Pinchazo del líder el día anterior. Depender de sí mismo para campeonar. En frente, un rival luchando por no descender con nada más y nada menos que 11 bajas. Incluso De Jong y Messi podían permitirse jugar al 50% para no arriesgarse a ver una tarjeta ante el inminente Clásico. Y ni siquiera el virus FIFA molestaba: la mayoría de internacionales azulgrana habían tenido cinco días de descanso. En suma: todos los condicionantes para dar un buen petardazo. Y estuvo muy cerca.

Porque cuanto mejor se le habían puesto las cosas al Barça, volvió la “versión octubre-noviembre” del equipo: sin actitud, sin ganas, sin velocidad. Parecía que los de Q-Man estuviesen, no a 4 sino a 15 puntos del líder. Sin opciones en la Liga. Regalar toda la primera parte a un Real Valladolid con las ideas y el fútbol mucho más claro, solo se compensó por el efecto Kodro en el remate del hijo al larguero, cuando emuló la puntería que tuvo su padre en el Camp Nou: ninguna. Se olvidaba el Barça que para ganar hay que tirar a portería, y en 45 minutos apenas si contó uno Pedri que sacaron entre Masip y el palo.

Poco cambió el panorama en la segunda parte: el Valladolid se gustaba cada vez más y el Barça arrollador de hace apenas 15 días se paladeaba cada vez menos. Firmar el peor partido de 2021 no puede ser solo achacable al parón de las selecciones. Al equipo se le había cortado el ritmo. Y casi se le corta la respiración cuando Olaza disparó al lateral de la red. Susto con efecto óptico.

El hedor a 0 a 0 se hacía cada vez más intenso. Ni ambientadores portugueses ni daneses de marcas blancas parecían poder solucionarlo. Mientras el reloj avanzaba, la cara de Jordi Alba se desencajaba: acaso por dolor del balón impactando en su mano o acaso por el pánico a un penalti en tiempos del VAR donde todo es susceptible de ser sancionado. Sin ir más lejos, una rigurosa expulsión de Oscar Plano que haría sonrojar a Casemiro. Lástima que el colegiado no se molestó en revisarlo: tal vez habría cambiado la roja para Bruno por golpear a Dembelé con la rodilla en la cabeza. Diez minutos contra diez jugadores para evitar un bochorno que se sumaría a los dos frente al Cádiz, al de Getafe…

Sin embargo, y acaso por el efecto Laporta, dos hechos recurrentes esta temporada se dieron su oportuna cita: a los goles cesarini azulgrana se sumaba la capacidad de perder puntos a última hora del Valladolid. Combo perfecto para que Ousmane, que había perdido de forma torpe los cuatro balones anteriores que había tocado, enganchase con su pierna buena-no-buena el remate de Araujo para frustrar el petardazo. Genio incomprendido. Probablemente su gol más decisivo desde que viste de azulgrana. Solo ha tardado cuatro años. A los Dembelievers les vale. Vender ya.

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