La clasificación de la Real para la final de Copa es todo un acontecimiento para un club ausente de partidos tan trascendentes desde hace 33 años. Es, al mismo tiempo, la consecuencia natural de un trabajo bien hecho durante más de una década y sostenido sobre tres pilares: cantera, afición y estabilidad financiera. Tres pilares que no son ningún invento del actual Consejo de Administración, que han dado buenos resultados cada vez que han orientado la política del club a lo largo de sus 112 años de historia y que han permitido una última década de éxitos que recuerdan mucho al periodo que se inició tras el descenso a Segunda División de 1962.

Aquella temporada había empezado llena de ilusiones para los aficionados donostiarras. La venta del portero internacional Josetxo Araquistain al Real Madrid había dejado 6 millones de pesetas con los que se cubría la deuda del club, más la cesión de cuatro jugadores: Simonsson, estrella de la selección sueca en el Mundial del 58, Chus Herrera, Raba y Villa. Toda una atracción para un club poco acostumbrado a los fichajes de relumbrón. Ocho meses más tarde, la Real confirmaba su descenso a Segunda División sumido en una profunda crisis económica y envuelto en un clima de pesimismo que redujo a la mitad el número de socios. En pleno desencanto, el presidente Ciriza presentó su dimisión y se convocó una asamblea que apenas despertó interés entre los socios. Nadie parecía creer en el futuro de la Real.

Fue finalmente Antxon Vega de Seoane, empresario y antiguo alcalde de San Sebastián, quien aceptó el mando del club, bajo la condición de que abandonaría el cargo una vez que el equipo volviera a la máxima categoría. En una situación crítica, la Real dejaba atrás las aventuras de la temporada anterior y volvía al modelo ya conocido: cantera, afición y equilibrio presupuestario.

Un año más tarde, decepcionado con el bajo compromiso mostrado por el equipo, Vega de Seoane colgó en el vestuario una carta anunciando el nombramiento de Jose Mari Martínez como capitán. “Esperamos con esta medida conseguir por contagio un mejor clima moral en el equipo. Si esto no se lograra, repitiendo actuaciones tan ridículas y lamentables como las últimas, por lo menos la Junta Directiva tendría la garantía de que el capitán es ejemplo de coraje, pundonor y entrega a los colores de la Real Sociedad”.

El Chino Martínez había sido uno de los puntales del filial donostiarra que se había exhibido en Segunda, llegando a situarse en puestos de ascenso y plantando cara en la Copa al Madrid de Di Stéfano, mientras sus mayores no eran capaces de mantener la categoría. Una vez consumado el descenso de categoría, la base de aquel Sanse, los Arzak, Gorriti, Martínez, Amas o Mendiluce, fueron subiendo y adquiriendo protagonismo en el primer equipo. Al mismo tiempo, la directiva vendía a sus jugadores más valorados para poder cuadrar las cuentas. En 1963 Olano se marchó al Murcia, al año siguiente fue el turno del portero Goikoetxea y más tarde fue Carmelo Amas quien salió camino del Español.

La Real tardó cinco temporadas en volver a la Primera División. Lo hizo gracias a un último empate agónico en Puertollano, apoyada por una afición volcada, con una generación de canteranos que auguraba un futuro esperanzador y con las cuentas del club en proceso de recuperación. Una vez que se confirmó el ascenso, Vega de Seoane cumplió su promesa y fue sustituido por un miembro de su junta directiva, José Luis Orbegozo. La política del club siguió siendo la misma: cantera, afición y equilibrio presupuestario.

En su vuelta a Primera la Real empezó sufriendo, pero el crecimiento de unos canteranos a los que se habían sumado los Gaztelu o Boronat permitió ir mejorando temporada tras temporada. Para 1974 lograron la primera clasificación para competición europea en la historia del club, con un equipo al que ya habían subido jugadores como Urruti, Kortabarria o Satrustegui. La generación del ascenso de Puertollano fue dando el relevo a los Arconada, Diego, Zamora o López Ufarte, al tiempo que las ventas de los porteros Esnaola, Artola o Urruti permitían ir equilibrando las cuentas. La afición a la Real crecía por toda la provincia de Guipúzcoa a medida que veían a su equipo competir cara a cara con el Madrid o Barcelona. Las ofertas que llegaban por los mejores jugadores cada vez eran más tentadoras, pero el presidente Orbegozo no estaba dispuesto a vender más de lo imprescindible. Así se pudo lograr el milagro de los dos títulos de Liga, el récord de imbatibilidad o las semifinales de la Copa de Europa.

Orbegozo dejó la presidencia del club en 1983 y, una vez más, su sustituto salió de la misma junta directiva. Iñaki Alkiza mantuvo los principios de su antecesor, a pesar de los cambios que se daban en el fútbol español. La desaparición del derecho de retención facilitó la salida de jugadores como Uralde, Rekarte, Bakero o Txiki Begiristain. Cuando en 1989 el Athletic pagó la cláusula de rescisión de Loren, la directiva debió romper una política deportiva que se había mantenido desde 1962 fichando al irlandés John Aldridge, el primer extranjero de la Real desde el sueco Simonsson.

Poco años más tarde la directiva debió acometer la conversión del club en sociedad anónima, respaldada por una afición que respondió en masa y permitió contar con un accionariado muy repartido. Una vez que se cerró el proceso y con el traslado al nuevo estadio de Anoeta encarrilado, Iñaki Alkiza renunció a la presidencia.

Al nuevo Consejo de Administración, presidido por Luis Uranga, le tocó un periodo en el que el mundo del fútbol vivió un terremoto que cambió sus estructuras radicalmente. En 1995 se aprobaba la Ley Bosman y con ella, los clubes entraron en una fiebre de la que la Real no supo mantenerse al margen. En pocos años el número de fichajes en la plantilla fue creciendo. Nueve en 1996, 11 un año más tarde… En la temporada 2000-01 los 14 fichajes de la Real no contribuyeron más que a eludir el descenso por un solo punto. La directiva mantenía el principio de no gastar más de lo que se ingresaba, pero los malos resultados deportivos aumentaron la presión de la afición sobre la directiva y finalmente, en 2001, Luis Uranga dejó el club para ser sustituido por otro miembro de su consejo.

José Luis Astiazaran no frenó la fiebre de fichajes, pero los buenos resultados del equipo de Denoueix, el de los Nihat, Kovacevic, Karpin, De Pedro o Xabi Alonso, devolvieron la ilusión a la afición y la Real llegó a rozar el cielo con las manos. Al mismo tiempo, los éxitos deportivos ayudaron a tapar una deuda que se multiplicaba exponencialmente. El segundo pilar del club, la estabilidad financiera, saltó por los aires bajo la presidencia de Astiazaran y, cuando el himno de la Champions dejó de sonar, las arcas del club estaban vacías. Un año más tarde, en 2005, Astiazaran se marchó rumbo a la presidencia de la LFP, dejando las arcas del club en una situación crítica.

El nuevo Consejo de Administración tomó las riendas del club en medio de un ambiente cada vez más crispado. La buena fe de Miguel Fuentes como presidente no se cuestionaba, pero no se logró frenar la sangría económica, la deuda condicionaba la formación de una plantilla cada vez más debilitada y dos temporadas más tarde se consumó el descenso a Segunda División. Aquel año fueron 16 los no canteranos de la plantilla. Fuentes dimitió en junio, su sucesora, María De la Peña, lo haría en noviembre y un mes más tarde, tiró la toalla el resto del consejo de administración.

En plena tormenta apareció la candidatura liderada por el empresario Iñaki Badiola, con promesas rocambolescas como la venta millonaria de camisetas en China o la llegada de fichajes de relumbrón con los que, en ese momento, la Real no podía soñar. Ganó las elecciones, de las ventas millonarias en China no se volvió a saber y los fichajes que llegaron no mejoraron el nivel del equipo. Aquel proyecto se terminó un año después cuando una moción de censura otorgó la presidencia a Jokin Aperribay, hijo de quien fuera vicepresidente en la etapa de Iñaki Alkiza. En ese momento el club se encontraba inmerso en un concurso de acreedores, el ascenso a Primera se veía cada vez más lejano y la afición se encontraba totalmente dividida.

El primer objetivo del nuevo Consejo fue recuperar la cantera como pilar del equipo. Con Loren como director deportivo, capitaneados por Aranburu y con Xabi Prieto como estandarte, los Mikel González, Carlos Martínez, Zurutuza o Agirretxe asumieron el peso del equipo. La juventud insolente de Griezmann devolvió la alegría y el ascenso se consumó en 2010, con una afición ejerciendo de nuevo como pilar del club. En plena celebración el entrenador, Martín Lasarte, dejó una frase para el recuerdo: “No se desunan, juntos pueden conseguir grandes cosas”.

Ya en Primera subieron Iñigo Martínez o Illarramendi, se acertó con el fichaje de Vela y en apenas tres temporadas, la Real volvía a clasificarse para la Champions League. Los buenos resultados aumentaron el valor de los jugadores y las ventas a precios elevados terminaron por saldar una deuda que impedía el crecimiento del club. Se había recuperado el tercero de los pilares. Desde entonces la Real ha vivido un nuevo cambio generacional, dando paso a los Oyarzabal, Aritz, Zubimendi o Barrenetxea. El equipo ha competido en Europa en varias ocasiones. Se ha finalizado la reforma de Anoeta, con la deseada supresión de las pistas de atletismo. Ahora, tres décadas más tarde, la Real vuelve a disputar una final de Copa. La fórmula ya la conocemos y sabemos que funciona. Desde Puertollano hasta la Liga ganada en el Molinón pasaron 14 años. Se cumplen 11 del último ascenso. Tal vez ha llegado el momento de hacer hueco en las vitrinas del club.

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