Declaro aquí mi absoluta incapacidad para ofrecer explicaciones sensatas. Mi única salvación sería que las explicaciones sensatas sobraran, que el fútbol las declarara algún día sin sentido, que todos conviniéramos imposible encontrar los motivos de un juego tan condicionado por la inspiración y por la suerte (también por el talento, claro, pero cuando el talento se iguala reina lo imprevisible). En el fondo, nos empeñamos en medir algo inconmensurable. Insistimos en llenar el juego de números y vectores, como si las matemáticas y la física lo pudiesen explicar. Y no se puede. El juego es libre y muchas veces disparatado. También lo son los cuerpos, sus picos y sus valles. Que disculpen los preparadores físicos, pero también ellos van por detrás. Las temporadas sólo cobran sentido cuando se leen a partir de la última página. Únicamente al final sabremos quién tenía razón. De momento, sólo la tiene Zidane.

La victoria del Real Madrid en el Clásico forma parte de un escorzo inesperado, el mismo que hizo contra el Liverpool y el mismo que le tiene peleando por un campeonato que no le correspondía. Un equipo tan corto de efectivos no debería estar en posición de ganarlo todo y aquí se encuentra, mucho más lejos de lo razonable. Sigo pensando que la resiliencia es el único título que puede ganar el Madrid este curso, pero me he equivocado tantas veces que estoy dispuesto a hacerlo una más. Sería una hazaña que el equipo siguiera dando pasos hacia delante y sería un milagro que cruzara alguna meta el primero. Su nivel competitivo es un acto de supervivencia no un plan premeditado. Es la resistencia de ciertos jugadores a perder y perderse lo que sostiene al Madrid. Y esos jugadores no son cualquier cosa. Son campeones reincidentes, futbolistas de época. Ellos son el DeLorean que transporta al equipo a sus mejores tiempos.

No cabe un reproche para este Madrid ni para su triunfo en el Clásico. Me desligo de las interpretaciones catastrofistas. Lo que yo vi fue un gran partido entre dos grandes equipos que ya tenemos muy bien diagnosticados. Conocemos sus imperfecciones, pero no es cuestión de regodearse en ellas. Esas debilidades conocidas quedaban compensadas por la motivación, por la rivalidad de 120 años y por la relevancia de los puntos. Lo primero en juego era la autoridad. Saber quién mandaba. Y mandó el Madrid. No tiránicamente, pero lo bastante para alzarse, lo suficiente para que el partido casi siempre le favoreciera. No cedió el balón, lo perdió, que es cosa bien distinta. Y una vez perdido supo qué hacer. Hacía años que el equipo no jugaba a la contra. Hacía siglos que no tenía piernas para salir en estampida. Y no sólo eso. No recuerdo una defensa tan comprometida, tan poblada en el área propia pero con tantos deseos de salir a conocer mundo.

Ojo, que estaba Messi en frente. Y otros que no son comparsas. Había que cortar muchos hilos y se cortaron todos. O casi. Porque la suerte viaja por libre. Nunca sabremos que hubiera pasado si esto o aquello y es inútil perder el tiempo en esas cavilaciones. La vida es un rebote, por si no se habían dado cuenta. Y los postes repelen más que empujan. Lo importante es seguir. Y el Madrid sigue. Como el Barça. Con sus achaques y sus penurias. Con el DeLorean destartalado. Pero en la carrera.

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