El día en que lo iban a matar, el Real Madrid llegó al Wizink Center a las siete de la tarde para esperar al bus en el que llegaba el Anadolu Efes, su verdugo. El inicio literario, imponente a priori, se estropea un poco cuando uno se percata de que en la jornada anterior la defunción también estaba prevista, y en ambos casos el guion fue abortado por sendas heroicidades. En la voraz sociedad de la inmediatez, no solo es que cada encuentro sea el “partido del siglo”, sino que repetir argumento y final en dos capítulos seguidos se antoja directamente anatema. A los nacidos después del 2000, hasta la épica les repite como si fuese ajo. Al fin y al cabo, hay que competir con las redes sociales, Netflix, YouTube, Twitch y el resto de fábricas de estímulos que constantemente subliman lo inminente y desprecian lo no novedoso. Por si fuera poco, el Madrid en cierto modo ya casi había muerto sepultado en Turquía por rocas de más de veinte puntos, y además también por partida doble. Por tanto, el desinterés parecía garantizado. Sin embargo, la resiliencia del equipo de Laso supone un antídoto incluso contra el espíritu de los tiempos: resulta tan conmovedora que hasta el más disperso de la Generación Z disculpará las tramas repetidas. Quién sabe, quizá hasta descubra la vieja costumbre millennial de disfrutar varias veces reconociendo el mismo episodio, aunque tenga distintos protagonistas.  

Sea como fuere, el Madrid de los dos primeros partidos de la serie encajó perfectamente en el papel de Santiago Nasar, acuchillado sin piedad por unos hermanos Vicario que en el caso turco eran más de dos: Micic, Larkin, Sanli, Dunston… Los terribles marcadores finales, prácticamente idénticos —del 90-63 se pasó al 91-68—, hablaban por sí mismos de la carnicería producida. El Efes aprovechaba su descomunal virtud, la capacidad de sus estrellas exteriores de generarse ventajas en el uno contra uno: Beaubois desde la velocidad, Larkin desde la exuberancia y Micic desde la inteligencia. Frente a ese brutal potencial de destrozo, el Madrid, perdida la opción del posteo con la ausencia de Deck, debía afrontar además la lesión de Tavares, montura sobreexplotada a lo largo de la temporada que vino a reventar en el momento menos oportuno. El play-off viajaba a la capital de España con una deriva que hubiera convertido en Cioran hasta a Pangloss.

Llegados a este punto, hay que hablar una vez más de Pablo Laso. El perfil bajo que mostró en su llegada al banquillo madridista hace una década, su aire de despistado en algún tiempo muerto y su gusto por dejar cierto grado de libertad a sus bases no pueden servir de coartadas eternas para minusvalorar su capacidad de trabajo táctico. El mismo Efes puede dar buena cuenta de ello: ya en el histórico enfrentamiento de 2015 Laso se sacó una zona heterodoxa de la manga para remontar y dejarlos en la cuneta. Herramienta que ha sido rescatada —con matices— seis años después para salvar el tercer partido de esta eliminatoria. Desde luego, el pundonor de Rudy y Llull y su excelente acierto en un último cuarto —parcial de 32-18 que dejó unos cinco minutos finales de película— merecieron con justicia los focos, pero de nada hubiera servido sin el planteamiento de la very bad tricky zone —bautizada así por su primera víctima, Ivkovic—, ante la cual naufragaron estrepitosamente los cracks turcos y Ataman, que apenas acertó a balbucear algunos tópicos en la rueda de prensa acerca de la excesiva confianza con que sus chicos habían encarado los últimos instantes. Excusa totalmente descartable tras la posterior reiteración de la impotencia en el último período del cuarto partido.

El penúltimo acto de la obra nos dejó antes una montaña rusa constante: el inicio demoledor de Carroll para el 17-0 se convirtió a continuación en un ejercicio de solvencia azul. Aun con el castigo del técnico a Sanli por sus despistes, el resto de la tropa zarandeó a los blancos con un contundente 17-47, obligando al Madrid a remar de nuevo con la soga al cuello. El ataque merengue hubo de recurrir a la sangre fresca, con unos buenos minutos de Abalde y Alocén, que sin embargo palidecieron ante la exhibición de fuerza, defensa, anticipación y fundamentos de un Usman Garuba que probablemente haya acelerado estos días su inevitable marcha a esa liga de asaltadores llamada NBA. Un nuevo parcial del Efes provocaría que Laso sacase a un quinteto casi inverosímil, repleto de pequeños, prácticamente a tumba abierta con Rudy en el puesto de cuatro. La nueva very bad tricky zone volvió a resultar indescifrable de puro heterodoxa, y en los minutos calientes se produjo otra remontada increíble —23-4—, cuando el despliegue de Garuba robando carteras anuló la previsible superioridad física de Larkin. El carrusel final de tiros libres ratificó la repetición del milagro, clavado en el alma turca como pudo perfectamente contemplarse en el espejo roto de sus caras al abandonar el parqué.

El Madrid no solo ha conseguido alargar hasta el límite la serie con el favorito, sino el más difícil todavía: convertir un desenlace cantado en algo verdaderamente impredecible. Comenzó los cuartos de final como una novela de García Márquez y ahora las expectativas de thriller para el todo o nada del día 4 hacen que la cita cumpla con todos los requisitos para el show de nuestra época. En esta ocasión, el pueblo de Riohacha no sabe si matarán a Santiago Nasar, lo que sin duda aumentará el corrillo de curiosos. En cualquier caso, dudo que el Madrid eche demasiadas cuentas a esta audiencia volátil e ingrata. Simplemente se afanará en intentar trasladar a la pista la victoria que, suceda lo que suceda, ya ha conseguido en el corazón de los que le somos siempre fieles.   

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