Habrá que agradecerle a Marco Guida que pitara ese penalti. Porque tras señalar el punto fatídico la selección aceleró hacia el futuro. Luis Enrique se entregó entonces a Zipi y Zape, para que en la siguiente media hora arreglaran el entuerto. El encuentro tedioso y machacón se había abierto tras una combinación fantástica entre Koke y Morata, pero el trencilla italiano quiso echar una mano a los griegos con un penalti moderno. Cualquier contacto ya genera suspicacia. Serán los daños colaterales del VAR (que aquí no había). Sea como fuere el partido se había vuelto a enfangar y el seleccionador nacional tiraba de savia nueva.

Zipi es el Cruyff de Barbate, Bryan Gil. 9 a la espalda, para más datos. Zape es el último eslabón de la exquisita escuela canaria, Pedro González, heredero de los Tonono, Valerón o Silva para más datos. Aunque en Tegueste, en el Camp Nou o en la Ciudad del Fútbol de las Rozas todos le llamen Pedri. Pronto el diminutivo se le quedará corto.

Ambos saltaron sonrientes al terreno de juego. Habían calentado de la misma forma, porque no todos los días uno se siente el rey de la fiesta. Los dos se acomodaron en la izquierda y por aquel costado volcó el juego ofensivo España. Venenoso y directo, Bryan salió explosivo. Al primer jugador del Eibar que debutaba con la Selección Española no le pesó la camiseta, ni el estreno, y pidió el balón una y otra vez. Se marchó con éxito de su par en sus primeras intervenciones y ganó la línea de fondo pero sus centros no se han sincronizado todavía con sus nuevos compañeros. Pese a esa falta de precisión el extremo andaluz dejó claro que tiene personalidad y que si el regate es lo que le ha llevado hasta ahí, no se puede renunciar a estas alturas a tu mejor seña de identidad.

Más tímido estuvo Pedri, al que sus compañeros no terminaban de buscarle con la misma reiteración que hacen por ejemplo en el Barça. Nadie aquí parecía entenderle y retroalimentarle con la pelota como hace Messi en el Camp Nou. Pese a todo el canario buscó asociarse con Bryan por encima del resto, como si tras el cambio de Ferrán por Oyarzabal en la otra banda, hubiera identificado que allí estaba el desequilibrio. El centrocampista intentó un par de arrancadas por los pasillos interiores para atraer rivales y buscar entonces al hombre libre, pero los griegos preferían achicar espacios que morder, defender el botín antes que hacerse con la bola.

Grecia rindió tributo a aquella selección que en 2004 conquistó de manera sorprendente la Eurocopa de Portugal y en el tramo final celebró cada intercepción, cada robo o cada imprecisión de España como si de un gol se tratara. El empate nos deja a medias. Preocupados porque el equipo no termina de arrancar. Ilusionados porque hay más materia prima de la que imaginábamos. Pero en este fútbol de hoy ya no quedan marías. ¿Y a quién no se les atragantaron los filósofos griegos?

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