El periodismo posee una serie de clichés imperecederos. Por ejemplo, cada vez que un club visita Rusia en una competición deportiva, el cronista suele solazarse con la socorrida metáfora de Napoleón, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Si el equipo pierde se alude a lo inhóspito del terreno, que ya frenó a los más temibles conquistadores; si, por el contrario, se consigue la victoria, hay permiso para alabar la gesta con multitud de desmesurados adjetivos: se logró una hazaña que le fue negada a los más grandes. A estas alturas, la alegoría bélica da un poco el cante, no ya por los tintes violentos de la referencia —al fin y al cabo, el periodista podría excusarse cínicamente con la terrible certeza de que el deporte en realidad no es mucho más que una vía de escape para las pulsiones gregarias y tribales—, sino por el facilón estereotipo que supone. Comenzar una crónica con semejante ejercicio de pereza invita al lector al bostezo desganado. De hecho, no se puede descartar del todo que los jugadores del Madrid leyesen el tópico en alguna previa, y de ahí que el martes salieran a la cancha del Khimki del modo en que lo hicieron, absolutamente sepultados por la abulia.

Porque de otra manera resulta inexplicable la actuación blanca en Moscú. El Khimki, un equipo en descomposición, con unos problemas económicos que han llevado a algunos de sus integrantes a salir por la gatera —Bertans el último—, que no había ganado desde el 17 de noviembre —diecisiete eran también sus derrotas consecutivas—, venció al conjunto de Laso apenas apelando al orgullo de los tres jugadores de calidad que persisten en su plantilla: Mickey, McCollum y Alexander Shved. El Madrid, con una autocomplacencia injustificada dado el reguero de bajas que acusa esta temporada, se permitió caminar por el partido con un punto de displicencia, confiado en que sin apenas desgastarse podría fulminar al pobre colista de la Euroliga, farolillo más escarlata que rojo. Sin embargo, veintitrés pérdidas de balón constituyeron un lastre inasumible, y su arrogancia tuvo el castigo merecido con la posesión final en la que Mickey —lo de la cuña y la madera también se trata de un tópico veraz— le comió la tostada a Causeur y dejó a los merengues al borde del abismo: octavos en la clasificación y con un calendario terrorífico que incluía al Barça, Efes y Fenerbahçe en el horizonte. Durante dos días, el fantasma de la eliminación antes de los cuartos de final se volvió más corpóreo que nunca.

La siguiente escala, en San Petersburgo, invitaba escasamente al optimismo, y no precisamente por la trama existencialista de las obras de Dostoyevski. Aspirante a equipo revelación de la competición, el Zenit de Xavi Pascual está armado al gusto del técnico de Gavá: estajanovismo y polivalencia a raudales, todo bajo la batuta de un base con experiencia y de su total confianza, Kevin Pangos. De modo que el Madrid salió, esta vez sí, con la concentración requerida para un todo o nada, con Tavares como indisimulado pilar —el grado de dependencia del caboverdiano hace tiempo que debiera provocar el sonrojo de la dirección de la sección— y con un Alocén dirigiendo con valentía, además de la brega ofensiva y defensiva de Deck y Taylor. El buen juego del quinteto titular estiró la renta hasta los catorce puntos, pero cuando Laprovittola saltó a la pista para dar refresco, Pangos supo aprovecharlo.

Entre el final del segundo cuarto y el inicio del tercero se gestó un parcial de 29-14, con Will Thomas burlando las dificultades de Thompkins y con Baron encestando triples inverosímiles desde el perímetro. Sin Tavares en la pista —obligado por una serie de faltas bastante más tiquismiquis de las que le suelen hacer a él— el Madrid se vio zarandeado, hasta seis abajo en el electrónico. Carroll trató de aprovechar la mala conciencia arbitral y se aferró al partido, pero llegado el momento crucial —a falta de seis minutos para el final aún se perdía 64-60—, Laso supo que, si tenía que sucumbir, habría de ser con Edy en el parqué. El de Maio no defraudó: tapón decisivo y mate espectacular sobre Poythress tras una jugada de bloqueo y continuación en la que Deck desempeñó las tareas de base. Laprovittola y Causeur darían la puntilla desde el tiro libre, pero Rusia la conquistó Tavares para mayor escarnio de Napoleón, siempre acomplejado con su estatura. No alce la ceja el lector que haya llegado hasta aquí. Si uno se permite recurrir a la metáfora prohibida es porque la próxima cita impide cualquier atisbo de bostezo: el jueves que viene habrá nuevo Clásico contra un Barcelona intratable. Y ahí sí que habrá que realizar un esfuerzo heroico para no caer en los tópicos de siempre. Como dijo el torero cuando le preguntaron si estaba dispuesto a morir en la plaza: se hará lo que se pueda.

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