Pudieron ser las torrijas empapadas en vino o el vino anterior a las torrijas, no importa. El caso es que se durmió en un minuto indeterminado de la primera parte. Se sentía a resguardo de la lluvia y de la sorpresa. No fue un sueño profundo, quién los pillara. A cada rato se despertaba advertido por el cambio de tono del narrador, sólo Valdano sabe respetar una siesta. El momento de recuperar la conciencia se demoraba lo suficiente como para que lo soñado y lo real convivieran durante un segundo, quizá varios. Dalí echaba estas cabezadas con una cuchara en la mano; cuando se caía al suelo, el genio despertaba y dibujaba lo que estaba soñando, casi siempre tetas y relojes derretidos.

En este caso, más prosaico, el sueño está marcado por la alineación inicial. Juegan Marcelo, Isco y Asensio, y no juegan mal. Domina el Madrid, lo que abriga tanto como la manta. Dos goles anulados y un tiro al palo. El subconsciente se dedica a entonces a barajar la línea del tiempo. De pronto en el sueño aparece Marcelo cuando era Marcelo. E Isco cuando era poeta. Y Asensio cuando tenía el mundo delante. Aquellos tiempos felices. Sin más preocupación que organizar el viaje para la final de la Champions.

El primer gol lo vio o creyó verlo con el único ojo que se dignó a abrirse: Asensio controló con el imán que tienen los zurdos y batió a Dmitrovic, que tiene aspecto de gigante bueno (no sé si alguien recuerda al Bull de Juzgado de Guardia). Aquí vuelve a entrar una nube como las que daban paso a los cantantes de Aplauso y Asensio vuelve a marcar en otro partido distinto y ante un rival diferente, y preso de la euforia le arranca el brazalete a Ramos, aunque el sueño es confuso y se cuela alguna teta.

El humo se despeja para que marque el Benzema de siempre a pase del Vinicius que pudo ser. El sueño se llena entonces de Marcelos al ataque que rematan los balones que escupe un cañón mientras Florentino celebra su partido mil como presidente con un millar de periodistas que le soplan las velas esperando que rompa una piñata que esconde a un futbolista que no se acierta a ver, maldita sea, porque justo en ese momento se abre el telón de la conciencia y aparece Ricardo Rosety con su gorra de paño.

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