Tal vez fuese otoño o tal vez primavera, porque el tiempo, el humo de los Chesterfield sin filtro y el alcohol se amalgaman y crean una bruma, una atmósfera espesa que despista a mi memoria. Solo recuerdo que eran noches de farra y de canciones, todas iguales, todas distintas. En aquellas noches, a veces, antes de salir, nos colábamos en la tienda que tenía mi madre y llenábamos uno de los papeles de estraza que había debajo de la cortadora de una montaña de fiambre en la que se mezclaban el chorizo, el salchichón o el chopped de lata, y que acompañábamos con cerveza y con pan cortado a pellizcos. Otras veces quedábamos para cenar en Los Tomilleros rosada frita y jibia a la plancha, frente a la Playa de La Atunara, pero siempre, luego, nos íbamos al centro a beber Jack Daniels con Coca-Cola, arreglando el mundo mientras desarreglábamos nuestras vidas. Y era entre semana, que es cuando había que salir, porque salir los fines de semana no tenía mérito, ahí salía todo el mundo, la gente normal, pero de lunes a jueves, únicamente estábamos los mejores, los de siempre.

La sensación de salir entre semana era inigualable porque te hacía diferenciarte del resto, como si eso fuese importante, como si eso fuese posible y te llevase a alguna parte que mereciese la pena, pero era lo que nos gustaba y el límite solo estaba en que no había límite en las calles de La Línea y podíamos acabar a las tres o ya cuando el sol comenzaba a clarear y nos obligaba a cruzarnos a gente que en lugar de buenas noches nos decían buenos días, mirándonos, haciendo que nos tuviésemos que aguantar la risa. Y en aquellas noches, podíamos acabar en el Qué o en el Big Ben, en Campamento, siempre a puerta cerrada, que es como se bebía bien, y si no, podíamos acabar en cualquier garito que estuviese abierto, cualquiera, rodeados de canallas inmisericordes que también nos miraban.

En esos bares en los que nos perdíamos noche tras noche, mientras pensábamos que nos resguardaban, terminaba sonando la música de siempre y entonces, como por arte de magia, la letra de una canción terminaba siendo un tema de conversación, el camino a recorrer, un ensayo existencial. Intentábamos encontrar la clave donde se escondía la verdad de la vida, y hablábamos de la historia oculta tras Hotel California y de estar prisioneros aquí, en un lugar que puedes recorrer todo lo que quieras, pero del que no podrás salir jamás, o de The year of the cat, con Bogart y con Peter Lorre; pensábamos que nuestros destinos estaban escritos y nuestras vidas eran guiones inamovibles en los que nada había que se pudiese cambiar, aunque sabíamos que necesitábamos un guía y pensábamos que aquellas canciones nos salvarían. Por nada del mundo hubiésemos querido perdernos aquellas noches, porque las necesitábamos para vivir, para tratar de entender hacia dónde íbamos, con el Jack Daniels en una mano y el Chesterfield sin filtro en la otra.

David y yo éramos felices pensando en las vidas que viviríamos y en todas las farras que nos quedaban de aquí a la eternidad, hasta que el cuerpo aguante, riéndonos de las taquicardias que nos provocaban los excesos mientras dejábamos que aquella gente nos mirase, pensando que eran ellos los que estaban equivocados, pero comenzando a sentir, un día, de pronto, que tal vez éramos nosotros los que estábamos equivocados y que debíamos de encontrar cuanto antes la letra de una canción que nos aclarase el futuro.

Entonces, una tarde, una preciosa tarde que recuerdo de primavera, aparecieron ella y sus sonrisas, porque ella tenía dos, porque ella sonreía con sus labios pero también con sus ojos, y la música que empezó a sonar entonces fue la de Pat Metheny y la de Andreas Vollenweider, porque aquellas dos sonrisas unidas fueron su calma y las noches de farra tornaron a tardes de café y el desenfreno en La Línea tornó a quietud en Tarifa y al viento de poniente trayendo ecos de otros mundos. Pero yo no quise buscar una sonrisa que me calmara y seguí solo cerrando bares, aunque ya sin intentar desentrañar el significado de aquellas canciones, porque no tenía quien me las tradujera. La noche perdió su magia de golpe y sólo fue oscuridad, soledad y silencio. Luego, me subí a sucios trenes que iban hacia el norte, igual que me podía haber subido a un caballo desbocado o a un barco en un temporal porque sólo quería huir muy lejos.

Cuando por fin elegí una sonrisa que me calmase me equivoqué, como en el resto de las cosas que hacía, y lo pagué, porque aunque a veces me planteaba dejarla y marcharme, nunca lo hice, siempre me quedaba, como tantas veces habíamos cantado en The year of the cat. Me quedé lejos de todo y de todos, porque mi sonrisa me dijo que solo esa sería mi calma, estar lejos de aquello y de ellos, de mi casa, de mi vida. Aquella sonrisa, y sin que yo lo supiera todavía, solo era un sitio que yo podría recorrer y del que no podría salir jamás, una autopista en un desierto oscuro, a dark dessert highway, como decía Hotel California y en esa autopista estuve conduciendo durante años, sin lograr ver otra cosa que un páramo desolado y desértico en el que nada había, hasta que un día de 2008 escuché en la radio a Sheryl Crow cantando Run, baby, run y sentí que era aquella la letra que había estado esperando durante tantos años.

Varios años más tarde encontré por fin a mi sonrisa, que sí fue mi calma y que me enseñó que todavía quedaba mucho por vivir, The long road, como decía Mark Knopfler. Aunque el tiempo no se había detenido y seguía pasando, y yo estaba colgado de aquella sonrisa y de aquellos ojos negros, aquellas noches de farra y canciones nunca se borraron de mi memoria, ahí el tiempo no había pasado y se había detenido y eso hacía que algunas noches de otoño o de primavera nos viese a los dos cantando algo de Supertramp, entre el humo de nuestros Chesterfields y las risas infinitas que nos regalábamos el uno al otro, en alguna barra, en todas las barras, pensando en el futuro.

Pero aquella parte de nuestras vidas, aquellas barras, aquellas farras, no solo se habían quedado ancladas en mi memoria, como un postit que constantemente te recuerda algo pegado en la pantalla de tu ordenador, sino que también se habían quedado en la suya, y cuando lo llamé después de treinta años, sonrió, y me dijo que se alegraba de este encuentro y nos emocionamos, y quedamos, pero ya no para una noche de farra y canciones en la barra de cualquier bar, sino para ir a mirar pájaros, porque hablando, mientras nos reconocíamos en cada palabra, en cada gesto, en cada broma, recordamos de pronto que en aquellas noches de farra, había más canciones. Cat Stevens decía tómatelo con calma, mírame, soy viejo, pero soy feliz; Lennon cantaba que podías pensar que era un soñador, pero que no era el único y que esperaba que te unieses a él; Peter Gabriel nos había susurrado al oído en Tarifa sin que yo lo hubiese oído Don’t give up, no te rindas, porque después de haber tarareado miles de veces Wish you were here, él me lo iba a regalar. Y lo íbamos a hacer solo para que el guionista supiese que hay frases que no nos gustan y que las íbamos a suprimir, sobre todo si son de despedida y en ellas hay un hasta nunca, porque nuestras vidas son nuestras, mucho más que en aquellas lejanas noches de farra y canciones, y nuestros destinos también, y todos eran buenos, aunque a veces nos empeñásemos en estropearlos y en tirar por caminos equivocados y por eso a veces la vida se tuerce, pero ahora ya nada de eso importa, ni el tiempo en forma de largos años, ni la distancia, porque lo mejor, siempre está por llegar, aunque haya tardado treinta años, porque ahora ya solo hay que pensar en, como decía Roger Hodgson, From now on…

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