Uno le pide a su equipo que llegue vivo a abril, que le queden algunas fichas que jugarse cuando se echa encima el tiempo de quitarse la chaqueta y poder mostrar la camiseta con un sentido palpable, más allá del orgullo: los partidos decisivos. Uno disfruta estas semanas mientras pasea y mira desafiante a los que lucen otro escudo, y se le escapa una leve sonrisa cuando se encuentra a uno de los suyos, aunque compartir equipo de fútbol sea lo único que les una en la vida. Es como encontrarse con alguien de tu pueblo en el extranjero: aunque no lo aguantes, te pones contento.

Nadie quiere ser en abril el aficionado de ese equipo que no corre peligro pero tampoco tiene posibilidades de aspirar a metas mayores. Nadie quiere estar ahora mismo en tierra de nadie, aunque los perdedores de mayo desearían volver atrás y cambiarse por él. El fútbol es tan contradictorio que puede dejar más feliz al decimoséptimo que al undécimo, porque importa el qué pero también el cómo, y ningún cómo es más placentero que el de conseguir el qué cuando ya se daba por imposible. 

Sobre remontar, el éxtasis de lo inesperado, sabe mucho el Madrid, que le da la vuelta hasta a los cánticos. El “Así, así, gana el Madrid” nació en El Molinón para denunciar que los blancos ganaban por los árbitros, y los madridistas lo acabaron haciendo suyo para celebrar las remontadas, para certificar que nunca se rinden.

Los aficionados blancos se abrigan el resto del año para enseñar el escudo en semanas como esta. El madridista ve pasar por delante de sus ojos partidos que olvida con el pitido final ante rivales contra los que tiene mucho más que perder que ganar. Y esto no es ni mucho menos un argumento a favor de la Superliga Europea: la vida no va de beber todas las noches, eso es una enfermedad y se llama alcoholismo.

Como madridista, me gusta la rutina liguera, tener que levantarme de la cama aunque haya días que no me apetezca, disfrutar incluso de cómo equipos más pequeños convierten en día de fiesta mayor cada victoria contra el Madrid, y sacar la camiseta de la suerte cuando toca jugar contra el Bayern de Effenberg y Kahn, de Guardiola, Robben y Ribery, el Manchester United de Beckham, Giggs y Scholes, el Dortmund de Möller, de Reus y Lewandowski, la Juventus de Del Piero y Nedved, de Buffon y Pirlo, el Liverpool de Gerrard y Torres, de Klopp y Salah. Y el Atleti de Luis, de Futre, de Torres, del Cholo. Y el Barça de antes, durante y después de Messi.

Pero sin exceder la dosis recomendada en el prospecto, porque es cierto, como dice el padre de un amigo mío, que de todo se cansa uno: hasta de los Madrid-Barça nos hartamos cuando aquel maratón de la época de Mourinho y Guardiola. Y luego tuvimos que desintoxicarnos, porque el cuerpo no puede asimilar lo excepcional en cantidades ordinarias.

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