Querido P.:

El Liverpool y el Real Madrid son dos clubes que cuentan con más similitudes de las que ellos mismos se imaginan. Esta temporada, sin ir más lejos, basta un vistazo superficial para identificar dificultades compartidas, especialmente en forma de lesiones. No en vano en la hora H del cruce decisivo faltarán sendos buques insignia de cada defensa: si Klopp se ha pasado el año meneando a su alfil Fabinho por todo el campo para cubrir el cráter que dejó la rotura de Van Dijk, la ausencia de Sergio Ramos posee una repercusión más terrorífica incluso, pues afecta tanto al dibujo como al espíritu. Pero no se trata de estas anécdotas, incómodas aunque coyunturales, de lo que quiero hablarte. La semejanza entre las entidades tiene una hondura mucho mayor.

Para empezar, ambos equipos constituyen el principal exponente de la gloria europea de sus respectivos países. Puede que las trece Copas de Europa del Madrid hagan languidecer cualquier otro logro comparativo —como hace tiempo admitía entre risas el cantante Robbie Williams—, pero resulta indudable que a escala inglesa los seis trofeos continentales que atesora el Pool lo sitúan en un escalafón superior. Prueba de ello es la provocadora sentencia de Álex Ferguson, entrenador del máximo enemigo de los reds, que resumía su principal motivación desde que se sentó en el banquillo del Manchester United: “Mi gran desafío era bajar al Liverpool de su jodido pedestal”.

La frase alude a otro elemento crucial en la analogía. Tanto el Real Madrid como el Liverpool han tenido que soportar históricamente la acusación de arrogantes y la inquina de sus dos principales adversarios nacionales, durante décadas ensombrecidos por el insoportable brillo de tantos triunfos antojados como inalcanzables. Con otra circunstancia compartida: desde los años noventa han comprobado cómo el crecimiento del United y el Barça llegaba por momentos incluso a cuestionar su hegemonía original. Dirigidos por figuras carismáticas —en el caso británico el caudillo era único; por su parte el FCB ha contado con una dinastía de líderes en la que algún discípulo se mostró hasta capaz de perfeccionar la obra cruyffista original, todo acompañado de la vitamina Messi—, mancunianos y culés han conseguido en treinta años eliminar o reducir la distancia en el terreno doméstico, dejando solo el toque de distinción de la épica europea como única coartada en las eternas discusiones entre aficiones. Si bien con Zidane y Klopp la tendencia se ha relajado un poco, conviene recordar que en algún instante de especial debilidad el Madrid y el Liverpool juguetearon con el terrible cruce del Rubicón: dejar de ser un club grande para constituir un club histórico. Tú, que tanto amas el estudio de la palabra, sabes perfectamente que aunque el segundo adjetivo pueda sonar virtuoso y solemne, en la semántica del fútbol tiene implicaciones peyorativas. Al grande se le teme; el histórico resulta inofensivo, casi simpático.   

Hasta aquí las semejanzas, que por otro lado no han servido para establecer especial afinidad entre las aficiones blanca y red. La cruda realidad siempre se impone y, a pesar de toda la disquisición anterior, es probable que a la hora de repartir simpatías pese más en el ánimo de los hinchas de Merseyside el recuerdo de la fortuita e infortunada lesión de Salah en la reciente final que el Madrid les ganó. Dicen que una imagen vale más que mil palabras —un malvado añadiría que sobre todo para un analfabeto—. En cualquier caso, aquella final ilustra muy bien la principal diferencia entre ambos clubes, que se produce a la hora de encarar la adversidad: mientras el Liverpool a veces cede a la tentación de lamerse las heridas en la calidez del refugio —hay que reconocer que un himno tan hermoso como el You’ll never walk alone favorece el comunitarismo—, el Madrid responde a la dificultad aumentando su voracidad. Si el equipo de los Beatles reivindica un poco la esencia destilada en With a little help of my friends, los blancos quedarían emparentados con el estilo de los Stones, e inmediatamente uno pensaría en Sympathy for the devil. Algo que en primera instancia aplaudiría hasta el antimadridismo militante, siempre dispuesto a mentar al diablo cuando se trata del conjunto merengue, sin saber que la canción responde de manera brillante —“stole many a man’s soul and faith”— a los balbuceos con que se desgañitan tras cada polémica arbitral fundada o infundada: al final lo único que el Madrid les ha robado verdaderamente es su alma y esperanza. A base de dolorosísimos goles.

En realidad, la letra encaja tan bien con el Dasein madridista —“Please allow me to introduce myself, I’m a man of wealth and taste”— que merecería una misiva exclusiva aparte, pero me temo que ya me estoy alargando. Así que solo queda esperar que, a pesar de la baja de Mick Jagger, el Madrid esta noche tenga alguna ocasión de tararear el estribillo. Aquello de “Pleased to meet you, hope you guess my name, but what’s puzzling you is the nature of my game”.

Saludos afectuosos.

P.  

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