Decían los sesudos analistas que la única opción que tenía el Barça de remontar la eliminatoria era algún suceso extraño de esos que cambian un partido: un gol en el primer minuto, una tempranera expulsión rival… La realidad es que existía una tercera vía, mucho más cruyffista, y que consistía simple y llanamente en jugar bien. Esa fue la opción que escogieron los de Q-Man para avasallar a su rival durante 45 minutos tras salir con una inyección de autoconfianza similar a la mítica remontada de hace cuatro años. Pero a aquel equipo se le caían los goles —necesitó 25 tiros a puerta para hacer seis goles— mientras que este llegó con un mísero gol como botín al descanso tras nueve tiros a puerta. No cabe hablar de mala suerte cuando lo fías todo a que Messi marque todas sus ocasiones. Más bien cabe mirar a un lado y preguntarse por qué Dembelé sigue siendo la bola de la ruleta en el casino que siempre cae en el 0. O mirar al otro para desesperarse con un Hombre Gris que ya solo se dedica a estropear jugadas. ¿Disparar a puerta? ¿Irse de un defensa cualquiera? Ni soñando. Sí, es verdad, Antoine presiona y de vez en cuando recupera un balón en defensa. Pero es que Pitu Comadevall, centrocampista de la Llagostera, también es capaz de hacerlo. 

El caso es que pese al hándicap francés, el fútbol azulgrana dejaba al PSG como una caricatura respecto al partido de ida. Se le ponía cara de susto a Pochettino cuando a la media hora flotaba la sensación de que no hubiera sido extraño ver al Barça con un 0-3. Un simple cambio de fichas —Dembelé por Ansu, por ejemplo, ni hablemos por un Mbappé o un Haaland— lo habría plasmado en el marcador. En la Copa alcanza. Pero en la Champions, no. La falta de contundencia en ambas áreas se paga. Y mucho. Primera llegada parisina al área y el Penaltet habitual, tan tonto como innecesario. Fue Di Stéfano quien le dijo a su portero: “Si no paras las que van dentro, al menos no metas las que van fuera”. ¿Qué le diría Don Alfredo a Clement?

El hoy desaparecido Mbappé no perdonó en su único disparo a puerta. Porque por no salir, al Barça hoy no le salía ni la carta comodín de Ter Stegen.

Aún así, no perdió la fe el Barça: seguía necesitando al menos cuatro goles y estaba realizando, sin duda, su mejor partido de la temporada. El misil de Messi hizo creer de verdad al aficionado culé: las piernas francesas empezaron a temblar de verdad cuando Kurosawa (nunca debió dejar el cine) pateaba de manera infame al Hombre Gris, en la única acción reseñable de Antoine. Pero las piernas de Keylor Navas, el mejor de su equipo, no nacieron en París sino en San Isidro de El General: no solo no temblaron sino que reaccionaron lo suficientemente rápido para detener el lanzamiento de Messi. Las ilusiones azulgrana se cortaron de raíz cuando nadie desde el VAR decidió dar una segunda oportunidad a ese lanzamiento. 

Era difícil que el Barça pudiera sostener su despliegue físico en la segunda parte. Y más aún si se le sumaba el lastre moral de necesitar tantas ocasiones para marcar. De ello se aprovechó el PSG para contemporizar el juego y dejar que el tiempo pasase: cada minuto que caía le acercaba a los cuartos. El último arreón azulgrana apelando ya más a la heroica que al fútbol volvía a chocar con su incapacidad goleadora. Las ocasiones ya pasaban de la veintena, mientras el PSG chutaba por segunda vez a puerta en el minuto 82. Y seguía el 1-1. Puro fútbol. Tan odiable a veces. 

Al Barça ni siquiera le quedó el premio de consolación de ganar el partido y se va a casa en octavos de final por primera vez en 14 años aunque con la cabeza más alta del último lustro. Queda centrarse en el doblete nacional y mirar de reojo la Copa de Europa. No la de clubes, sino la de selecciones: una gran actuación de Francia este verano tal vez sirva para aligerar el vestuario de este tan nocivo acento francés. Allez les bleu! 

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