Semana Santa, Dios ha muerto, tiempo de pasión, el via crucis, el Gólgota… La profusión de alegorías eficaces desbordaba en la previa del Real Madrid–Olympiacos incluso las pretensiones del cronista más ocurrente. En situaciones tan decisivas, quien escribe corre el riesgo de cierta mímesis con los protagonistas. En la pista, cuando un jugador se ve atenazado y contra las cuerdas suele recurrir a su gesto técnico predilecto, aquel que le aporta más seguridad: un posteo, un carretón, una parada a media distancia con un tiro en suspensión… Del mismo modo, cuando la tensión de la hoja en blanco se entremezcla con los nervios propios del hincha, el columnista se aferra al tópico y a la anécdota, y sobre el pilar de la efeméride coyuntural edifica su artículo, engarzando metáforas que compensen la ausencia de una reflexión más sosegada, para la cual su alterado ánimo no se halla preparado. Soy consciente de que el lector habitual de las crónicas de la Euroliga en A la Contra empieza a estar acostumbrado a encontrarse esta clase de digresiones metaperiodísticas, a caballo entre la confesión y la disculpa, incluidas en la introducción de más de un artículo. Pero ese mismo lector, mon semblable, mon frère, sin duda excusará la osadía: al fin y al cabo, si ha seguido el martirio de temporada de los blancos comprenderá que es imposible no resultar repetitivo cuando cada partido constituye, una y otra vez, el obstáculo final sobre el abismo.   

El guion fue, pues, el mismo de tantas y tantas semanas previas: el coraje defensivo llevado a su máximo exponente y la boya salvadora alrededor de la cual se cimentan casi todos los sistemas merengues. A diferencia de lo que ocurre con Ben-hur y otras películas tradicionales por estas fechas, el conocimiento anticipado del argumento no aporta cálida placidez sino angustia ante lo inevitable. El espectador, curtido ya en partos sin epidural, no ceja de fruncir el ceño ni cuando el Madrid gana de quince puntos, aguardando el giro brusco de los acontecimientos. Algo que suele coincidir con los momentos en que Tavares se sienta unos segundos a recuperar el resuello, el pobrecillo obligado más por el convenio colectivo y la Declaración Universal de Derechos Humanos que por la conveniencia. Varían, eso sí, las actitudes de sus sustitutos: si Garuba lleva unas cuantas jornadas versionando, gracias a su ubicuidad, el milagro de los panes y los peces a base de robos y tapones, Tyus ha comprobado cómo su torpe indolencia lo ha condenado a ser adelantado en la rotación por un Felipe Reyes cuya cotización a la Seguridad Social probablemente quite el sueño al ministro Escrivá; la quiebra de la hucha de las pensiones se producirá el día en que el capitán quiera reembolsarse todo lo aportado en su vida laboral.

El miedo al error encogía las manos de Taylor y Thompkins, y el Madrid, claro dominador del encuentro, no acertaba a rematar a su rival en cada posible ruptura definitiva del marcador. No obstante, este Olympiacos se parece poco al ogro que aterrorizó durante dos décadas las canchas de toda Europa: con Spanoulis dando sus últimas bocanadas, fue un meritorio Vezenkov quien enganchó a su equipo al partido hasta el último período. Chus Mateo, discreto lugarteniente al mando del banquillo tras la sanción a Laso por las quejas arbitrales, no quiso jugar con fuego y mantuvo a Tavares en la cancha durante toda la segunda parte. La victoria cayó por su propio peso pero sin dejar ni un mísero resquicio para el alivio: el Madrid seguirá condenado a disputar la última jornada en varios pabellones. Si vence al Fenerbahçe en Estambul, su posición final oscilará entre la quinta y la sexta plaza —según si el Bayern es capaz o no de asaltar el Palau blaugrana—; si, por el contrario, pierde en Turquía, quedaría a la espera de las dos citas pendientes en San Petersburgo: dos victorias del Zenit lo dejarían fuera de los play-off, pero una derrota rusa lo castigaría con un enfrentamiento con los culés, sin que quede claro cuál de los destinos resultaría más piadoso. No parece una hoja de ruta propicia para que un cronista aterrado abandone sus vicios. No obstante, la oración más sagrada pide ayuda en el esfuerzo de no caer en la tentación, de modo que habrá que intentarlo. A ver si así se cumple íntegra, y también nos libra del mal.      

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