Uno de los principales errores que suele cometer cierta clase de optimistas antropológicos, con fe ciega en el indiscutible progreso que conllevan sus proyectos e ideas, es la subestimación de la opinión pública respecto a los mismos. En la vida, las benéficas consecuencias de una iniciativa muchas veces no constituyen suficiente argumento como para que la gente la abrace con entusiasmo. Por no hablar de que, casi siempre que se efectúa un escudriñamiento minucioso, los beneficios que el promotor defiende como universales generalmente no son tales. Pero incluso aunque verdaderamente lo fuesen: eso no soslaya la necesidad de explicarlos y en última instancia asumir que la opinión pública supone un examen que hay que aprobar ineludiblemente. Esto no debe entenderse como una defensa cerrada de la capacidad racional del pueblo: perdería la cuenta si hubiera de enumerar las ocasiones en que han naufragado grandes propósitos en los arrecifes de la cerrazón mayoritaria. Se trata, simple y llanamente, de constatar una realidad. Por resumirlo unamunianamente: para vencer de verdad, hay que convencer.

Personalmente, no me gusta en absoluto el proyecto de la Superliga. Admito, eso sí, que presenta ventajas inobjetables, y reconozco que, en un contexto tan delicado como el que ha traído la pandemia al fútbol, el debate posee un cariz oportuno. Salvar a muchos clubes de la quiebra con la inyección económica prometida, ganar en transparencia en la gestión, constituir un contrapoder frente al absolutismo de la FIFA y la UEFA, racionalizar el calendario, posibilitar un espoleo para el deporte femenino, reducir las desigualdades derivadas de los clubes-estado con un Fair Play Financiero digno de tal nombre… No son razones menores. Incluso podría hacer un esfuerzo, taparme la nariz y obviar desventajas como la probable saturación por exceso de partidos del siglo, la norteamericanización del deporte con la consiguiente merma de sensación de comunidad o el aroma de “sálvese quien pueda” que desprenden —y que impúdicamente confirmaron ayer con su desbandada— los Doce Apóstoles de la Superliga. Pero se trata de futesas insignificantes comparadas con el auténtico problema. Esta Superliga nacía con una característica que provocaba que la batalla de la opinión pública estuviese perdida antes de darse: su condición cerrada o semicerrada. Ya podía venir acompañada de todos los parabienes anteriores, y hasta de la cura del Covid-19, que la derrota en el relato estaba garantizada.

Quien piense que exagero, me temo que no ha entendido del todo cómo se vive el fútbol en Europa. Para los hinchas de un club, el balompié no es equiparable a la Fórmula 1 o al tenis, donde los protagonistas son más o menos efímeros. Ser de un equipo se trata de un sello particularísimo, una vinculación a una entidad con historia y con futuro, un signo de identidad indeleble, un acompañante vital que marca y a veces hasta influye en el modo en que uno se cuenta a sí mismo cómo funciona el mundo, por ridículo que parezca y por enfermizo que resulte. Esa identidad tan arraigada tiene sus consecuencias: hace que valores y creencias que uno sigue en su vida cotidiana se entremezclen con su visión de lo deportivo. Y, de todos los valores dominantes actuales, la fe —justificada o injustificada, da igual— en la meritocracia se trata del puntal decisivo que mantiene en funcionamiento nuestra civilización. De manera que una competición casi cerrada y estamental, en la que los papeles estuviesen repartidos de antemano, supone un torpedo demoledor, un ataque desmedido que la opinión pública no está preparada para aceptar. Atacar las aspiraciones de crecimiento de los clubes equivale simbólicamente a limitar las aspiraciones de crecimiento de las personas, y en el fútbol esa identificación se produce más fácilmente que en cualquier otro ámbito. Resulta irrelevante que el techo de cristal esté colocado mucho más alto de lo que racionalmente alguien vaya a alcanzar en su vida: la mera existencia de ese techo constituye un agravio intragable para la mayoría. Lo que ha sido astutamente aprovechado por los mandamases de la UEFA y la FIFA para ganarse el favor de las masas, a las que poco importan todas sus tropelías y chanchullos a cambio de no perder el paradigma de la potencialidad infinita, el sueño americano tantas veces versionado en distintos eslóganes publicitarios: “Puede que sea difícil, pero confía y trabaja y a lo mejor lo consigues”.

La derrota de los promotores de la Superliga no tiene paliativos. Poco importará que insistan en el resto de virtudes antes mencionadas, que señalen la pendiente cuesta abajo a la que se asoma el inflado fútbol o que se desgañiten con la certeza de que las nuevas normas de la UEFA, relajando el Fair Play Financiero, aumentan las desigualdades y reducen las posibilidades efectivas de competir contra quien más tiene. La opinión pública, en el fútbol y en la vida, suele encontrarse dispuesta a perdonar las puñaladas reales a sus condiciones materiales, pero no las puñaladas simbólicas a sus aspiraciones. Sobre las consecuencias de esta actitud podrían correr ríos de tinta, pero si algo ha enseñado esta experiencia es que los charcos, si acaso, de uno en uno. Ustedes disimulen.  

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