No debe de resultar fácil ser portero.

Afrontar los insultos destemplados de hinchas beodos, cargar con la responsabilidad de sentirse el último aduanero, convivir con la soledad hasta imaginar una cara en el punto de penalti (y llamarle Wilson).

No, no debe de resultar fácil ser portero.

Por eso, y a la manera de símbolo de liberación gremial, en cada generación surgen un par de cancerberos que nadan contra corriente, como salmones majaretas. Al punto de excentricidad que todo guardameta debe tener, alguno añade una querencia extravagante: sueña con marcar goles. Y no me refiero a la angustiosa llamada del minuto noventa, cuando hasta el portero más soso sube a rematar un córner. No. Me refiero a auténticos especialistas en el balón parado, que lanzan penales e incluso faltas al borde del área (los que recuerden la carta de ajuste no habrán olvidado a Chilavert).

El sábado, en el minuto 57 de partido, se produjo uno de esos duelos chocantes: Dimitrovic, portero del Éibar, ejecutó un penalti —estirpe “de los que que se pitan al Cádiz”— y Ledesma lo atajó con piernas fuertes y manos duras.

Fue el momento decisivo de un partido que no había empezado bien para los gaditanos. El equipo armero, sintiendo la guadaña clasificatoria cerca del cuello, saltó al verde con las ideas tan claras como de costumbre: presión asfixiante, juego vertical, balones aéreos. Y con Bryan Gil, el afilado barbateño que despierta la nostalgia de lo que pudo ser y no fue. En fin, fieles a su plan, los vascos cercaron el área local y aun sin crear ocasiones diáfanas ofrecían sensación de peligro. El Cádiz, por su parte, parecía un once desmadejado: fallones en defensa y desaparecidos en ataque. Tras un gol anulado por mano de Enrich (la muerte mirándonos a los ojos) Cervera decidió poner a Álex en el centro y a Sobrino en la banda. Poco a poco el partido se fue adormeciendo y, al menos, Cala y Mauro dejaron de sufrir en cada suspiro.

Aquello olía a descanso en tablas, pero el fútbol decidió regalarnos una caricia dulce. En un contragolpe iniciado por Negredo, el Pacha Espino buscó la profundidad por su banda y centró largo, al segundo palo. El propio Negredo castigó la desaplicación de Cote y se lanzó a golpear el balón, voraz y decidido: Dimitrovic, al fin y al cabo, vería un gol de cerca.

La segunda mitad, duelo de arqueros aparte, vino marcada por las lesiones y los relevos. Iza se lastimó la pierna izquierda y su puesto en el lateral derecho fue ocupado por Álex, siempre cumplidor. El pelirrojo teme que cuando vuelva el público a las gradas a Cervera se le ocurra ponerle de taquillero.

No cejó el Éibar en su empeño de igualar, pero las piernas frescas de Fali y Garrido cegaron aún más los caminos hacia Ledesma. Solo un par de disparos lejanos y una catarata de saques de esquina llevaron la congoja a los cadistas, más por saturación que por claridad. Los locales, por su parte, gozaron de las típicas ocasiones frente a equipos volcados, pero ni Negredo ni Choco atinaron con el segundo gol, ese que suele cantarse con más fuerza que el primero por aquello de darle salida a la ansiedad acumulada.

Acabó el encuentro y el Cádiz sumó tres puntos que son agua fresca, oxígeno para respirar a pleno pulmón, plasma en el torrente sanguíneo de un anémico. Confiaba Cervera en que esta victoria sea el amuleto que nos libre del miedo paralizante.

Yo me conformo con vivir algún triunfo futuro conservando las uñas intactas.

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