El fútbol de hoy, con sus datos, no tiene misterios. Casi cualquier cosa está al alcance de un aficionado que quiera ver un vídeo de un jugador sub-19 de una liga en Europa o quiera saber cuántos goles ha marcado un jugador sub-20 en la selección juvenil de Paraguay. Hace cien años el papel de wikipedia lo desempeñaba el boca a boca y las leyendas se transmitían de aficionado a aficionado. Así, era fácil que se atribuyese a un jugador un papel relevante en una gira en la que nunca estuvo. 

En ese espacio cabe la figura de Imre Hirschl, un nombre que seguramente no les suene de nada y cuya figura habría caído en el anonimato total de no ser por el periodista inglés Jonathan Wilson, que tropezó con él en la investigación de uno de sus libros y quiso indagar más. Hirschl nació en Hungría en 1900, pero no tiene página de wikipedia en húngaro. Ni en inglés. Su página en castellano abre con el subtítulo “futbolista argentino” y con su nombre españolizado, Emerico. 

Hirschl no tuvo una gran carrera como futbolista. Jugó en Husos de Budapest en los años 20, en la segunda categoría húngara, y dejó el club tras un escándalo de amaño de partidos. El fútbol del Danubio en aquella época era el más avanzado de Europa y sus clubes hicieron diversas giras por América. El Ferencvaros tuvo éxito en Argentina y Brasil; el Hakoah de Viena por Estados Unidos y posteriormente Argentina. 

Hirschl, como muchos judíos, quiso dejar Europa para instalarse en Estados Unidos, pero se cruzó en su camino el presidente del Palestra Italia brasileño, hoy Palmeiras, equipo al que dirigió un año. Poco se sabe de aquella temporada y de cómo Hirschl conoció a Bela Guttmann, que posteriormente fue dos veces campeón de Europa con el Benfica. El caso es que acordaron que se uniese a la gira del Hakoah por Argentina como masajista. Guttmann quedó satisfecho con el desempeño de Hirschl, pero jamás le dio mérito alguno por su trabajo en los banquillos. Le consideraba poco menos que un vendedor de humo. 

Hirschl y el Hakoah separaron sus caminos en Buenos Aires cuando el club tuvo que reducir costes. El equipo húngaro había dejado una gran imagen y alguien, quizá confundido por las fotos de Hirschl en el banquillo, pensó que era el segundo entrenador. Al mismo tiempo se corrió el rumor de que Hirschl había participado como jugador en la gira del Ferencvaros años antes, algo totalmente incierto, ya que jamás jugó en dicho club. 

Nunca sabremos si estos rumores surgieron del propio Hirschl o fueron errores sin mala intención. Lo relevante es que las referencias fueron lo suficientemente buenas para que Gimnasia y Esgrima de la Plata le ofreciese el puesto de entrenador. La directiva quedó encantada cuando Hirschl dijo que no necesitaría fichaje alguno. 

La temporada empezó regular. Hirschl promocionó a algunos jugadores jóvenes a costa de titulares establecidos, lo que enfadó a la directiva. Pronto los resultados cambiaron y Gimnasia disputó el título hasta el final. Las crónicas cuentan que una serie de malos arbitrajes acabó con sus opciones. 

Hirschl fue bautizado como El Mago por la afición de Gimnasia. Impuso entrenamientos de pretemporada más intensos que los del resto del año e incorporó algunas novedades tácticas al estilo centroeuropeo. Hábil en el diálogo, alababa en público las características del futbolista argentino y su destreza individual, pero a poco impuso un juego mucho más combinativo. 

Su éxito en Gimnasia y Esgrima, un equipo recordado por su afición como El Expreso del 33, llamó la atención de River Plate, con el que fue campeón en 1936 y 1937. 

Unos años después Hirschl se vio envuelto, de nuevo, en un escándalo de amaños. Esta vez en la compra de un jugador. Fue sancionado y tuvo que salir de Argentina. Años más tarde, ya en 1961, no pudo volver a River porque la prensa recordó aquel incidente. 

Siguió su carrera en Brasil y Uruguay, donde se hizo cargo de otro grande, Peñarol. Allí fue campeón con jugadores como Gigghia y Schiaffino, que luego serían campeones del Mundo el siguiente año. Aunque Peñarol no pudo repetir título pese a tener la base de la selección campeona del Mundo, Hirschl mantuvo su puesto y volvió a ganar el título en 1951. 

Hirschl ni jugó en Ferencvaros ni fue entrenador del Hakoah. Quizá fue un charlatán que dejó que la equivocación de otros siguiese su curso. O tal vez fue un tipo con suerte que estuvo en el sitio adecuado en el momento oportuno. Lo que es incuestionable es que una vez su trabajo fue lo suficientemente bueno y exitoso para dejar gran recuerdo en dos de los clubes más importantes de América. No sabemos si fue un genio, un mago o un vendehumos. Es posible que un poco de todo.

Se trata de una historia de otro tiempo. Si quieren leer más sobre él y sobre otras historias del fútbol argentino, recomiendo la lectura de Ángeles con Caras Sucias, de Jonathan Wilson.

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