A veces la vida da vueltas en círculos de una manera insospechada. Uno de mis primeros trabajos como periodista fue, curiosamente, cubrir una reunión de presidentes de grandes clubes europeos en el Casino de Madrid en la que debatieron aquella famosa Superliga impulsada por el entonces dueño del AC Milan, Silvio Berlusconi, y Media Partners. Corría 1999 aproximadamente. Todos éramos más jóvenes. Luego di un volantazo a mi vida y cambié de carrera, aunque amigos como los de A LA CONTRA aún me dejan escribir de vez en cuando. Curiosamente, lo que nunca me ha abandonado en todo este tiempo es el asunto de la Superliga de fútbol. Cada poco acababa apareciendo en algún artículo, algún congreso o la pregunta de un alumno.

Confieso que yo era de los que pensaba que nunca pasaría. Que era una herramienta de negociación de los clubes grandes para sacarle más dinero y privilegios a la UEFA. Me equivoqué. Algo intuí cuando las negociaciones para renovar el acuerdo entre la Asociación Europea de Clubes (ECA por sus siglas en inglés) y la UEFA encallaron hará un año, pero el anuncio de este domingo aun así me ha sorprendido por la determinación de los doce clubes fundadores de seguir adelante con su proyecto. Para mí, que me gusta el baloncesto casi tanto como el fútbol, los paralelismos con el nacimiento de le Euroliga son obvios.

Dada la historia de amenazas de una Superliga, quizás una de las primeras preguntas que hay que responder es por qué ahora sí y antes no. Las razones son diversas, pero podemos resumirlas en tres. Primero, la concentración de dueños estadounidenses en los principales clubes ingleses. Los proyectos anteriores fracasaron, sobre todo, por la falta de apoyo inglesa. Los clubes de la Premier representan el mayor mercado europeo y posiblemente también el mayor a nivel global. Sin ellos no hay Superliga, sin el Bayern Múnich sí se puede. Los dueños estadounidenses del Liverpool y del Manchester United, así como el máximo accionista del Arsenal, también americano, invirtieron en sus clubes buscando un beneficio económico. Además, para estos dueños, que también son propietarios de franquicias estadounidenses, la inversión en el fútbol europeo está mucho menos restringida que en los Estados Unidos, donde las ligas mancomunan mucho más los beneficios.

La segunda razón es la crisis del COVID. La pandemia ha hecho caer los ingresos de los clubes europeos entre un 20 y un 30 por ciento. Los grandes de Europa han acumulado deudas significativas después de un lustro de generar beneficios. Como en toda crisis económica, aunque los ricos tengan deudas, los pobres tienen aún más. Ésta es la debilidad del sistema que han aprovechado para lanzar su órdago a las estructuras de gobierno del fútbol. Por último, y en mi opinión es la razón más importante, pero de la que menos se habla, está la llegada de la inversión de fondos de capital riesgo al deporte. La Superliga sólo es posible por la inyección de dinero de JP Morgan, que será dueño de parte de la competición. La llegada de estos fondos a las competiciones deportivas no es nueva. CVC ya es dueño de un 30 por ciento de la Premiership de Rugby. Rakuten, que no Gerard Piqué, se ha hecho con parte de la comercialización de la Copa Davis. Barie Hearn, hace muchos años, se convirtió en dueño del circuito profesional de snooker.

Hasta hoy la comercialización de los eventos deportivos consistía en su patrocinio o la venta de sus derechos de imagen y televisión. Ahora las competiciones deportivas son oportunidades para el capital de fondos de inversión, que por supuesto buscarán obtener un beneficio. Puede que no quede muy lejos el día en el que el 6 Naciones o la Superliga coticen en bolsa. El capitalismo más liberal se ha infiltrado aún más en el deporte profesional. Y ya no sólo lo comercializa para generar ingresos, ahora los inversores, no los participantes o los organizadores, son dueños de esas competiciones con años de historia. Tampoco es algo tan raro, sin embargo. No olvidemos que zumba, crossfit o iron man son marcas registradas por cuya franquicia hay que pagar.

Posiblemente la segunda gran pregunta tras todo lo que ha pasado estos días sea sobre la legalidad del proyecto y, también, de las amenazas de la UEFA y la FIFA contra los clubes fundadores. El Primer Ministro británico lanzó el domingo por la noche un tuit en el que prometía usar todos los medios legales para impedir que los seis clubes ingleses participen en la Superliga. Podría hacerlo, pero para ello tendría seguramente que aprobar un nuevo marco normativo para el deporte inglés que iría en contra de la política deportiva del país desde los años 90.

A los gobiernos nacionales posiblemente les sea más fácil regular su industria futbolística, pero desde mi punto de vista debemos fijarnos antes en el derecho europeo de la competencia para analizar este asunto. El problema es que es difícil llegar a una respuesta. Cualquiera que diga que lo tiene claro miente porque se pueden ver argumentos favorables a los dos lados.

Por una parte, el proyecto de la Superliga podría ser considerado una práctica de cártel, algo que es ilegal según el artículo 101 del Tratado del Funcionamiento de la Unión Europea. Para entendernos, podría considerarse una situación similar a cuando las compañías de telefonía negocian en secreto para concertar precios, por ejemplo. Sí, la Superliga no impide a otros montar un torneo similar, que es una pregunta habitual en este caso. Pero la práctica ilegal consiste en el efecto que tiene el cártel sobre el mercado, no en el mero hecho de que aún haya otros que puedan intentar organizar una alternativa. Si cierra el mercado demasiado y es perjudicial para los seguidores u otros clubes, podría ser ilegal. Para que la Superliga no sea considerada un cártel debe evitar ser una competición totalmente cerrada y, además, su caso se vería favorecido si distribuye parte de sus beneficios con el resto del fútbol europeo. Justo los dos puntos que más destacó el comunicado de la Superliga del domingo. Están bien asesorados, de eso no cabe duda.

Por otra parte, hay que analizar si las amenazas de la UEFA tanto para clubes como para jugadores pudieran ser ilegales por uso de posición dominante, definido en el artículo 102 del tratado. O incluso si afectan a los artículos que regulan la libre circulación de trabajadores y la libertad para prestar servicios. De nuevo la respuesta no es clara, pero hay elementos para considerar esas amenazas ilegales. Sin embargo, podría también argumentarse que son unas medidas que buscan un objetivo legítimo (mantener el balance competitivo en el fútbol, por ejemplo) y que no son excesivas ni discriminatorias porque van encaminadas sólo a unos clubes en concreto. En todo este debate el mayor problema para la UEFA es el impacto en los futbolistas como trabajadores, porque el derecho y los tribunales europeos son muy duros con cualquier intento de mermar los derechos individuales de los ciudadanos.

El anuncio de la Superliga nos pilló a muchos con el pie cambiado, a mí el primero, pero es indudable que su lanzamiento no es más que un paso adelante en una evolución que no es nueva. La economía ultraliberal y de mercado provocó una gran crisis socioeconómica en 2008 y ahora está desatando una de las mayores tormentas de la historia del fútbol europeo. Es importante reflexionar, porque al fin y al cabo todos hemos sido partícipes de ello de alguna manera u otra. Quizás sólo quienes se plantaron en su día y se marcharon al FC United of Manchester, al Ceares o al Ciudad de Murcia tengan ahora el derecho de enarbolar, si quieren, su “odio eterno al fútbol moderno”. Eso no quiere decir que no se pueda estar en contra del proyecto, por supuesto, sino que tenemos que reflexionar sobre sus causas.

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