Al llegar a casa tras el sepelio del pobre Eleuterio estábamos consternados, pero como la juventud, aún en medio de la desdicha, es un alegre potrillo, Álvaro había decidido hacer una fiesta y yo no podía quitarle el gusto y, de paso, se le pasaba el mal rato. Fue un primor ver el interés que ponían en decorar la casa entera y creo que debía de ser una fiesta de amigos de la naturaleza, porque había muchas banderas arcoíris y muchas fotos de ositos, cosa que me pareció muy apropiada y a la que no se le podía poner objeción. Así que me retiré con toda la tranquilidad del mundo a mis aposentos a dejar que la juventud se solazase y yo, a ver Intereconomía, con mis calcetines gruesos de lana de oveja merina, mi camisón de rayas y mi gorro de dormir a juego, que ya se sabe que en las islas por la noche refresca.

Pero Alvarito, que en tan alta estima me tiene, se presentó sorpresivamente en mi habitación con unos amigos, chicos y chicas, para presentármelos y enseguida comencé a departir animadamente con la muchachada, sentado en mi cama, que ya saben que yo no sé decir que no. Parecía que todos me conociesen de tanto como Alvarito les había hablado de mí e inmediatamente entablé conversación con una chica muy guapa, alta y ciertamente exuberante, aunque debía de estar un poco acatarrada porque tenía la voz un poco ronca, pero era muy simpática y atenta. Alvarito, por integrarme seguramente y hacer que entrásemos en confianzas, les pidió que me insistieran en bajar a la fiesta, que era de disfraces, así tal cual, aduciendo que yo era un experto y obligándome a contarle una amena anécdota. Durante la Festividad de Todos los Santos y por mor de congratularme con el vecindario y ya que ningún pequeño se acercaba a nuestra casa, a pesar de que la habíamos decorado profusamente con motivos de eso que ahora se ha dado en llamar Jalogüin, decidí a instancias de Alvarito y Pía, que me animaron mucho, a aventurarme por las aceras, y disfrazado graciosamente a la sazón, me iba acercando a niños y niñas a preguntarles, embozado en mi capa, si querían un caramelito, pero solo uno, porque si querían más, tendrían que acompañarme y venir a casa conmigo. Debió de ser que Clotilde hizo un disfraz estupendo o porque yo ponía una voz que daba pavor interpretando muy bien mi papel, porque todos huían espantados y llamando a la policía ¡Ay, angelicales criaturas del Señor!

Alvarito de pronto, y antes de bajar, nos preguntó a todos si teníamos hambre, y al decirle que sí, la chica alta y agraciada dijo que precisamente ella había traído hongos, y a mí que me pirran las setas, níscalos y champiñones, me encantó la idea. Y ahí me ven ustedes bajando las escaleras, con mis calcetines, mi camisón y mi gorro a comer setas, aunque de un modo nuevo para mí, ya que las comían crudas, pues parece ser que así es como se comen a la manera de los payeses ibicencos, y ya se sabe que donde fueres, haz lo que vieres, pues eso es de gente de bien. Enseguida me situé entre muchos chicos y chicas, todos prolijamente disfrazados, unos vestidos de cuero, mucha chica muy alta con zapatos de plataforma y otros que debían de hacer un alegato a favor de la vida salvaje, ya que estaban vestidos de leopardo y estaban dentro de unas jaulas que habían traído para la ocasión, tal y como me comentó esa a la que yo ya podía llamar mi amiga sin ánimo de equivocarme y que respondía a un nombre extraño, que ya se sabe que desde que a los niños no se les bautiza como manda la Santa Madre Iglesia, se les llama de cualquier modo y esta noble criatura tenía nombre de avión alemán con poca fuerza. Como lo oyen, y es que sus santos parece ser que la dieron en apuntar en el registro civil como “Débil Fokker”, cosa ciertamente inexplicable.

Pero dejando este tema aparte, ya que ella no lo eligió, estuve bailando un buen rato al son de los ritmos más variados con mi gorro y mis calcetines y no lo debí hacer muy mal cuando nos hicieron un corro y acompañaron mis contoneos con palmas, y ella parecía muy divertida y se reía mucho, al igual que todos sus amigos, y yo mismo, dando cuenta de algún que otro furtivo Daiquiri, que una noche es una noche. Me di cuenta de que Álvaro debió de poner muchas más luces de las que pareció en un principio, porque enseguida empecé a ver fuertes destellos e intensos fogonazos y colores por todas partes, estrellas e incluso ángeles bajando desnudos y entrando por las ventanas cual relataba San Juan en el Apocalipsis y decidí dar por concluida mi noche de asueto, y además y repentinamente me empecé a sentir ligeramente mal. Si embargo, ella, tan solícita, amable y servicial, se ofreció a acompañarme a mis aposentos, y debe ser que practicaba el culturismo cual mujer forzuda como hacen las chicas de ahora porque me cogió en brazos diciéndoles a todos que me llevaba a la habitación, lo que fue muy celebrado entre la concurrencia entre aplausos y vítores, que ya se sabe que la caridad cristiana entre los amantes de la naturaleza está ampliamente reconocida.

Desgraciadamente no les puedo contar más, ya que no recuerdo en adelante lo que sucedió. Solo sé que al día siguiente me encontraba francamente mal, pero lo más curioso de todo es que, contrariamente a lo que pueda pensarse y tal y como sucede en estos casos, lo que me dolía terriblemente no era la cabeza ni el estómago sino más bien y con perdón por la soez expresión, el trasero…. tal vez se debiese a que las setas no estaban correctamente lavadas. ¡Ah, juventud descuidada!

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here