Según cuentan, yo no lo sabía, o no había reparado en el asunto, el árbitro Hernández Hernández suele pitar en contra del Real Madrid. Hay quienes lo tenían muy presente antes del partido, pero tampoco reparé en ellos, ya me disculparán. Circula por ahí que el ratio de victorias del Madrid baja cuando quien le pita es Hernández, estadística que no me he parado a comprobar porque me importa un comino. No creo en las conspiraciones arbitrales. Creo que hay árbitros que se equivocan mucho y otros que lo hacen menos. Creo que hay árbitros que se envalentonan con los pequeños y se achican con los grandes, pero como también he visto a subdirectores de periódico hacer lo mismo la cosa me llama muy poco la atención. Y desde luego no creo que ningún árbitro ponga su reputación profesional en juego por favorecer o perjudicar a un determinado club. Habría que ser muy tonto. El único partido que debe ganar un árbitro es el suyo propio: acertar en lo esencial y ser mencionado luego lo menos posible.

Que un aficionado se queje del árbitro es consustancial al fútbol, aunque en esto también deberíamos exigirnos una evolución como especie: tomarla con el árbitro, o mentarle a los muertos, es volver al pitecántropo futbolero, al fanático unidimensional con puro y cornetilla. Ya no somos eso, o no deberíamos serlo.

Es obvio que la irritación que proyectan las redes sociales, convertidas en el hogar del victimismo, no ha favorecido la civilización de los reductos más extremistas. Al contrario. Son ellos los que se hacen oír y reclutan seguidores con el inteligentísimo argumento de que sólo existe un equipo verdadero, el suyo, amenazado, cómo no, por un sinfín de infieles.

Pero las redes (sociales o para besugos) no lo explican todo. El victimismo viene de más lejos y es el mejor ejemplo de populismo futbolero. Lo han practicado todos los que mandan o han mandado, incluido el venerable Santiago Bernabéu, y lo siguen practicando la mayoría de clubes y dirigentes con magníficos resultados sobre la tropa militante. El absurdo de que un madridista o un culé se quejen de los árbitros pasa a un segundo plano cuando se enciende el fuego. Así sucedió cuando Felipe tocó el balón con el brazo en el derbi que todavía humea. El madridismo gritó al unísono ¡penalti! y lo era si atendemos a la jurisprudencia arbitral de esta temporada. Desde que alguien tuvo la ocurrencia de endurecer la regla, y ante la ausencia de matices, la mayoría de los árbitros pitan penalti por el mínimo contacto de un balón con un brazo separado del cuerpo. ¿Y están todas esas acciones bien pitadas? Desde el punto de vista la regla, tal vez; desde el punto de vista de la lógica, no. Sobre esto discutimos casi en cada jornada, sobre el sinsentido que es penalizar a los defensas por tener brazos.  

Penalti o no, esa es la cuestión.

La confusión es tan grande que la FIFA acaba de avanzar una suavización de la regla para la próxima temporada que no ha hecho más que complicar las cosas. Tiendo a pensar que ese cambio en el espíritu normativo pesó más en la decisión de Hernández Hernández que su supuesto antimadridismo. En cualquier caso, se trata de un error, no de una conspiración. Tampoco es un escándalo. Es verdad que es un agravio comparativo si se toman como referencia otras acciones similares, pero no es menos cierto que muchos nos hemos quejado de que se piten estos penaltis de segundo grado, de modo, que por pura coherencia, es normal que los sigamos considerando así, penaltitos.

Dicho esto, hablamos de una acción menor en el conjunto del derbi. Pensar que el penalti hubiera sido el impulso necesario para una victoria madridista es fantasear con el equipo de la NBA en el que jugaríamos de medir 2,15. Es imposible calcular las consecuencias de algo que no ha sucedido. Como no es posible saber qué hubiera ocurrido si el Atlético se hubiera puesto 2-0, que ocasiones tuvo.

Lo incuestionable es que el Atlético controló a placer la primera mitad y maniató al Madrid más vulgar que se recuerda. Lo indiscutible es que el Real Madrid reaccionó en la segunda parte apelando más al orgullo que al juego, sobreponiéndose a un destino adverso y a un equipo mejor. No sé decir si el Atleti subestimó al Madrid o de pronto se acordó de su leyenda. Tampoco sé detallar cómo sucedió todo. Zidane mejoró el conjunto cuando dio entrada a Valverde y Vinicius, no era difícil. Fue entonces cuando el Atleti dio un paso atrás y Casemiro lo dio hacia delante, a la desesperada. El resto lo hizo Benzema, el portador de la bandera.

El gol es casi más importante para el campeonato que para el Madrid. Dudo mucho de que agarrarse al escudo sea suficiente para pelearle el título al Atlético, pero haber llegado hasta aquí es un mérito enorme. Sin muchos goles y con un grupo de promesas que ya no prometen nada. Pero con la dignidad intacta. En lugar de sonarse los mocos con los árbitros, mejor sería disfrutar del único equipo al que sólo se le puede matar con balas de plata.

Y quien no lo crea, que le pregunte al Atleti.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here