Aquí respetamos la presunción de inocencia, vaya eso por delante. Pero no nos gustan los racistas, lleven la camiseta que lleven. Y no sería la primera vez que en nuestro fútbol, el fútbol español, se justifica, se ampara o se excusa una acción, un insulto o una pillería «porque los de colorado son los nuestros» y «esto es pa’ listos, niño». Ustedes me entienden. Tarde o temprano, todo aquel que haya pisado un estadio de fútbol se ha topado de bruces con un acto o comportamiento racista, aunque es probable que diluidos entre la masa usted, como yo, hayamos hecho como si nada mirando para otro lado. Y ahí radica el verdadero problema del fútbol español, tendente en los temas más escabrosos a mirar para otro lado, a esconder la mierda debajo de la alfombra, a tapar su miserias, con tal de que el show continue.

El último ejemplo se vivió en el Cádiz – Valencia, en el que en un instante del partido Juan Cala, defensor de los gaditanos, presuntamente insultó a Mouctar Diakhaby diciéndole «negro de mierda», según denunció este. Acto seguido el jugador valencianista y todos sus compañeros se retiraron del terreno de juego, les siguieron el Cádiz y el trío arbitral y en los vestuarios, según explicó luego su capitán, José Luis Gayá, es que habían recibido presiones para jugar, bajo la amenaza de sanción de pérdida del partido y de puntos. El lateral también mencionó a Diakhaby, quien había rogado a sus compañeros que volvieran al terreno de juego y continuaran con el partido. Fue en ese momento cuando la imagen del central francés, sentado solo en la grada, dio la vuelta al mundo. El partido concluyó con victoria cadista, pero en realidad era una derrota de todos.

No nos haremos ahora los ingenuos porque es de sobra conocido que los jugadores se insultan. Se hace desde tiempos inmemoriales para desestabilizar y desconcentrar a los rivales, se hace seguramente de manera irracional para sacar los fantasmas y miedos que la tensión de los partidos les provoca en sus entrañas. Y de paso para caldear al rival por si en el siguiente encontronazo suelta el brazo demás. En esa batalla psicológica que se dirime en cada encuentro, el insulto también juega su partido. Solo que ahora en unos estadios vacíos y sin público, todo se escucha (y por eso también resulta extraño que no haya un solo audio o imagen del supuesto insulto de Cala). ¿Falta de investigación o interés (de nuevo) de mirar hacia otro lado? Seguimos en ascuas.

Tan cierto como que hay unos insultos más perseguidos que otros. Como una clasificación. Los racistas, los machistas o los relacionados con la religión están en la cúspide de la pirámide, pero a su vez hemos asimilado, con perdón, el «hijo de puta», el «maricón» y sus derivados. Si a una linier se la manda «a fregar los platos» se forma un quilombo que abre informativos, si a un jugador de origen africano se le llama «negro de mierda», tres cuartos de lo mismo, y está bien que así sea porque ambas conductas deberían ser inadmisibles en nuestra sociedad, en un mundo global como el que vivimos y en el que las diferencias no pueden venir marcadas por el color de piel, el género o la creencia.

El problema a erradicar, lo habrán intuido ya, es el insulto. Algo que hemos normalizado en nuestra sociedad casi tanto como la mentira. Y a fuerza de incluir esos insultos en nuestro vocabulario habitual que van desde el imbécil al negro, pasando por el subnormal, el idiota, o los más subidos de tono ya mencionados, estas palabras han ido perdiendo fuerza y carga peyorativa. Y a ello se aferran en muchas ocasiones quienes las pronuncian para argumentar que son un calificativo y no un insulto. Atajo lingüístico que les sirve como coartada: «No ha querido decirle negro como algo despectivo, sino como identificación o distinción frente al resto». Cuando el insulto sea del tipo que sea, debería ser la última barrera. No hay atenuantes posibles llegados a ese punto. El insulto es un bofetón lingüístico, un intento de asesinato del honor de la otra persona. Una minusvaloración en toda regla.

Por eso considero que el Valencia ha perdido una ocasión histórica para dar un paso más en la lucha antirracista y poner el foco en un problema que existe en el fútbol, en el deporte y también en la sociedad. Para demostrar su compromiso con una causa que no debería entender de camisetas, colores o puntos. Porque resulta muy triste indignarse y abandonar un campo de fútbol para instantes después dar marcha atrás y volver a ese mismo terreno de juego por una posible sanción. Hay victorias que valen mucho más que tres puntos, como por ejemplo defender el honor pisoteado de uno de los tuyos. Como si quisiera enmendar ese «error», el Valencia sí se ha mostrado firme en la defensa de su jugador en las horas y días posteriores al suceso, pero la derrota, y no hablo de los tres puntos, ya la sufrió en el Carranza.

En ese compás de espera se mantiene La Liga, que puede perder otra oportunidad de oro para demostrar su compromiso en la lucha contra el racismo. Imagino que siguen liados buscando una imagen o un sonido entre las diferentes señales (nacionales e internacionales) que aclaren el entuerto, pero mientras tanto podrían condenar el racismo en sus diferentes redes sociales o mejor aún instar a todos los equipos a que en la próxima jornada de Liga tuvieran algún gesto contra el racismo. Aquí les damos algunos ejemplos: posar bajo una pancarta común en todos los encuentros que se disputen este fin de semana, camisetas con las que aparezcan los jugadores antes del encuentro o mejor aún, la creación y publicación de un protocolo ante un posible acto racista sobre un terreno de juego. ¿Qué se debe hacer a continuación? Porque está bien decir Basta Ya e invertir grandes cantidades de dinero, como hace la UEFA, en campañas contra el racismo, pero en ocasiones para romper un muro hay que saltarlo para ir más allá.

Mientras tanto el show continúa, como lo ha hecho hoy con esos vídeos y declaraciones cruzadas que forman ya parte del «circo» como lo ha denominado Cala, en una rueda de prensa tan medida y esperada como tardía. El central gaditano ha negado las acusaciones de racismo pero será difícil que pueda erradicar por completo esta mancha en su historial. Quizá no haya pena más dura que la sombra de la sospecha. Será también complicado por no decir imposible saber lo que dijo o dejó de decir si a estas alturas no se han encontrado imágenes que aclaren lo sucedido, pero parece aún más difícil que alguien se invente un insulto racista o crea haber escuchado «negro de mierda» cuando supuestamente le han dicho otra cosa. Todo apunta a una nueva oportunidad perdida, nos hemos vuelto a quedar a medias o a mirar para otro lado, como prefieran.

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