El otro día reparé en algo que tenía olvidado, como pasa con todo lo obvio: no todos los futbolistas que hay en el campo tienen la misma edad. Me di cuenta al escuchar unas declaraciones de Benzema sobre Vinicius, en las que el francés decía que a veces era duro con el brasileño porque sabía que podía dar más. Y caí en la cuenta de que Karim, que tiene los mismos años que yo, de no ser futbolista y haber elegido una profesión más próspera que la de periodista, estaría asentado en un trabajo, posiblemente con algún máster en su currículum, y metido ya en una hipoteca. Mientras, Vinicius seguiría viviendo en casa de sus padres y podría estar estudiando el tercer curso de una carrera universitaria, disfrutando los mejores años de su vida sin darse cuenta de que lo son, justo antes de aterrizar en el mundo real.

Benzema podría ser el profesor de Vinicius en la facultad, como lo es en el campo, pero con la diferencia de que el césped es el único sitio en el que el maestro no pone la nota: el público los califica a él y al alumno. Ese jurado popular actúa como los entrenadores, sin mirar el DNI, en un fenómeno igualitario donde no se distingue entre uno que está para dar biberones y el que está para ir de botellón. Los ritmos de vida y los problemas son diferentes a unas edades tan distintas como lo son los 20 años y los 33. Tampoco es lo mismo tener que demostrar que tenerlo todo demostrado.

Eso se olvida con frecuencia porque otorgamos a los futbolistas el superpoder de madurar al ritmo de su cuenta corriente. Los jóvenes, además, tienen que luchar contra el narcisismo colectivo que afecta a todas las generaciones: todas se creen que la humanidad ha tocado techo con ellas. A esto se puede enfrentar uno con humildad y tranquilidad, como Vinicius, empleando la confianza en sí mismo para pelear por su objetivo de triunfar en el Real Madrid. O como Odegaard, que también tiene mucha confianza en sí mismo pero la pone al servicio de la impaciencia del caprichoso que lo quiere todo aquí y ahora. Pidió salir cedido a pesar de que Zidane le avisó de que tendría minutos. Rechazó seguir aprendiendo de un centro del campo histórico formado por Kroos y Modric, como si él supiera más que a quien estaba dispuesto a jubilar.

Se puede considerar un pecado de juventud no respetar a los mayores y creerse mejor de lo que uno es. A todos nos ha pasado. Pero hay errores que no desaparecen con la edad. Hay algo que no cambia por muchos años que se cumplan, como la necesidad de ilusionarse con algo nuevo. El día antes de empezar la temporada manifesté que Odegaard era el jugador que más me emocionaba para el nuevo curso. Supongo que tiene que ver con ese autoengaño que nos creemos todos para seguir viviendo dichosos: lo mejor siempre está por venir. Pero es mentira: llega un momento en el que desearíamos tener menos años.

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