Superliga vaya a acabar con el fútbol. Es cierto que la Euroliga ha conseguido tener arraigo, cuenta con los mejores jugadores de Europa, los mejores equipos, hay muy buenos partidos, pero también hay peros. Jugadores y técnicos ya han criticado que la fase regular (34 partidos) es demasiada larga, que hay partidos sin nada en juego e incluso está apareciendo una disidencia y ya hay 7 de los 11 clubes más poderosos que se han reunido para evitar la reelección de Bertomeu como presidente”, explica Sánchez Blas.

Las tensiones FIBA-Euroliga se recrudecieron a partir de 2015 con las famosas “ventanas” que introdujo FIBA para que las selecciones nacionales disputaran partidos clasificatorios durante la temporada.“Se han normalizado situaciones que no son normales. Es difícilmente comprensible que se contraprogramen competiciones de baloncesto unas a otras. Es difícil de comprender que haya partidos de selecciones y no estén los mejores. Quien pierde ese pulso es el baloncesto y el deporte”, dice De Miguel.

“En el baloncesto se vive una situación de eterna transición. Estamos en continua evolución, el año que viene vuelven a cambiar el sistema de licencias tanto en la Euroliga como en la Eurocup, luego está la Basketball Champions League (creada por FIBA), que sigue siendo una competición emergente… El baloncesto todavía está en transformación, cada equipo y cada competición se están posicionando, encontrando su nicho, la duda es ver cuántas competiciones y de qué tamaño, que también es importante, son sostenibles a largo plazo. Esto nos lo irá diciendo el tiempo y la toma de decisiones de cada uno de los actores implicados”, reflexiona Sardinero.

Para Iñaki de Miguel la Euroliga es la mejor posicionada para sobrevivir en el ecosistema de la canasta: “La Euroliga ha sido pionera en reinventarse, en ir modificando su propio modelo, y para el aficionado la competición resulta muy atractiva. Poder ver en tu cancha a los 17 mejores equipos de Europa es un auténtico placer. Creo que con las licencias han ido garantizando que ciertos clubes puedan hacer un planteamiento económico y deportivo a largo plazo. Esto favorece la inversión de los clubes porque saben los ingresos que van a tener”.

Una liga cerrada: destino final

El hándicap de ser una liga prácticamente cerrada ha sido el principal escollo con el que se ha encontrado la Superliga de fútbol nada más nacer. El baloncesto optó por un camino más largo pero con un destino similar: “En el futuro la Euroliga va a ser una competición completamente cerrada y privada, muy al estilo NBA. Desde hace dos años no se atiende a los méritos deportivos. Si Unicaja, Valencia, Burgos o Manresa ganan la Liga ACB no van a disputar la competición, salvo que les den una invitación. Los méritos deportivos ahora los han basado en su segunda competición, la Eurocup, en la que si llegas a la final tienes acceso a la Euroliga”, señala Sánchez Blas. Sardinero apunta a los jugadores y al papel que puedan tener a través del sindicato de jugadores de la Euroliga recién creado, y de la Asociación de baloncestistas profesionales (ABP): “No se puede descartar que se planten en algún momento, sobre todo ahora que se suceden las lesiones, que el calendario está hipercargado y la pandemia lo ha complicado todo”.

Los vínculos entre fútbol y baloncesto están presentes en la Euroliga y la Superliga más allá de Madrid y Barça y crean situaciones curiosas, como comenta Carlos Sánchez Blas: “El presidente del Baskonia es Josean Querejeta, que a su vez es el propietario del Alavés de fútbol. Con el equipo de baloncesto fue uno de los impulsores de la Euroliga, porque además es íntimo amigo de Bertomeu, y con el Alavés se ha posicionado en contra. Algo similar ocurre con el Bayern Múnich, que se ha presentado como defensor de los viejos valores del deporte para no entrar en la Superliga y acaban de recibir una licencia A en la Euroliga. No deja de ser un poco contradictoria su posición”.

“La Superliga supone un germen, un punto de partida, que puede desarrollarse más adelante, y que puede resultar inevitable viendo la evolución del deporte, sobre todo si tenemos en cuenta cómo se ha desarrollado el baloncesto. Habrá que ver cuántas competiciones son sostenibles en los diferentes mercados”, dice David Sardinero, que sí augura años convulsos en la estructuras futbolísticas en esa lucha por evolucionar el modelo actual. Más convencido de lo inevitable se muestra, aunque no por ello defensor, Carlos Sánchez Blas: “El baloncesto dio un paso que yo creo que el fútbol va a tener que dar a medio-largo plazo. La Superliga, me temo, acabará llegando”.

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